El Último Latido Preparado
El templo tembló como si la tierra misma hubiera entendido la decisión de Lyria. Las antorchas chisporrotearon y la luz adquirió un tono azulado, casi espectral, mientras el aire se llenaba de un murmullo antiguo… un canto que no provenía de voces humanas, sino del propio poder que despertaba.
La Reina–Sacerdotisa alzó el báculo. La gema en la punta comenzó a irradiar una luz cegadora que envolvió a Lyria como una cúpula, aislándola del mundo exterior. Sus pies ya no tocaban el suelo; flotaba apenas unos centímetros, inmersa en una energía que parecía devorarla lentamente.
Y entonces, el dolor comenzó.
No físico… sino en su corazón.
Porque lejos del altar, alguien gritó su nombre.
—¡LYRIA!
Elián irrumpió en la sala, empapado de sudor, con el pecho ardiendo y la mirada desbordada de desesperación. Había corrido sin pensar, sin respirar, sin medir consecuencias. Sus manos estaban heridas por las puertas que había forzado, sus rodillas raspadas por las caídas… pero nada importaba. Solo ella.
Cuando la vio dentro del círculo de luz, su alma se quebró.
—¡Detengan esto! —rugió, su voz desgarrada por el miedo.
Intentó avanzar, pero apenas dio dos pasos cuando una barrera invisible lo lanzó hacia atrás. Cayó de rodillas. El golpe dolió… pero no tanto como la realidad que se imponía frente a él.
—Elián… —la voz de Lyria se filtró a través de la magia, suave pero temblorosa.
Sus miradas se encontraron.
Y fue suficiente para que todo doliera más.
La Reina–Sacerdotisa apretó los labios con pesar, pero no detuvo el ritual. El cántico se intensificó; el aire vibró, cargado de poder. La luz alrededor de Lyria empezó a latir… como un corazón gigante marcando los segundos que le quedaban.
Boom…
Boom…
Boom…
El vínculo entre ella y Elián comenzó a reaccionar.
Primero fue un tirón suave, como un hilo tenso que se estira peligrosamente. Luego, el dolor los golpeó a ambos. Elián se llevó la mano al pecho, jadeando, sintiendo cómo algo ardía dentro de él, como si alguien estuviera arrancándole un pedazo del alma.
—No… no, por favor… —murmuró, arrastrándose hacia ella aunque sabía que no podía alcanzarla.
Lyria también lo sintió.
Ese latido compartido que siempre había sido refugio, fuerza, hogar… empezaba a debilitarse. Se estaba deshilando. Desprendiéndose. Rompiéndose.
El vínculo lloraba.
Ella cerró los ojos, y más lágrimas resbalaron por su rostro.
—Elián… prométeme que vivirás —dijo, obligándose a sonreír mientras su corazón se partía—. Prométeme que encontrarás tu camino… incluso sin mí.
—¡No! —él gritó, la voz quebrada— ¡No me pidas eso! No puedo… no quiero… ¡TÚ eres mi camino!
El templo volvió a estremecerse. La luz se intensificó. El siguiente latido fue más fuerte… pero ya no pertenecía a ambos.
El vínculo cedió un poco más.
Elián sintió cómo un vacío comenzaba a invadirlo. Como si alguien estuviera apagando el único lugar donde siempre había habido calor.
—¡Lyria, mírame! —imploró, con lágrimas cayendo por primera vez en años— ¡No me dejes!
Ella lo miró.
Y su mirada estaba llena de amor… y despedida.
—Siempre estarás en mi corazón —susurró.
El siguiente latido sonó…
Y ya no fue compartido.
Fue el último latido unido.
El ritual avanzaba. El sacrificio estaba en marcha. Y el corazón que siempre los había mantenido juntos…
…estaba comenzando a romperse.
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Editado: 08.01.2026