Alianza Forzada
La noche cae como un telón pesado sobre nosotros. El bosque ya no huele a guerra, pero sigue sabiendo a peligro. A incertidumbre. A decisiones que duelen.
Elián enciende una pequeña fogata con magia discreta. No calor grande. No luz suficiente para delatarnos. Solo una chispa tímida que lucha igual que nosotros por seguir existiendo.
Nos sentamos frente a frente. Opuestos. Obligados. Demasiado cerca… pero a la vez, muy lejos.
El fuego lame el aire entre nosotros y lo único que escucho son nuestros corazones. El suyo golpea firme, constante… pero inquieto. El mío late torpe, confundido… y sincroniza con el suyo aunque yo no quiera.
Odio eso. Odio sentirlo. Odio necesitarlo.
—Tenemos que hablar —dice él primero.
Claro. Porque él siempre decide. Porque siempre cree que tiene control.
—Pensé que eso hacían los traidores con su gente —respondo, sin suavizar el veneno en mi voz—. Negocian. Prometen. Manipulan.
Su mirada se enfría apenas. Orgullo herido. Perfecto.
—No estoy tratando de manipularte —responde, y aunque su tono es firme… hay una grieta en él—. Estoy tratando de evitar que muramos.
Mueras. Muramos. Siempre “nosotros”. Nunca “tú” o “yo”.
No porque quiera… porque ya no puede separarnos.
Yo tampoco.
Aprieto los dedos hasta que duelen. Él parpadea como si ese dolor fuese suyo también. Sí, lo siente. Y eso me da una satisfacción cruel.
Si sufre, sufro. Pero si sufre… también lo siento yo. Qué prisión tan absurda.
—Dilo —murmuro—. Dilo completo. Somos una carga mutua.
Él me sostiene la mirada. No retrocede. No huye.
—Somos una responsabilidad mutua —corrige.
Me río sin humor.
—Qué palabra tan bonita para no admitir que arruinaste mi vida.
Su mandíbula se tensa.
—Podría haberla terminado.
Ahí está. El golpe. Cruel. Verdadero.
Se hace silencio.
Mi corazón late lento. Duele. Lo siente él. Lo siento yo.
—Pero no lo hiciste —susurro, sin escudo—. Y ahora estoy aquí… atrapada contigo.
Él respira hondo.
—Y yo contigo.
No lo dice como amenaza. Lo dice como condena compartida.
Y por primera vez… lo veo humano.
No es solo el soldado. No es solo el enemigo. Es un hombre que también perdió algo hoy: su libertad.
Eso no me calma. Pero me duele distinto.
—Así que… —continúa, más serio— tenemos dos opciones: odiarnos hasta destruirnos… o cooperar para sobrevivir.
—¿Y luego? —pregunto—. ¿A dónde se supone que vamos? El Imperio me quiere muerta. Y tú… eres parte de él.
—Era —corrige de nuevo, con cansancio real—. Ahora soy un desertor. Un traidor. Un problema que deben borrar cuanto antes.
Lo dice sin dramatismo. Como si aceptara una sentencia.
Y entonces lo entiendo: ya no somos enemiga y soldado. Ahora somos dos objetivos.
Dos corazones marcados. Dos vidas prohibidas.
Respiro hondo. Mi pecho duele. El suyo también.
—Entonces necesitamos una alianza —digo finalmente—. Pero no porque confíe en ti.
—Ni yo en ti —responde él, directo.
Nos miramos como dos animales heridos negociando territorio.
—Porque no tenemos opción —termino.
—Porque no tenemos opción —repite.
La palabra alianza no sabe a amistad. Ni a paz. Sabe a supervivencia. A orgullo roto.
A destino compartido.
Pero antes de que ese extraño acuerdo respire, algo estalla emocionalmente entre nosotros. No lo provoca un golpe. No lo provoca una amenaza.
Lo provoca la verdad.
—Si no me hubieras tocado —le digo, dejando caer la máscara— yo ya estaría muerta… pero al menos habría sido una decisión clara. Algo definitivo. Algo que ya habría terminado.
Mis ojos arden. No quiero llorar. Pero el llanto no espera permiso.
Y cuando la primera lágrima resbala… él se estremece.
Lo siente. Cada emoción. Cada quebradura. Cada pedazo roto.
Su mirada se suaviza como no debería hacerlo.
—Lo sé —murmura—. Y yo… habría seguido vivo. Libre. Leal. Sin esta culpa atravesándome el pecho.
Su voz baja. Honesta. Dolida.
Y ahora soy yo quien lo siente a él.
La culpa pesa. Arde. Se clava como espinas dentro del pecho compartido.
Aprieto los labios. Él cierra los ojos.
El vínculo nos desarma. Nos desnuda. Nos obliga a sentir al otro, incluso cuando quisiéramos destruirlo.
Y ahí sucede el primer choque realmente fuerte: nos vemos. De verdad.
No como enemigo. No como víctima. Sino como dos almas arrasadas por cosas que nunca eligieron.
Y eso… asusta más que el odio.
Rompo el contacto visual primero. Porque sentirlo así… es peligroso.
—Entonces, es oficial —digo con sarcasmo, intentando recuperar una barrera—: estás condenado a aguantarme.
Él exhala, medio cansado, medio molesto.
—Y tú a soportarme —responde—. Intenta no llorar tanto. Duele.
—Pues intenta no sentir culpa todo el tiempo —replico—. Pesa.
Nos quedamos en silencio. Sin disculpas. Sin perdón.
Solo esta alianza torpe. Forzada. Innegable.
Dos corazones unidos. Dos orgullos heridos. Dos destinos que ya no pueden separarse.
Cuando al fin nos recostamos para intentar dormir, la distancia entre nuestros cuerpos es grande…
pero nuestros corazones ya no saben estar lejos.
Y aunque nunca lo admitiré en voz alta… la idea de no estar sola esta noche…
no me asusta tanto como debería.
#1206 en Fantasía
#4818 en Novela romántica
#magia #amorprohibido #rebeldia, #fantasia #romance #drama, #amor #sacrificio #destino
Editado: 08.01.2026