Corazón de ceniza

Capitulo 13

El Mundo se Agrieta

Hay verdades que no deberían salir nunca a la luz.
Porque cuando lo hacen… no solo rompen destinos.
Rompen mundos.

No recuerdo exactamente en qué momento lo entendí.
Solo sé que mientras avanzábamos por los caminos ocultos del bosque, esquivando patrullas del Imperio, sintiendo su latido unido al mío… algo empezó a encajar de una forma que dolía demasiado.

El Imperio no teme perder sacrificios.
No teme perder soldados.
No teme perder gente.

Teme perder poder.

Llegamos a las ruinas del antiguo santuario del corazón. No debería quedar nada útil allí. Fue destruido hace años por “órdenes mayores”. Fue declarado peligroso. Prohibido. Maldito.
La típica forma del Imperio de ocultar lo que no le conviene.

Pero algunas cosas sobreviven al fuego.
Los secretos, por ejemplo.

Inscripciones en piedra.
Altares rotos.
Restos de magia atrapada en el aire… vibrando todavía, como un eco de dolor antiguo.

Lyria camina a mi lado, pero esta vez no es su respiración lo que siento.
Es su esperanza.
Es su necesidad de vivir.

Y eso…
eso es lo que más duele.

Encuentro los registros escondidos bajo una losa agrietada. Sellos imperiales. Escritura oficial.
Documentos que jamás debieron existir.

Los leo.
Leo cada palabra como si fuera un golpe directo al pecho.

Y el mundo se quiebra.

El Imperio no ofrece sacrificios para “proteger” el reino.
No lo hace para calmar a la magia del corazón.
No lo hace por tradición, ni por equilibrio, ni por destino.

Lo hace…
para mantener el control.

Cada vida entregada alimenta un mecanismo oculto.
Un núcleo mágico enterrado bajo la capital.
Un corazón artificial que late sobre el dolor ajeno.
Un latido creado con sangre.

El Imperio no se sostiene por gloria.
Se sostiene por muerte.

Si Lyria vive… el sistema colapsará.

Las murallas caerán.
Las rutas mágicas desaparecerán.
Las ciudades perderán sus defensas.
El mundo que conozco… se vendrá abajo.

Y no debería dudar.
He sido entrenado toda mi vida para no dudar.

Pero ella está detrás de mí.
Respirando.
Viva.
Real.

Y siento su latido dentro del mío.

—¿Qué dicen? —pregunta, con una voz que intenta ser valiente… pero respira miedo.

Podría mentirle.
He mentido antes.
Podría ocultarlo.
Podría seguir siendo el arma que siempre esperaron de mí.

Pero no puedo.

La miro.
Y veo la chica que debería estar marcada para morir…
pero también veo a la mujer que aprendió a respirar conmigo, la que compartió su miedo, la que curó mis heridas, la que me mira como si yo fuera algo más que la sombra del Imperio.

—Si no mueres —digo con dificultad—… el Imperio cae.

Las palabras salen como cuchillas. La verdad se desploma entre nosotros.

Lo veo en sus ojos.
El golpe.
El terror.
La culpa… aunque no debería sentirla.

—Entonces… —susurra, con la voz rota— si vivo… todos pagarán el precio.

Y allí está el dilema.
El que jamás pensé enfrentar.

Sacrificarla… y mantener el mundo estable. Dejarla vivir… y destruir todo lo que conocí.

Soy soldado.
Debería elegir sin temblar.
Debería ofrecerla al fuego, al altar, al corazón artificial que mantiene el orden que siempre defendí.

Pero mi pecho late con el suyo.
Y por primera vez, el deber no pesa más que la vida.

El Imperio nos enseñó a no ver personas.
Solo objetivos.
Solo piezas. Solo sacrificios.

Pero ella no es una pieza.
No es un número.
No es un latido descartable.

Es la primera persona que ha tocado lo que soy… no lo que me obligaron a ser.

El mundo puede romperse. El Imperio puede caer. Tal vez merezca caer.

Pero ella…

Ella merece vivir.

Y reconozco el verdadero problema: No sé si estoy dispuesto a dejarla morir por salvar un mundo que siempre me usó como arma.

El dilema no es del Imperio. El dilema… es mío.

Y mientras la miro, mientras siento nuestro corazón compartido temblando, lo sé con una claridad que da miedo:

Para salvarla… tendré que convertirme definitivamente en enemigo del mundo entero.




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