El Juicio del Corazón
La sala del templo estaba envuelta en un silencio que pesaba más que el mármol frío bajo los pies de Lyria. Antorchas altas iluminaban las paredes cubiertas de símbolos antiguos; sombras temblorosas danzaban como si el lugar estuviera vivo, expectante… juzgándola.
En el centro, sobre el altar de piedra, la Reina–Sacerdotisa la observaba con la serenidad cruel de quien entiende el dolor, pero igual exige el sacrificio.
—Ha llegado el momento —pronunció, con voz firme que retumbó como un eco sagrado—. El destino no puede esperar más. Debes elegir.
Lyria apretó los puños. Su pecho subía y bajaba con dificultad. Podía sentir el latido acelerado de su corazón golpeándole las costillas, luchando entre huir o quedarse. Frente a ella, veía los rostros de quienes amaba: su pueblo… su familia… aquellos que habían creído en ella cuando ni siquiera sabía quién era realmente.
Un nudo se formó en su garganta.
—¿No hay otra forma? —preguntó con un hilo de voz, casi suplicando. Sabía la respuesta… pero necesitaba escucharla.
La Reina–Sacerdotisa bajó la mirada, como si su propia alma también sangrara.
—Toda vida tiene un precio. Y alguien debe pagarlo.
El tuyo… o el de todos.
Las palabras se clavaron como cuchillos invisibles.
Lyria sintió cómo las lágrimas comenzaban a desbordarse. No eran lágrimas de miedo… eran lágrimas de despedida. Lágrimas de alguien que había comprendido que el amor verdadero no siempre se trata de aferrarse, sino de dejar ir… incluso si lo que se suelta es la propia vida.
Miró a su alrededor una última vez. El aire se volvió más pesado. Un temblor recorrió el templo; la magia del ritual ya despertaba, esperando su decisión.
Y entonces, respiró profundo.
Su voz salió firme… pero rota.
—Si mi vida es el precio para salvarlos…
Si mi existencia puede garantizar que ellos vivan…
Entonces acepto.
Una lágrima cayó, resbalando por su mejilla… pero su mirada brilló con una determinación luminosa, casi sagrada.
—Me sacrifico.
Un murmullo recorrió el templo. El suelo vibró. La Reina–Sacerdotisa cerró los ojos con dolor y respeto.
—El corazón más puro… es el que elige amar incluso cuando duele —susurró.
La energía comenzó a envolver a Lyria. Su cuerpo temblaba, pero ella no retrocedió. No gritó. No pidió ayuda. Se mantuvo erguida, digna, valiente… aun cuando cada segundo la acercaba más al final.
Las lágrimas seguían cayendo.
Pero no temblaba.
Porque había elegido.
Porque, aun rota por dentro…
Lyria estaba en paz.
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Editado: 08.01.2026