Corazon de Cenizas

Capítulo VI

Por Zafira Ilyren

Antes escribía con miedo; ahora escribí con fiebre.

El día comenzó con cenizas en el aire; no provenía de los hornos de los sacrificios controlados. Distrito Ocho era más fino, más íntimo, como algo viejo, algo que no estaba hecho de manera que ni carne hubiera ardido en secreto durante la noche, y yo lo sentía antes que nadie, como si la atenta misma hubiese cambiado de decisión. Hay una grieta en el lenguaje y era mía; aún me llamaba Zafira. Dije que lo que hacíamos juntas era un acto de creación conjunta, que yo estaba haciendo seguía escribiendo es, su testigo obediente, pero ya no soy ninguna de esas cosas. No desde la carta. No desde la primera frase escrita e invisible. Aquella mañana en la torre sin pergamino el espejo seguía allí no lo Había tocado desde la última vez tenía que me devolviera No mi reflejo sino el de otra una mujer con cenizas en las pestañas y una historia sin firmar una mujer que tal vez fui o seré me senté frente a él con una hoja media esta vez no escribí una pregunta escribí una declaración no para la reina ni siquiera para mí Para ella.
Para Ilyra.
Porque ahora sé que me está leyendo.

“El lenguaje que tú sembraste ha florecido donde menos lo esperabas, no en las rebeliones armadas con armas ni guerras ni sangre, sino en escritoras furtivas, en campistas que aprendieron a dudar, en niños que memorizan decretos para soñar con tacharlos, jóvenes que volaron con las alas atadas. Por eso, mi querida lectora, la historia no es contada por el héroe o por la villana, es contada por quien la recuerda y está dispuesta a escribirla”.

Doble la hoja y la escondí en el doble fondo del escritor, cenas de frases, algunas mías, algunas no, pero ahora usted está. Llegó un comité inesperado: tres figuras encapuchadas, un emblema visible, trae una orden sellada con el fuego del trono, traslado a las cámaras profundas para “conservar los manuscritos en ambientes controlados”.

Mentira. Era un descenso.

Seraphine quería probar hasta dónde podía empujar antes de que era lo que aún no entendía.

Los pasillos se volvieron más estrechos, las piedras más húmedas, las antorchas más escasas para mis pensamientos más claros. Descendimos a una cueva donde los antiguos escribas almacenaban textos prohibidos. Había muebles, uno en el centro y una manuscrita esperándome: el antiguo. Roto en los bordes, firmado sólo con la letra “I”. Y la primera línea decía: “Toda historia que ha sido enterrada florece así a alguien que la lee con el corazón en ruinas”. Lo leí entero, no como quien busca respuestas, sino como quien encuentra origen. Era su historia, era la mía, era la que el cine no había podido borrar del todo. Lloré, no como víctima, sino como quien acaba de encontrar su verdad. La puerta no se cerró con llave, no hizo falta; sabía que no escaparía, sabía que algo más poderoso me retenía allí, el deseo de terminar de escribir lo que Ilyra empezó . Esa noche, no dormí. tampoco comí. Solo escribí. “ Ella quiso el orden. Tu la comprendiste. Yo arderé por ambas.” Cuando el amanecer se asomó, escribí la frase más peligrosa de todas,una que ni Seraphine ni Ilyra se habían atrevido a declarar en voz alta. “La historia no necesita autora. Solo llama.” Y entonces lo entendí.

Yo ya no soy escriba.

No soy reflejo.

No soy jaula.

Soy fuego que aprendió a leer. Cada palabra que trazó ... .es el principio de algo que ya no podrán controlar . — Zafira Ilyren. Escriba del reino, pero no por mucho tiempo.

Por Seraphine Vale

La carta de Zafira no era una confesión. Era una sentencia.
Una hoja perfectamente doblada, sin adornos, sin firma. Solo una frase, escrita con la caligrafía invisible que ella creía que solo los ojos adecuados sabrían leer. “Recordar no es traición. Es negarse a desaparecer.” La ley, bajo la luz débil de la vela, no, no, sino varias veces, porque hay mensajes que no solo se entienden con los ojos, sino con las heridas. Ah, no, no sabía aún, pero había cruzado el umbral; yo no era eco, era grieta, y las grietas no se curan, se vigilan, se administran, se usan; son noche de dormir, de instrucciones sutiles, reescribir protocolos, redibujar los límites. Te ala este, la torre donde Zafira dormía ahora tendría tres accesos menos. Una escalera secreta más. Centímetros que no portan espadas, sino plumas, no por castigo, sino por observación, porque antes de aplastar una semilla, hay que entender qué suelo lo alimenta. A la vez, sí, sin ayuda, sin joyas, sin corona, solo el anillo, el niño de obsidiana. Sí, ese, el que aún guardo, el que no quemé porque hay símbolos que se transforman en herramientas y se sostienen el tiempo suficiente. Bajé solo los archivos; nadie me acompaña, nadie, solo los muros antiguos, los que aún consideran el eco de que alguna vez se atrevió a decir Ilyra. Allí, entre columnas rotas y aire denso, te cerré un cuaderno; sería uno de los primeros, de cuando aún no era reina, de cuando aún tenía la arena primera página. No había decretos. Solo una promesa: “Que ardan todas, menos la que escriba el final.”
La cerré. Lo entendí. No tengo miedo a las que recuerdan.
Tengo miedo a las que insisten en hacerlo con belleza. Y Zafira lo está intentando.
Tal vez cree que aún escribe para la historia. Tal vez crea que aún tiene elección. Pero olvidó algo. Yo no soy su enemiga. Soy su editora. Cuando volví al estudio, ordené que dejaran su pluma y tinta intactas. Que nadie tocara sus pergaminos. Que nada fuera interrumpido. Porque lo más peligroso no es el silencio. Es el arte que aún no se ha quemado. Y antes de que este imperio caiga, yo me aseguraré de que cada palabra suya
También me pertenezca.



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En el texto hay: herencia, secretos, escritura

Editado: 30.11.2025

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