Corazón de ceniza

Capitulo 23

El Amor Contra la Magia

A veces el mundo exige decisiones imposibles.

Y hay quienes, cuando llega ese momento, eligen ser héroes.
Otros… eligen ser humanos.

Elián eligió ser humano.

El caos aún rugía en el templo, humo, polvo y ecos de magia rota vibrando en el aire. Las columnas estaban agrietadas, el suelo abierto en fisuras y el ritual… estaba muerto. Incompleto. Peligrosamente inacabado.

Pero nada importaba.

Porque Lyria estaba en sus brazos.
Y no despertaba.

Su cuerpo se sentía demasiado liviano, demasiado frágil, demasiado silencioso. Él apoyó su frente contra la de ella, respirando temblorosamente, como si intentar compartirle su aliento pudiera traerla de vuelta.

—No me hagas esto… —susurró con una voz rota que apenas reconocía como suya—. No ahora… no después de todo lo que peleaste… no después de lo que decidiste…

No había respuesta.

Solo el latido débil, casi imperceptible, que seguía unido al suyo.

Ese latido que no debería existir todavía.
Ese latido que el mundo quería romper.

—¡Alto! —la voz de la Reina–Sacerdotisa cortó el aire como un cuchillo.

Guardias, magos, sacerdotes… todos comenzaron a rodearlo nuevamente. Esta vez no había arrogancia. No había control. Había miedo.

Miedo a él. Miedo a lo que había hecho. Miedo a lo que representaba.

—Entréguela —ordenó la Reina, con una firmeza llena de grietas—. El ritual debe completarse. Si no lo hacemos ahora… el Imperio caerá. El mundo caerá.

Elián levantó la mirada lentamente.

Ya no era el soldado que obedecía órdenes.

Ya no era el arma del Imperio.

Su mirada era fuego contenido, dolor vivo, amor desobediente.

Se puso de pie con Lyria en brazos, sosteniéndola como el tesoro más valioso del mundo.

—No. —La palabra era simple. Final. Inquebrantable.

La Reina apretó los dientes.

—Esto no es una elección personal. Es un deber. Una vida por millones. Una vida para sostener todo lo que existe.

—Eso sería cierto —respondió Elián con voz grave— si ella fuera solo “una vida”.

Un silencio denso cayó sobre todos.

Él la sostuvo más fuerte. Como si declarara la guerra al universo entero.

—Pero ella ya no es solo una víctima. No es un sacrificio. No es una pieza del Imperio. —Lo dice despacio, como si cada sílaba estuviera escrita en fuego—. Es una persona. Con nombre. Con miedo. Con sueños. Con un latido que se aferra a vivir. Y yo… yo ya no voy a permitir que la conviertan en moneda de cambio.

Un sacerdote gritó:

—¡Si no la entregas, nos condenas a todos!

—Entonces me odiarán. —Elián elevó levemente el mentón—. Entonces me perseguirán. Entonces me llamarán traidor.
No será la primera vez que el Imperio me use como enemigo.

Levantó una mano. Y el aire volvió a vibrar.

La magia respondió a él.

No como antes. No como un instrumento impuesto. Sino como si algo se hubiera liberado dentro de su pecho.

Como si el vínculo hubiera despertado una fuerza que jamás debió existir.

Los guardias dudaron.

La Reina lo entendió.

—Elián… —su voz ahora no era autoridad. Era súplica—. Si eliges esto… estás eligiendo la ruina. No habrá vuelta atrás.

Él bajó la mirada hacia Lyria.

Observó su rostro pálido. Sus pestañas inmóviles. Sus labios entreabiertos buscando un aire que el mundo le estaba negando. Sintió su corazón temblando, no fuerte… pero vivo.

Y sonrió con tristeza.

—No quiero un mundo que solo existe gracias a su muerte.

Ahí estaba su respuesta.

No al Imperio. No a la magia. No al destino.

Sí… a ella.

—Yo elijo a Lyria. —Su voz fue clara. Firme. Definitiva—. Aunque me cueste la vida. Aunque me cueste el mundo.

Los magos lanzaron hechizos. Los guardias cargaron. El templo se llenó de luz, acero y poder.

Elián apretó los dientes.

—No la tendrán.

Y el mundo volvió a explotar.

Una onda de energía salió desde su pecho como si hubiera nacido directamente de su desesperación. Un estallido brutal, salvaje, hermoso. Luz carmesí mezclada con el eco del vínculo. Un latido gigantesco resonó en todo el templo… y todos fueron lanzados hacia atrás.

Piedras derrumbándose. Magia estrellándose contra el suelo. Gritos. Miedo puro.

Cuando el polvo se disipó…

Elián seguía de pie.

Solo. Con ella protegida en su pecho. Indomable.

Y todos lo supieron.

Ese día… el Imperio perdió a su soldado más letal.

Y ganó a su peor enemigo.

No por odio. No por rebelión. No por ambición.

Sino por amor.

Un amor tan peligroso… que estaba dispuesto a luchar contra la magia misma.




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