Corazón de ceniza

Capitulo 8

Verdad Inconveniente

Huimos hasta que el bosque deja de ser guerra y se convierte en silencio. El aire es espeso, cargado de humedad y magia vieja. Los árboles observan, antiguos y testigos, como si supieran que acabamos de romper una ley sagrada. Como si supieran que ya no pertenecemos a ningún lugar del mundo.

Nos detenemos junto a un claro oculto entre raíces gigantes. Elián revisa los alrededores, siempre alerta, siempre preparado para matar o morir. Yo lo observo… y empiezo a notar algo que antes no quería ver:

no es un salvador. no es un héroe.

Es el enemigo.

Su ropa lleva el sello del Imperio.
La marca de quienes deciden quién vive y quién muere.
La insignia de quienes me condenaron.

Y él pertenece a ellos.

La verdad cae sobre mí como una piedra helada.

—Tú… eres parte del Imperio —susurro, como si ponerlo en palabras lo hiciera más real.

Elián se tensa apenas. No lo niega. Eso duele más que cualquier respuesta.

—Lo era —corrige, sin mirarme.

—Lo eres —le respondo con un filo en la voz que ni yo sabía que tenía—. Luchabas por ellos. Mutilabas, cazabas, obedecías. Protegías el sistema que me marcó para morir.

Silencio. Pesado. Culpable.

Él aprieta la mandíbula.

—No todo lo que crees del Imperio es tan simple.

Me río. Y mi risa suena rota.

—No hay nada simple en matar gente inocente.

Su mirada finalmente se clava en la mía. Hay tormenta allí. No orgullo. No superioridad. Culpa. Rabia. Y algo más… algo que duele.

Pero antes de que pueda seguir discutiendo, un zumbido mágico corta el aire. Una marca invisible arde en su piel, justo bajo su clavícula. Él se encoge apenas.

Y yo… lo siento.

Un ardor se despierta en el mismo punto de mi cuerpo, reflejado, compartido. No es herida. No es golpe. Es una señal. Una reacción del vínculo.

—¿Qué es eso? —pregunto, llevando la mano a mi pecho.

Elián baja la vista hacia su marca imperial. Y esa es la primera vez que lo veo realmente asustado.

—El lazo está… respondiendo —murmura—. Está reconociendo la verdad que intentaba ignorar.

—¿Qué verdad?

Me mira. Sin escudo emocional. Sin armadura.
Solo un hombre que acaba de cerrar su propio destino… conmigo.

—Si te matan a ti —dice lentamente— me matan a mí.

El mundo deja de respirar.

Mi corazón late fuerte. Su corazón late igual. Y esta vez… duele.

No como antes. No físicamente.

Duele como una sentencia.

—No… —susurro—. No puede ser.

Pero lo siento. Lo siento latiendo en mí como una ley tatuada en magia.

Vida compartida. Destino compartido. Muerte compartida.

—El Vínculo de Latido no solo une almas —continúa Elián, y su voz se quiebra levemente—. Fusiona destinos. Somos una sola existencia dividida en dos cuerpos. No pueden matar uno… sin destruir el otro.

Yo doy un paso atrás.

No porque quiera huir. Porque no tengo dónde hacerlo.

Estoy atrapada. Yo… y él.

—Entonces estamos… —mi voz tiembla— condenados.

Él asiente. No como guerrero. Como prisionero.

—Condenados a permanecer juntos —dice, con la sinceridad más cruel del mundo—. Nos guste o no.

Sus palabras son cadenas invisibles.

Veo mi vida. La que iba a morir hoy. La que el Imperio me arrebató mucho antes de que yo naciera. Y ahora veo algo peor:

No voy a morir libre. Voy a vivir… atada a mi enemigo.

Mis ojos se llenan de lágrimas. No lloro por miedo esta vez. Lloro por la injusticia. Por la humillación. Por el peso de existir por obligación de magia, no por elección.

Y cuando la primera lágrima cae… él también respira hondo, como si su pecho doliera con la misma intensidad. Porque la siente. Siente mi angustia. Mi dolor. Mi desesperación.

—No llores… —murmura.

—No me digas qué hacer —respondo, pero mi voz suena rota.

Nos quedamos mirándonos. Dos enemigos. Dos corazones unidos. Dos destinos encadenados por un hechizo imposible.

Y entonces lo veo: la verdad más incómoda de todas.

Él no me salvó. Se destruyó conmigo.

No soy su carga. Somos mutuamente nuestra ruina.

El viento se levanta. La noche comienza a bajar. El mundo cambia. Nada vuelve a ser como ant

Desde este momento:

Si me odia… lo sentirá doble.
Si me lastima… se lastima él.
Si me pierde… se pierde también.

Y mientras el cielo oscurece sobre nosotros, entendemos la realidad completa:

No somos aliados. No somos amantes. No somos enemigos.

Somos algo peor. Algo más profundo. Algo que no debería existir…

Somos el mismo latido.

Y no hay vuelta atrás.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.