Corazón de ceniza

Capitulo 19

EL IMPERIO LOS ATRAPA

Hay momentos que marcan la vida de una persona para siempre.
Momentos que dividen la existencia en un “antes” que nunca regresará… y un “después” que duele demasiado para aceptarlo.

Este… es uno de ellos.

La noche cae como una sentencia mientras avanzamos por el bosque. Elián mantiene su espada en mano, su mirada alerta, su cuerpo herido todavía resistiendo gracias al vínculo… gracias a mí. Nuestros pasos son silenciosos; incluso el viento parece contener la respiración.

Pero algo está mal.
Lo siento antes de verlo.
La magia del aire cambia. Se vuelve pesada. Vigilante. Enemiga.

—Lyria… —susurra Elián, apenas audible—. No te sueltes.

No pienso hacerlo.
No después de lo que confesó.
No después de la forma en que me salvó. No después de la forma en que me miró como si mi vida valiera más que el mundo entero.

Pero el Imperio siempre llega. Siempre cobra. Siempre rompe.

Primero, el bosque deja de sonar. Luego, la tierra vibra. Y entonces… aparecen.

Sombras emergen entre los árboles. Armaduras negras. Símbolos dorados del Imperio. Más soldados de los que podríamos enfrentar en diez vidas. Magos del corazón levantan sus manos, creando barreras de energía que cercan el lugar como una jaula invisible.

No hay escape. No esta vez.

—Entrega a la marcada —ordena una voz fría, autoritaria.
Una voz que conozco.
Una voz que alguna vez me dio esperanza…

La Alta Hechicera del Imperio.

Aparece al frente, envuelta en su manto carmesí, su mirada brillante con poder… y satisfacción.

—Se acabó, Elián —declara con cruel calma—. Tu error termina aquí.

Elián se adelanta, colocándose frente a mí.
Escudo. Muralla.
Mi locura.
Mi salvación.

—Tendrán que pasar por mí —ruge.

El vínculo arde.
Su corazón late en mi pecho. El mío golpea dentro del suyo.

Y por un momento… creo que puede ganar. Creo que podemos luchar.
Creo que podemos huir otra vez.

Hasta que siento el golpe.

Una lanza mágica atraviesa el aire y lo impacta desde atrás. Elián cae de rodillas con un gemido ahogado. Yo grito sin poder evitarlo; el dolor me parte en dos. No solo lo veo herirse. Lo siento.

—¡Elián! —me lanzo hacia él, pero dos soldados me sujetan por los brazos.

Intento luchar.
Intento escapar. Intento hacer algo.

Pero la magia del Imperio se aferra a mi cuerpo como cadenas ardientes.

Él levanta la cabeza. Me busca con los ojos. Me mira como si temiera perderme… porque sabe que está a punto de hacerlo.

—No… —susurra con la voz quebrada—. No la toquen… no la lleven…

Pero no tiene poder. No esta vez.

La hechicera sonríe.

—Ella pertenece al Imperio —dice con una suavidad cruel—. Y tú… ya no perteneces a nada.

Caminan hacia mí. No puedo moverme. Mis piernas tiemblan. Mi corazón late desesperado dentro del suyo.

—Por favor… —no sé si le hablo a ella, a los dioses, a la magia, a él—. Por favor…

La hechicera levanta la mano. Una magia fría envuelve el vínculo.

Y lo siento. Lo siento desgarrarse. No cortarse. No romperse. Desgarrarse.

Como si alguien arrancara una parte viva de mi pecho y la tirara al vacío.

Grito. No de dolor físico. De algo peor.

Vacío.

Oigo el rugido salvaje de Elián mientras intenta levantarse, mientras lucha contra los soldados que lo sujetan, mientras sangra, mientras se rompe… solo para llegar a mí.

—¡Déjenla! —brama con una desesperación que podría incendiar el cielo—. ¡Déjenla! ¡Tómenme a mí! ¡A mí! ¡No la toquen!

Nadie escucha a los hombres que aman.

Dos cadenas mágicas se enredan alrededor de su cuello y brazos. Lo obligan a caer de rodillas. Lo aplastan. Lo humillan. Lo reducen a una sombra del guerrero que fue.

Yo peleo contra mis captores, pero soy solo una chica marcada para morir. Solo un sacrificio con nombre. Una pieza del Imperio.

Y lo peor es que… me llevan hacia el lugar del sacrificio.

Puedo verlo a la distancia. La plataforma sagrada. El altar. La torre roja que absorbe la luz. Las llamas ceremoniales encendidas.

Ya está preparado.

Como si siempre hubieran sabido que volvería.

Como si nunca hubiera tenido oportunidad.

Mientras me arrastran hacia esa estructura, no miro el fuego, ni las cadenas, ni el altar donde mi vida terminará.

Lo miro a él.

A Elián. Arrodillado. Derrotado. Sangrando. Pero mirando solo una cosa.

A mí.

—Lyria… —su voz es un susurro rasgado, un latido roto—. Yo prometí… salvarte…

Las lágrimas queman mis mejillas. Mi garganta arde. Mi alma grita.

—Y yo… —respondo con un hilo de voz—. Yo creí en ti.

Lo están alejando. Su figura se vuelve pequeña. Su respiración se pierde en la distancia. Su presencia desaparece poco a poco del vínculo.

No estoy sola. Estoy vacía.

Y mientras el Imperio me lleva hacia la muerte… entiendo algo con una claridad desgarradora:

No tengo miedo de morir.

Tengo miedo… de vivir sin él.




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