Corazón de ceniza

Capitulo 11

Aprender a Respirar Juntos

No sabía que respirar podía ser tan difícil… hasta que tuve que hacerlo con alguien más.
Con él.

El amanecer nos encuentra todavía dentro del refugio, con el corazón compartido latiendo como si quisiera recordarnos cada segundo que ya no somos dos… sino uno dividido en dos cuerpos. No hay silencio entre nosotros. Hay respiración. Hay latidos. Hay magia viva que se arrastra entre nuestras costillas.

Elián despierta primero. Siempre alerta. Siempre tenso. Siempre preparado para matar o morir. Yo despierto con su ansiedad quemándome dentro del pecho, como un eco que no me pertenece… pero ahora sí.

—Tenemos que aprender a controlar esto —dice sin mirarme, como si admitirlo en voz alta fuera demasiado íntimo.
“Esto”.
Como si nuestro vínculo fuera solo una complicación más en su vida, cuando yo sé que es algo mucho más peligroso… mucho más profundo.

Salimos al bosque. El aire huele a hojas húmedas y a magia antigua. El cielo todavía no decide si será un día tranquilo o una tormenta más. Elián se coloca frente a mí, cruzando los brazos, con esa mirada fría que pretende ocultar que también está asustado.

—Respira conmigo —ordena.

Lo miro mal.
Porque él siempre ordena.
Porque siempre quiere tener el control.
Pero mi pecho vuelve a doler y sé que discutir no sirve. Así que cierro los ojos.

Inhalo.
Él inhala.
Exhalo.
Él exhala.

Y nuestros corazones buscan el mismo ritmo.
El mismo pulso.
La misma vida.

La magia responde. Lo siento como un hilo caliente que se tensa entre nosotros, que vibra, que late, que nos une más de lo que jamás admitiríamos. Cuando él se tensa, mi respiración se corta. Cuando yo me desespero, su pecho se agita. No somos libres. Somos espejo. Somos reflejo. Somos condena compartida.

—Más lento —murmura, y su voz ya no suena como una orden. Suena… humana.

Lo intento.
Y por un momento, funciona.
El dolor desaparece.
El caos se silencia.
Solo quedamos él… y yo… sosteniéndonos sin tocarnos.

Entrenamos así durante horas.
Movimientos sincronizados.
Pasos que deben coincidir para que los latidos no se descontrolen.
Golpes que no son contra el enemigo, sino contra el miedo.
Aprender a vivir juntos sin querer matarnos.
Aprender a sobrevivir sin soltarnos.

Y, sin querer, aprendemos otra cosa: A mirarnos.

Descubro detalles que antes no había querido ver: la cicatriz que cruza su ceja, los ojos que no son tan fríos como aparentan, la forma en que aprieta los dientes cuando algo le duele pero no quiere admitirlo.
Él también me observa. Lo siento. Lo sé.
Su mirada se queda atrapada en mi pecho, donde late el vínculo.
Pero luego sube…
Y se detiene en mis labios.

Un latido estalla.
Nuestro corazón compartido golpea como si quisiera escapar.
Mis mejillas arden.
Él se acerca demasiado.
Su respiración choca con la mía y, por un momento, el mundo deja de existir. No hay Imperio. No hay sacrificio. No hay muerte esperándonos.
Solo hay nosotros… a un suspiro de distancia.

Su mano roza la mía.
La magia vibra.
Y algo dentro de mí quiere romperse… o romperlo.

Elián se inclina.
Yo no retrocedo.
No puedo.
No quiero.

El casi-beso nace entre nosotros como una chispa peligrosa. Y por primera vez, tengo miedo… pero no de morir.
Tengo miedo de sentir.

Entonces, como si el universo se negara a permitirlo, un ruido estalla entre los árboles. Él se separa al instante, como si recordara de golpe quién soy. Quién es. Qué somos para el mundo.

El momento se rompe.
Pero el latido…
El latido sigue allí, temblando.

Respiramos juntos.
Vivimos juntos.
Y, aunque no lo aceptemos todavía, algo más empezó a crecer entre nosotros.
Algo que duele.
Algo que quema.
Algo que, quizá, podría salvarnos…
o terminar de destruirnos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.