CONFESIÓN BAJO RUINAS
La muerte tiene un sonido. No es un grito. No es una espada. Es ese instante de silencio brutal… justo antes de que todo colapse.
Y ocurre ahora.
Las ruinas tiemblan cuando el hechizo impacta el suelo, desatando una onda de magia que rompe columnas, agrieta paredes y levanta polvo espeso como niebla. El suelo se abre. Piedras caen. Lo que queda del antiguo santuario empieza a desmoronarse como si el mundo hubiera decidido terminar justo aquí… justo sobre nosotros.
—¡Lyria! —la llamo, pero mi voz se pierde entre el estruendo.
La veo a través del caos.
Pequeña. Vulnerable. Sola.
Tragada por un torbellino de polvo, sangre y magia salvaje.
No pienso. No evalúo. No calculo consecuencias.
Solo corro.
El vínculo se enciende, tirándome desde dentro. No es solo una conexión… es una orden que no viene del Imperio, ni de la magia, ni del cielo.
Viene de mi corazón.
Un bloque de piedra cae donde ella estaba. Un segundo más… y la habría aplastado.
Me lanzo sin dudar. La envuelvo con mi cuerpo. La arrastro hacia mí. La cubro como si mi cuerpo pudiera ser muralla, escudo, hogar.
El mundo explota.
El impacto nos golpea. La magia choca contra mi espalda con fuerza paralizante. Siento mi piel quemarse, mis músculos desgarrarse, mis huesos resistiendo por pura obstinación. El dolor atraviesa el vínculo, golpeándola también… pero amortiguado por mí.
Prefiero mil veces sentirlo yo.
Prefiero cargarlo yo.
Antes que verla desaparecer.
Terminamos en el suelo, bajo el arco derrumbado del santuario, respirando polvo, sangre y miedo. Todavía sigue temblando. Todavía siguen cayendo fragmentos. Todavía podemos morir en cualquier segundo.
Pero ella está viva. Está debajo de mí. Bajo mis brazos. Bajo mi protección.
La escucho respirar, agitada. Y el mundo recupera sonido.
—Elián… —susurra, con una mezcla de incredulidad y dolor.
No la dejo moverse. No puedo. Mis manos la sostienen como si el universo entero dependiera de no soltarla.
Porque tal vez depende.
Porque para mí… depende.
—No te atrevas a morir —le ordeno, con la voz rota.
Ella ríe débil. Una risa amarga, cansada, pero viva.
—No planeaba hacerlo.
Un pedazo más de techo cae cerca. Ella se sobresalta. Yo aprieto más mi agarre.
El vínculo late con violencia.
Herido.
Desesperado.
Exigente.
No es solo magia.
Es miedo.
Mi miedo.
Y entonces lo siento. Clarísimo. Definitivo.
Yo no podría soportar perderla.
No como soldado. No como hombre. No como ser humano.
Mis manos tiemblan. Mi respiración falla. Y las palabras que llevo todo este tiempo encerrando… salen como una confesión que quema.
—Escúchame —digo, mirándola a los ojos aunque el polvo aún caiga, aunque el mundo siga amenazando con enterrarnos—. No vuelvas a creer… ni por un segundo… que alguna vez podría entregarte.
Ella parpadea. Su mirada se rompe. Su pecho tiembla bajo el mío.
—Pero antes dijiste…
—Lo sé —la interrumpo, apretando la mandíbula—. Dije que no sabía qué haría. Dije que no podía elegir entre tú y el mundo. Dije… lo que creía que debía decir.
Silencio. Pero no el de antes. Este pesa diferente.
—Tengo miedo —confieso.
Y no es fácil. Nunca lo fue. Nunca me permitieron decirlo.
—Tengo miedo de lo que significas —continúo—. Tengo miedo de cómo me cambiaste. De cómo me obligaste a sentir. De cómo rompiste todo lo que creía firme. Tengo miedo de mirar al Imperio y ver mentira. Tengo miedo de mirar el mundo… y darte cuenta de que elegirme a ti podría incendiarlo todo.
Mi pecho arde. Mi voz tiembla.
—Pero también tengo miedo… de imaginarlo sin ti.
Sus ojos brillan con lágrimas silenciosas. No son de debilidad. Son de impacto. De verdad.
—No sé si soy un héroe —continúo, y mi voz cae, humana, desnuda, sin armaduras—. No sé si soy lo suficiente para salvarte. No sé si soy lo suficiente para enfrentar al mundo entero. Pero sé algo…
La miro. Y no es solo conexión mágica. Es algo más cruel. Más hermoso. Más peligroso.
Real.
—No voy a entregarte —declaro, como si estuviera jurando ante los dioses, ante la magia, ante la vida misma—. No voy a permitir que te sacrifiquen. No voy a dejar que desaparezcas de mi mundo. Aunque me odies. Aunque huyas. Aunque algún día no quieras estar conmigo. Voy a pelear. Por ti. Contigo. Contra lo que sea.
La tierra deja de temblar. Las ruinas se estabilizan. El polvo cae lentamente… como si incluso la destrucción decidiera escucharnos.
Lyria parpadea. Respira hondo. Y en su mirada ya no hay solo dolor.
Hay algo más.
Fuerza. Vida. Determinado latido.
—Eres idiota —susurra, con una sonrisa rota—. Un idiota peligroso… que puede destruirlo todo.
—Probablemente —respondo con una sonrisa herida—. Pero seré tu idiota.
Ella cierra los ojos por un instante. Como si esa frase pesara. Como si esa promesa… la abrazara.
No me besa. Yo no la beso. No es momento.
Pero nuestras frentes se tocan. Nuestro vínculo ardiente late entre ambos. Y por primera vez desde que esto comenzó…
No duele.
Respiramos juntos. Vivos. Juntos. Contra el mundo.
Y lo sé.
Tal vez somos un error. Tal vez somos una amenaza. Tal vez somos la chispa que incendiará el orden.
Pero aquí, bajo ruinas… sobrevivimos.
Y eso… cambia todo.
#1206 en Fantasía
#4818 en Novela romántica
#magia #amorprohibido #rebeldia, #fantasia #romance #drama, #amor #sacrificio #destino
Editado: 08.01.2026