Amanece demasiado pronto.
El cielo apenas aclara cuando golpean la puerta. No es un toque normal. Es firme. Autoritario. Definitivo.
Un golpe que no pide permiso.
Un golpe que anuncia que el tiempo se terminó.
Mi cuerpo se tensa. Siento la sangre correr fría por mis venas. Mi corazón late fuerte, casi desesperado, como si supiera que cada latido puede ser uno de los últimos.
Mi tía abre la puerta con manos temblorosas. Dos soldados del Imperio están afuera, con armaduras negras que brillan bajo la luz pálida del amanecer. No llevan expresiones. No muestran sentimientos. No ven personas. Ven órdenes.
—Ha llegado la hora —dice uno, sin siquiera mirarme directamente.
No es cruel.
Pero tampoco humano.
Es obediencia pura.
Mi tía intenta hablar. Yo veo cómo su boca se abre… pero no sale ningún sonido. Solo lágrimas. Mi primo se aferra a mi ropa, como si pudiera anclarme aquí. Como si su agarre pudiera detener al Imperio.
Ojalá pudiera.
—Por favor… —murmura ella, la palabra tan pequeña frente a un mundo tan grande y tan injusto.
El soldado la ignora.
Yo respiro hondo.
No voy a llorar.
No frente a ellos.
No frente a quienes esperan que me quiebre.
—Estoy lista —digo, aunque la mentira sabe amarga.
No estoy lista.
Nunca lo estaré.
Me abrazan uno a uno. Son abrazos que duelen, que queman, que pesan como despedidas grabadas en la piel. Mi tía besa mi frente. Mi primo me mira como si estuviera tratando de memorizarme, como si no quisiera olvidar cómo me veo viva.
Eso es lo que soy ahora:
Un recuerdo que todavía respira.
Los soldados me colocan un brazalete metálico en la muñeca. Está frío. Cuando se cierra, escucho el clic que suena más como una sentencia que como un simple mecanismo.
—Para rastreo —explica el soldado, seco.
Estoy oficialmente custodiada.
Vigilada.
Atrapada.
Salgo de casa. El aire de la mañana es fresco, pero no puedo sentirlo bien. Todo es pesado. Silencioso. Tenso.
En la calle nos esperan carros cubiertos por telas oscuras. Vehículos del Imperio. Símbolo de condena. Símbolo de no retorno. Personas observan desde las ventanas. Algunos rezan. Otros lloran. Muchos bajan la mirada.
Nadie se rebela.
Nadie grita.
Nadie intenta impedirlo.
Aquí, la muerte obligatoria ya es costumbre.
Me suben a uno de los carros. No estoy sola. Hay otras personas dentro.
Otros marcados.
Otros condenados.
Una chica de ojos claros llora en silencio, abrazando una bufanda como si fuera lo más valioso del mundo. Un hombre mayor mira al vacío, con la mirada perdida, como si su alma ya se hubiera ido. Un adolescente intenta ocultar el temblor de sus manos, pero no puede.
Todos tenemos la misma marca brillando débilmente sobre el pecho. El mismo símbolo. La misma promesa de final.
Nos miramos unos a otros.
No nos conocemos.
Pero compartimos la misma tragedia.
El carro comienza a moverse.
Las ruedas crujen sobre el camino. El pueblo queda atrás, y con él mi hogar, mi vida, mis risas, mis pequeños sueños. Todo. Siento un nudo en la garganta pero lo trago.
No puedo quebrarme. No ahora.
El camino es largo. Custodiado por más carros. Más soldados. Más cadenas invisibles que nos empujan hacia algo que no queremos.
El ambiente dentro del carro es pesado. Nadie respira con normalidad. Nadie habla. Nadie sabe si decir algo ayudaría… o dolería más.
Hasta que ella habla.
La chica de ojos claros murmura con voz temblorosa:
—Tengo miedo.
Su confesión rompe algo en el aire.
Es tan simple… tan honesta… tan humana…
Y todos estamos sintiendo exactamente lo mismo.
—Yo también —respondo sin pensar.
Las palabras salen solas. No como debilidad. Sino como verdad.
El adolescente asiente. El hombre mayor cierra los ojos.
—Se supone que debemos sentirnos honrados —dice él con una amarga ironía.
Honrados.
Qué palabra tan cruel.
El carro sigue avanzando. Pasamos por campos. Por bosques. Por zonas que nunca había visto. La tierra parece más silenciosa aquí. Más triste. Como si hasta la naturaleza supiera a dónde vamos.
Entonces lo siento.
Un peso en el ambiente.
Una energía extraña.
Una presión sutil pero constante en el pecho.
Magia.
Estamos cerca del Templo Principal.
Del lugar del sacrificio.
Del final.
Mis manos sudan. Mi respiración se acelera. Mi corazón late fuerte. No como resignación.
Como resistencia.
El carro se detiene de repente.
Las puertas se abren. Los soldados nos ordenan bajar. Sus voces son frías, pero sus movimientos son precisos, casi mecánicos.
Y entonces lo veo.
A lo lejos, elevándose sobre colinas, rodeado de muros brillantes como cristal rojo…
El Templo del Corazón Supremo.
Hermoso. Imponente. Perfecto.
Y completamente aterrador.
Un lugar construido para lucir sagrado… mientras devora vidas.
Los demás marcados también lo ven. El silencio se vuelve más espeso. Algunos lloran. Otros tiemblan. Algunos solo miran, como si ya estuvieran muertos.
Yo respiro.
Y justo ahí, mientras camino custodiada entre soldados y miradas invisibles, una idea arde dentro de mí como fuego.
No quiero morir.
No voy a rendirme tan fácilmente.
Tal vez no tengo poder.
Tal vez no tengo armas.
Tal vez el Imperio cree que ya ganó.
Pero mi corazón sigue latiendo.
Y mientras lo haga…
No pienso entregarlo sin luchar.
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Editado: 08.01.2026