El Precio del Amor
El templo ya no parecía sagrado.
Parecía un animal herido… respirando magia rota, ladrillos caídos, paredes que sangraban grietas. El eco de la explosión aún vibraba en el aire, como un corazón que no sabía si seguir latiendo o rendirse.
Elián avanzó con dificultad entre el polvo, sosteniendo a Lyria contra su pecho. Sus pasos eran inestables, no por miedo… sino por el peso que ahora cargaba: el peso de su decisión.
Había elegido. Había elegido a ella. Y el mundo estaba reaccionando.
La magia del Imperio comenzó a convulsionar.
No era visible… pero se sentía.
Las líneas de energía que protegían ciudades, los sellos de barrera, las rutas de comunicación mágica, las fortalezas encantadas… todo empezó a fallar como cristales fracturándose al mismo tiempo.
La Reina–Sacerdotisa cayó de rodillas.
—…ha comenzado —susurró, con una mezcla de horror y reverencia—. El colapso.
El corazón artificial del Imperio estaba quebrándose.
Y Lyria… comenzó a moverse.
Un suspiro.
Un latido más fuerte.
Su pecho respondió.
Elián cerró los ojos al sentirlo. No había lágrimas en su rostro… pero su alma lloró de alivio.
—Vamos, pequeña… vuelve —murmuró, la voz rota y temblorosa—. No me dejes solo ahora.
Los ojos de Lyria se abrieron lentamente. Su mirada estaba perdida, como quien regresa de muy lejos.
—¿E–Elián…? —susurró, y el mundo se calmó solo por escucharla.
Él rió suavemente, un sonido quebrado de pura gratitud.
—Estoy aquí.
Pero no tenían tiempo.
El templo comenzó a temblar. El cielo fuera rugía. La magia del Imperio se estaba desmoronando… pero la magia real del corazón—esa que había sido reemplazada por un sistema cruel—despertaba.
Y no estaba feliz.
Un flujo inmenso de energía se elevó desde el altar, como un torbellino vivo que gritaba por justicia. Su latido resonó como truenos.
Latido. Latido. Latido.
Lyria lo sintió. Elián también.
El vínculo ardió en sus pechos.
No como dolor. No como castigo. Sino como un llamado.
—Nos está… hablando —murmuró ella, sorprendida, con lágrimas en los ojos—. No quería sacrificios. Nunca los quiso. El Imperio lo forzó. Lo encadenó. Lo convirtió en una máquina de muerte…
Elián apretó su mano.
—Entonces rompámoslo.
Ella lo miró. Y por primera vez… no con miedo. No con culpa. Sino con decisión.
—Juntos.
Se acercaron al altar.
El viento mágico los rodeó con fuerza, intentando empujarlos, probándolos, dudando de ellos… como si preguntara:
¿Son dignos?
Elián la sostuvo firme.
—No te soltaré.
Ella sonrió con dolorosa ternura.
—Sé que no.
Ambos colocaron sus manos sobre el núcleo del altar: una masa de luz roja comprimida… un corazón falso latiendo sobre millones de lágrimas. La energía ardió, quemándoles la piel, atravesándolos como fuego líquido… pero no soltaron.
El vínculo respondió.
Sus corazones latieron al unísono. Su magia se entrelazó. Su amor se convirtió en impulso.
—NO MÁS —gritó Lyria.
Y el mundo escuchó.
El corazón artificial se quebró.
Una explosión de luz pura inundó el templo. No fue destrucción. Fue liberación. Sellos se rompieron. Corrientes mágicas apresadas durante generaciones fueron liberadas como aves que no sabían que estaban enjauladas.
El Imperio gritó.
Y el mundo… respiró por primera vez en siglos.
Las barreras cayeron. Las murallas perfectas dejaron de existir. Las ciudades quedaron vulnerables… pero vivas. La magia volvió a ser salvaje. Libre. Real.
Elián cayó de rodillas, agotado. Lyria también, jadeando. Sus manos temblaban. Sus cuerpos estaban débiles. Y ambos comprendieron algo:
Habían ganado. Pero nada volvería a ser igual.
La Reina–Sacerdotisa los miró… primero como traidores.
Luego como verdad.
—Lo hicieron —susurró, con lágrimas silenciosas—. Rompieron el corazón del Imperio… y devolvieron el corazón al mundo.
Pero el precio llegó.
Alarmas sonaron en la capital. Generales se movilizaron. Nobles temblaron. El Imperio rugió.
Y una nueva palabra empezó a correrse como un incendio:
Rebelión.
Elián levantó la mirada hacia Lyria.
—A partir de hoy… seremos perseguidos. No solo por ellos. Por todos aquellos que temen al cambio.
Ella lo miró con una sonrisa frágil pero firme.
—Entonces que corran.
Él rió suavemente, agotado… pero vivo.
—¿Te arrepientes?
Ella entrelazó sus dedos con los suyos.
—Morir por obligación nunca fue destino.
Vivir por elección… lo es ahora.
Se quedaron así unos segundos, respirando juntos, sintiendo el latido compartido aún fuerte. No era perfecto. No era seguro. No era fácil.
Pero era real. Era libre. Era amor.
Al salir del templo, el mundo los esperaba. Algunos con miedo. Otros con furia. Otros… con esperanza.
Al fondo, entre la multitud dispersa, vio rostros que empezaban a llorar… no de tragedia… sino de alivio. Porque por primera vez en generaciones…
Nadie moriría para sostener un reino.
Lyria apretó la mano de Elián.
—No somos el final —dijo con suavidad.
Él sonrió.
—Somos el comienzo.
Y mientras caminaban hacia un futuro incierto, perseguidos, peligrosos, condenados y libres… algo nuevo comenzó a latir en el mundo.
No magia impuesta. No sacrificio obligatorio. No destino cruel.
Un latido rebelde. Un latido de amor. Un latido que no pedía sangre…
Solo valentía.
Y ellos… tenían toda...
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Editado: 08.01.2026