Corazon de Cenizas

Capítulo X

Por Seraphine Vale

Hoy he dado la orden más extraña de mi reinado: no buscar traidores, sino narradores. Los soldados se vieron confundidos cuando la pronuncié. Los generales intentaron disfrazar su incomodidad con reverencias. Pero obedecieron, como siempre lo hacen. No les pedí nombres de espías ni de conspiradores. Les pedí nombres de escribas, copistas, juglares, poetas, cronistas de aldeas, incluso niños que repiten historias en los mercados. Quiero cada pluma, cada lengua, cada memoria que aún se atreva a contar. Porque sé que el enemigo no se oculta en un ejército. Se oculta en una línea. Y esa línea puede nacer de cualquier boca. Hoy he visto desfilar ante mí a los primeros. Una anciana que copiaba salmos en un convento. Un joven que recitaba genealogías en bodas. Un mendigo que recordaba canciones de guerra. Los senté frente a mí, uno por uno. No para interrogarlos, sino para escucharlos. Les pedí que escribieran, que cantaran, que recitaran. Ninguno coincidía con la caligrafía. Ninguno con la tinta. Ninguno con la fuerza.

Pero todos tenían algo en común: miedo.
Y el miedo, lo sé, puede moldearse.

Zafira estaba presente durante cada sesión. Sus ojos no dejaban de recorrer los pergaminos, como si buscara una grieta invisible que los delatara. Al final del día, me preguntó:
—¿Y si no es ninguno de ellos, mi reina?
La miré en silencio.
—Entonces son todos.

Porque no descarto lo impensable: que la crónica no tenga un autor único, sino muchos. Una voz colectiva que escribe como enjambre.

Y eso sería peor que un enemigo oculto. Sería un pueblo con pluma. Esta noche, mientras repaso los rostros de los que ya vi, uno destaca en mi memoria. No porque hablara, sino porque no habló. Un niño. No tendría más de ocho años. Me miró con una calma extraña, impropia de su edad. Le di una pluma. La sostuvo con firmeza, sin miedo. No escribió nada. Solo me sonrió. Esa sonrisa me persigue ahora mientras escribo estas líneas.

¿Podría una voz tan pequeña sostener la carga de desafiarme?
¿O es el reflejo de algo más grande, que se oculta detrás de él?

Mañana continuaré con la cacería. He ordenado que traigan más. Que vacíen bibliotecas, que revisen murallas en busca de pergaminos ocultos, que interroguen a cualquiera que memorice un verso. No descansaré hasta encontrar al narrador.
Porque mientras exista una mano que escriba en secreto, yo no soy absoluta. Y yo no acepto compartir mi historia. La cacería avanza, pero la sombra crece más rápido que mis órdenes. Al caer la tarde, me trajeron un saco lleno de pergaminos encontrados en distintas aldeas. Algunos escondidos bajo tablas del mercado, otros enterrados en establos, otros enredados en los cabellos de muñecas de trapo. Todos escritos con la misma tinta oscura.

Los abrí uno por uno. Ninguno repetía el otro. Eran distintos fragmentos, distintas frases, pero unidos por un mismo pulso.

“El silencio de la reina no es orden. Es hambre disfrazada.”
“La ceniza no da cimientos, solo sofoca.”
“Quien cree gobernar la historia, ya es parte de ella.”

Los arrojé al fuego. Pero las llamas no me dieron satisfacción. Me devolvieron un eco que no supe callar: ¿cuántos más esperan bajo tierra, listos para salir cuando yo quemé el primero? Hoy he comprendido algo nuevo. No enfrentó un enemigo con rostro, sino con memoria. No lucho contra soldados, sino contra relatos que caminan solos. Y lo peor… es que la gente los lee en silencio. Los guardias me dicen que nadie se atreve a repetirlos en voz alta, pero yo sé que los llevan en la boca, como una plegaria que no necesitan pronunciar para creer. Eso es lo que me inquieta.
Yo siempre he gobernado a través del relato.
Si alguien más domina esa herramienta, no me ataca: me imita.

Al anochecer, antes de cerrar este diario, me trajeron otra prueba. Un guardia irrumpió en mis aposentos con el rostro desencajado. Tenía en las manos un pergamino hallado en la escalera que conduce a la torre. No llevaba marcas, salvo una: la caligrafía.

La reconocí al instante.
Era mía.

“Seraphine Vale, ¿qué temes más: ser recordada como reina, o ser olvidada como mujer?”

Lo leí tres veces. Mi propia letra. Mi propio pulso. Una copia exacta de mi mano.

El guardia me preguntó qué significaba. Lo miré sin pestañear.
—Significa que alguien ya no solo escribe mi historia.
Significa que alguien escribe como si fuera yo.

Y eso… es un crimen mayor que la traición. Es un robo de mi propia voz.

Mañana, la caza cambiará de rumbo. No basta con rastrear escribas. Tendré que buscar espejos.

Porque si alguien puede escribir como yo, quizás lo que temo no es que me narren.
Quizás lo que temo… es que me reemplacen.



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En el texto hay: herencia, secretos, escritura

Editado: 30.11.2025

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