Corazón de ceniza

Capitulo 12

Secretos y Cicatrices

Hay silencios que cortan más que cualquier espada.
Y esta noche… estamos rodeados de ellos.

El refugio está oscuro, iluminado solo por el brillo tenue de la magia que todavía palpita entre nosotros como un corazón inquieto. Afuera, el viento susurra promesas de peligro. Adentro, el aire pesa demasiado… como si algo estuviera a punto de romperse.

Elián está sentado frente al fuego. La luz acaricia su rostro, revela sombras viejas, cicatrices que no están en la piel pero viven en su mirada.
Yo lo siento desde mi pecho antes de verlo en sus ojos: su dolor.
Un dolor que no nació hoy… sino hace mucho tiempo.

—No duermes —murmuro.
Él se tensa, como siempre hace cuando alguien se acerca demasiado a lo que realmente siente.

—No puedo —responde, sin mirarme.

Podría alejarme.
Podría hacerme la indiferente.
Podría recordarme que es el enemigo.
Pero el vínculo late… y late con pena.
Y, aunque no quiera admitirlo, no sé cómo ignorarlo.

Me siento a su lado. Tan cerca que puedo sentir el calor de su cuerpo, pero no lo suficiente como para tocarlo. No sé quién mueve primero la lengua. No sé quién abre primero la puerta. Solo sé que cuando habla… se rompe un poco el mundo.

—El Imperio no solo me convirtió en soldado —dice con voz baja, como si confesara algo prohibido—. Me convirtió en arma… contra mi propia sangre.

Mi pecho aprieta. No sé si por él… o por mí.

—¿Qué hicieron? —pregunto, casi en susurro.

Sus manos se cierran en puños. Los nudillos se vuelven blancos.

—Traicionaron a mi familia —continúa—. Nos dieron gloria… y luego nos despojaron de todo. Mi padre murió tratando de obedecer órdenes imposibles. Mi madre fue obligada a callar. Y yo… yo no tuve opción. Nací para servirlos. Nací para destruir lo que ellos señalaban… incluso si alguna vez fue mío.

La traición no siempre es sangre. A veces es abandono. A veces es obediencia forzada.
A veces es tener que seguir vivo.

Lo veo distinto.
Por primera vez, veo al hombre detrás del soldado.
Y duele.

Lo siento quebrarse por dentro. Siento su culpa, su cansancio, su miedo de ser ese monstruo que le hicieron creer que debía ser.
Y algo dentro de mí se derrite… no por lástima.
Por empatía.

—Nunca quisiste esto —susurro.
Él ríe, pero no es una risa real. Es una herida abierta.

—Querer no importa en el Imperio —responde—. Solo sobrevivir.

Nos quedamos en silencio unos segundos… pero ya no es incómodo. Es necesario.
Es el tipo de silencio donde las almas se miran.

Y entonces… me toca a mí.

No sé por qué lo hago.
No sé por qué me desnudo así frente al enemigo.
Tal vez porque él acaba de hacerlo conmigo.
Tal vez porque estoy cansada de fingir fortaleza.
Tal vez porque… no quiero morir siendo desconocida para alguien que comparte mi corazón.

—Yo… —trago saliva— yo tengo miedo.

La palabra cae entre nosotros como una verdad que arde.

—Tengo miedo de morir —continúo, y la voz me tiembla—. Tengo miedo de desaparecer como si nunca hubiera importado. Tengo miedo de que mi nombre se convierta solo en una marca en una lista. Tengo miedo de no tener más recuerdos que esta huida. Tengo miedo… de no haber vivido suficiente.

Mi pecho arde.
No solo por mí.
Lo siento en él también.
Su corazón late con el mío… dolor con dolor.

Elián me mira. Por primera vez sin dureza. Sin máscaras.
Hay tristeza en sus ojos.
Y… algo más.

—Tú importas —dice. Y lo dice tan serio, tan convincente, que casi creo que el mundo entero debería escucharlo—. Tu vida importa. No eres una marca. No eres sacrificio. No eres condena.

No sé cuándo nuestras respiraciones se acercan.
No sé cuándo alcé la mirada.
No sé cuándo dejé de verlo como el enemigo.

Su mano se acerca… pero no me toca. No hace falta. Porque ya estamos tocados por dentro.

No lloramos.
Pero lo sentimos todo.

Por primera vez desde que todo empezó… no estamos luchando uno contra el otro.
Estamos luchando juntos…
contra el dolor.
contra el pasado.
contra el destino.

Y, aunque no lo digamos, lo sabemos:

Algo nos está uniendo mucho más fuerte que este vínculo. Algo que no tiene nombre todavía.
Algo que duele… pero también consuela.

Empatía.
Humanidad.
Y una pequeña chispa peligrosa…
que promete no apagarse.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.