Por Seraphine Vale
Hoy he comprendido que el pergamino no es papel. Es un espejo. Y alguien lo está usando para mostrarme un reflejo que nunca quise ver. Esta mañana encontré otro. No en la plaza. No en la cocina. En mi alcoba. Entre las sábanas de mi cama. Lo leí antes de que lo hicieran los guardias. Decía:
“Ella sueña con la chimenea de su infancia, con las cenizas en las manos y la voz de su madre que le grita que se lave. Ella sonríe porque sabe que la ceniza se pega, que nunca desaparece. Y aún hoy, la reina no duerme limpia.”
Me quedé quieta. No respiré. Nadie, salvo yo, debería conocer ese recuerdo. Lo escribí una sola vez, hace años, en la primera página de este diario. Un diario que nunca ha salido de mi lado. Alguien me lee. No solo mis decretos, no solo mis palabras públicas. Me leen a mí. Ordené revisar mi cámara. Cada piedra, cada rendija, cada grieta. Nada. El guardia más cercano juró que nadie entró. Mentira o incompetencia. Ambas cosas se pagan con sangre. Pero no. Esta vez no maté a nadie. Porque la muerte cierra bocas. Y lo que necesito es que alguien hable.
Al mediodía, apareció otro pergamino. Esta vez en los establos, sobre la silla de mi caballo. El mensaje era breve: No temas al fuego. No eres su dueña. Solo su primera hija. No sé si era una amenaza o profecía. Pero sé esto: me están desnudando. Capa por capa. Recuerdo por recuerdo. Y lo más peligroso no es lo que revelan, sino cómo lo escriben. Con convicción. Con la misma firmeza con la que yo construí mi imperio. He sospechado de Zafira. La he mirado dormir, como antes hice con otros que creí enemigos. Pero sus manos tiemblan demasiado cuando sostiene una pluma. Ella no escribe esto. He sospechado de mis escribas. De mis guardias. De mis consejeros. Y sin embargo, la caligrafía nunca coincide. Ni el trazo. Ni el pulso. Es como si no viniera de uno de ellos. Como si viniera de todos. Esta noche, mientras escribo, he tomado una decisión. No voy a destruir más pergaminos. Voy a guardarlos. Cada línea. Cada palabra. Porque sé que ahí está la clave: no solo me atacan, me están narrando. Y si alguien más escribe mi historia, entonces yo aún no soy reina. Solo soy personaje. Eso… no lo permitiré. Mañana no buscaré al autor. Mañana buscaré al narrador. Y cuando lo encuentre, lo obligará a elegir: o escribe para mí… o nunca escribe nada más.