El Grito que Rompe el Mundo
El mundo no debería temblar por un grito.
Pero el de Elián no era humano. Era dolor. Era furia.
Era amor.
Cuando el vínculo terminó de desgarrarse, cuando sintió que una parte de su alma era arrancada de raíz, su cuerpo reaccionó antes que su mente. El aire en el templo se comprimió… como si el universo contuviera la respiración.
—¡LYRIAAAAA!
Su voz estalló como un trueno desatado desde el centro del pecho. Las cadenas de energía que lo ataban al suelo se volvieron visibles, trazos de luz cruel que lo mantenían prisionero, alimentadas por magia antigua y ley imperial. Se cerraron más, intentando someterlo.
Pero algo había cambiado.
El dolor no lo debilitó.
Lo encendió.
La desesperación recorrió cada músculo, cada vena, cada pensamiento. Sus ojos ardieron con una luz casi sobrenatural. El vínculo había sido herido… pero no destruido por completo. Algo dentro de él seguía latiendo hacia ella. Algo que se negaba a morir.
Y ese algo rugió.
Las cadenas vibraron. Se agrietaron. Chispearon.
Los guardias, que hasta ese momento lo habían observado con arrogante seguridad, retrocedieron con miedo. La energía se volvió inestable, casi peligrosa.
—Deténganlo —ordenó la Reina–Sacerdotisa, con un tono que intentó ser firme… pero tembló.
Demasiado tarde.
Elián tiró.
La primera cadena estalló.
El sonido fue seco, brutal, como si el mundo mismo se quebrara. La magia retrocedió como una criatura herida. El suelo se fracturó bajo sus pies. El aire explotó en una onda de choque que apagó antorchas y desbalanceó a todos en el templo.
Los guardias corrieron hacia él.
Fue un error.
Elián no peleó como un soldado entrenado. Peleó como alguien que se rehusaba a perder lo único que ama.
Su cuerpo se movió con una ferocidad instintiva. Bloqueó espadas, desvió lanzas, lanzó a hombres al suelo como si no pesaran nada. Cada golpe estaba alimentado por rabia, por miedo, por una determinación que quemaba su sangre.
—No… —murmuró uno de los sacerdotes aterrorizado— …esto no es humano.
No lo era.
Era el eco del vínculo resistiéndose a morir.
Era el corazón negándose a aceptar el destino.
Elián arrancó la última cadena con un rugido desgarrador. Su pecho ardía, su respiración era un nudo de dolor y fuerza. Sus ojos buscaron desesperadamente el altar.
Y la vio.
Lyria flotaba, atrapada en un remolino de luz. Su cuerpo estaba rígido. Su rostro… pálido. Su respiración… débil.
La magia comenzaba a consumirla.
—Lyria… —susurró, y el mundo volvió a encogerse a una sola cosa: alcanzarla.
Corrió hacia el altar.
La Reina–Sacerdotisa levantó ambas manos, invocando una muralla de poder para detenerlo. La energía estalló delante de él como una muralla luminosa. Cualquier hombre habría retrocedido.
Elián avanzó.
El impacto lo quemó. Su piel ardió, su sangre rugió, pero no se detuvo. Empujó. Gritó. El poder chocó contra él tratando de empujarlo hacia atrás, pero él siguió caminando, atravesando la magia con pura voluntad.
—¡No puedes salvarla! —gritó la Reina, desesperada— ¡Esto es más grande que tú! ¡Es el destino del mundo!
Elián sonrió con rabia.
—Entonces quemaré el mundo si intenta quitármela.
Y empujó una última vez.
La barrera explotó en mil fragmentos de luz.
La sala quedó en silencio por un segundo. Ese tipo de silencio que precede a una catástrofe.
Elián alcanzó el altar justo cuando la energía del ritual alcanzaba su punto máximo. El círculo brilló con un resplandor cegador… y luego…
Un estallido de poder.
Todo voló.
El mundo fue ruido, luz, viento violento. Columnas se quebraron. Piedras cayeron. Las vidrieras se hicieron añicos, lanzando fragmentos como lágrimas de cristal por el templo.
Cuando la luz finalmente cedió…
Lyria ya no flotaba.
Y no estaba consciente.
Su cuerpo cayó.
Elián la atrapó en el aire antes de que tocara el suelo. Sus brazos se cerraron alrededor de ella, temblorosos, desesperados. Se arrodilló, con ella en su pecho, como si protegerla con su cuerpo pudiera traerla de vuelta.
—Lyria… Lyria, mírame… —susurró con voz rota.
No hubo respuesta.
Su respiración era casi invisible. Su pulso… débil. Demasiado débil.
—No… no, por favor… —sus dedos temblaron al acariciar su mejilla fría.
El templo estaba en caos. Gritos, corridas, polvo en el aire… pero para él, nada existía excepto ella.
Por primera vez, Elián sintió verdadero miedo.
No al imperio. No al destino. No a la muerte.
Sino a un mundo sin ella.
Y mientras la abrazaba contra su pecho, sintió algo más.
Algo oscuro. Algo poderoso. Algo que había despertado…
El grito que rompió el mundo no había terminado de cobrar su precio.
El verdadero desastre… apenas comenzaba.✨
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Editado: 08.01.2026