Por Seraphine Vale
Hoy escribo con la certeza de que alguien más también lo hace, no mis escribas , no en mis ecos, no en mis decretos. En otro lugar en otra mesa, bajo otra llama, hay una mano anónima que deja rastros en el papel. y lo que escribe .. no es mio. Me entregaron el pergamino al amanecer, no tenía sello, ni firma, ni rastro.Solo palabras toxicidad, copiadas con tinta oscura decía:
“ El imperio de ceniza no es corona, es cadena, la reina no protege, devora. Y cuando ya no quede nada que arder, arderá ella misma”
Lo leí tres veces. No por incredulidad. Por fascinación. No era un rumor improvisado en la boca de un niño. No era un canto deformado que pudiera reescribirse. Era crónica. Era memoria deliberada. Una semilla de historia paralela. Pregunté quién había traído el pergamino. Nadie lo sabía. Pregunté de dónde provenía. Todos callaron. La tinta no tenía origen reconocible. El estilo no pertenecía a ninguna de mis escuelas. El anonimato… era perfecto. Por primera vez en años, me encontré con algo que no podía poseer. Zafira lo leyó conmigo. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos brillaban como los de una niña que escucha un cuento prohibido.
—Mi reina… ¿Qué haremos?
“¿Qué haremos?” Qué ironía. Como si existiera un plural en mi poder.
—Lo leeremos —respondí.
—¿Lo leeremos?
—Sí. Si quieren darme sombra, la mostraré al sol.
Esa misma tarde, en la plaza, hice que mi escriba declamara cada línea de la crónica. No cambié una sola palabra. No taché. No edité. Y cuando terminó, me levanté.
—Esto —dije— es lo que los cobardes escriben en secreto. Esto es lo que temen decir a la luz. Y esto es lo que yo les muestro, porque nada que me desafíe sobrevive a escondidas. La multitud aplaudió. Pero en sus ojos… algo quedó sembrado. Porque una mentira, incluso desmentida, se recuerda. Y lo que se recuerda, crece. Esta noche, mientras escribo, siento que la tinta de esa crónica aún mancha mis dedos. No sé quién la escribió. No sé cuántas copias circulan. No sé si el autor ya está muerto o aún respira entre mis sirvientes. Lo único que sé es esto: alguien me está narrando desde afuera. Y si yo no soy la única autora, entonces ya no soy la única verdad. Es curioso. He ganado guerras sin alzar un ejército. He moldeado canciones y lenguas a mi voluntad. He hecho que los niños aprendan mi nombre antes que el suyo. Pero hoy, por primera vez en décadas, siento algo que no sentía desde niña frente a la chimenea. No tengo miedo. No tengo rabia.
Sombra.
El eco de una voz que no quiso callar. Creí que todo terminaría en esa plaza, con mi voz imponiéndose sobre la ajena. Me equivoqué. Al anochecer, llegaron dos pergaminos más. Uno escondido en la cesta de pan que trajeron a la cocina. Otro cosido dentro de la manga de un guardia. Ambos diferentes. Ambos con la misma tinta oscura. El primero decía: “Un imperio que necesita mostrar las sombras, ya vive dentro de ellas.” El segundo: “¿Qué teme la reina en sus sueños, cuando no hay escribas que vigilen?” Los rompí frente a todos. Pero no importa cuánto se rompa el papel: la idea ya había pasado de mano en mano. Ordené que los registros fueran revisados. Cada escriba es interrogado. Cada pluma contada. Cada tintero marcado. Nada. La tinta no pertenecía a nadie. El trazo no coincidía con ningún escribano de mi corte. Era como si la escritura viniera de una presencia etérea. Y tal vez, en cierto modo, así era.
Zafira me observaba en silencio. No preguntó nada. Pero en su mirada estaba la verdadera pregunta: ¿y si esta vez no puedes apropiarte del eco?Me acerqué a ella, lo suficiente para que nadie más escuchara.
—Escúchame bien, niña. No hay voz que no se pueda doblar. Solo hay voces que aún no saben cómo.
No sé si me creyó. Ni siquiera sé si yo lo hice.
Al cerrar este día, sé que mi nombre sigue intacto en las bocas del pueblo. Pero también sé que en la penumbra alguien escribe con la certeza de que lo que deja en papel durará más que mis hogueras.
No temo a su pluma. Temo a su constancia. Porque yo conquisté imperios con tiempo. Y ahora alguien me devuelve la misma moneda.
Mañana buscaré más pergaminos. Mañana quizás los queme frente a todos. O quizás, como hice con la canción, los convierta en coro.
Pero esta noche… esta noche me descubro repitiendo en mi mente una frase que no debí haber memorizado:
“¿Qué teme la reina en sus sueños, cuando no hay escribas que vigilen?”