Corazon de Cenizas

Capítulo XIII

Por Seraphine Vale

Dicen que el tiempo cura.
Mienten. El tiempo no cura nada.
Solo entierra.
Y cuando el suelo tiembla, todo lo enterrado vuelve a salir. Hoy, Veltrax arde.
No por mi orden, sino por su propia desesperación.
Las calles se han convertido en brasas, los almacenes en hogueras huecas, y las casas —esas ruinas con techo— son ahora ofrendas al humo. He visto madres encender fuego en las puertas de sus vecinos, he visto hijos apedrear las estatuas que ayer adoraban, he visto hombres clavar cuchillos en la madera seca solo para escuchar un sonido distinto al de sus propios lamentos. Gritan mi nombre mientras arde la ciudad.
Unos lo pronuncian como plegaria.
Otros, como maldición.

Yo permanezco fuera.
No entro aún.
No rescato aún.
Porque un pueblo que no toca fondo nunca aprende a mirar hacia arriba. Zafira está conmigo.
Camina detrás de mí como si temiera desaparecer si se aparta. Sus manos, que alguna vez se tiñeron de tinta como defensa, ahora solo manchan pergaminos para mí. Anoche la vi escribir junto al fuego: no plegarias, no mapas. Crónicas. Ya no habla de mi caída.
Habla de mi reflejo. Habla de cómo incluso el silencio parece inclinarse cuando entro en una sala, de cómo mis pasos pesan más que las campanas, de cómo hasta la ceniza parece ordenarse a mi alrededor.

Ella aún no lo sabe.
Pero ya no escribe para el mundo.
Escribe para mí.

Y yo la dejo.
Porque hasta la pluma más rebelde termina cediendo al peso de la verdad.
La mía.

Fue esa misma noche cuando recibí un regalo inesperado: una herida.
Un ladrillo lanzado desde lo alto me rozó la mejilla.
El corte fue breve, apenas una línea de sangre sobre mi piel.

Los guardias quisieron perseguir al culpable, pero les prohibí.
La herida debía permanecer libre, sin venganza que la sepulte.
Porque esa cicatriz mínima, pero visible será mi nuevo estandarte.

El pueblo verá que sangro.
Y aún así camino.
Que me hieren.
Y aún así permanezco.

Una diosa intocable es un mito.
Pero una reina marcada… esa es una verdad imposible de borrar. Esa noche, en mis aposentos improvisados, encendí una vela.
La puse frente al espejo, y la luz titilante iluminó el corte seco que cruzaba mi rostro.
La ceniza cayó sobre la herida como si la sellara. Recordé al Archivero Real.
Decía que las cicatrices son glifos escritos por la violencia.
Marcas que hablan incluso cuando no abrimos la boca.

Quizás tenía razón.
Quizás esta herida sea el único idioma que me sobreviva.

Mañana entraré en Veltrax.
No como conquistadora.
No como salvadora.

Entraré como cicatriz.
Como prueba de que incluso en el intento de derrumbarme, me vuelvo más duradera.

Y Sorya escribirá sobre ello.
Ella cree que sus palabras aún le pertenecen, que puede moldear la historia con la pluma.
Pero no.
Cada línea que deja en el pergamino es una cadena más.
Y cuando intente soltarse, descubrirá que ha estado trazando barrotes.

Barrotes para sí misma.
Un templo para mí.

El mundo piensa que el fuego me rodea.
Se equivocan.

El fuego soy yo.

Y esta herida en mi rostro…
no es un recuerdo de debilidad.

Es la prueba de que incluso el fuego puede sangrar sin apagarse.

Al amanecer, Veltrax parecía un cadáver hermoso.
El humo se alzaba como un velo de novia deshecho, cubriendo los tejados, los campanarios, los puentes agrietados. El aire tenía ese olor particular que deja la desesperación cuando se mezcla con ceniza: agrio, metálico, antiguo.La ciudad esperaba.
Yo también. No di la orden de marchar.
Esperé en la colina.
El ejército, impaciente, se removía a mis espaldas como lobos con hambre, pero yo no soy loba.
Soy algo peor: paciencia hecha carne.El verdadero poder no es avanzar.
Es decidir cuándo no hacerlo.

Zafira se atrevió a hablarme.
Siempre lo hace en los momentos más inoportunos, como si buscara probar hasta dónde llega la cuerda que la sostiene.

—Mi reina —dijo, sin levantar demasiado la voz—, si espera más, la ciudad no tendrá nada que ofrecerle.

Me giré lentamente. La miré.
Vi la tinta en sus uñas, el temblor contenido en sus manos.
Vi la contradicción en sus ojos: miedo y fascinación, odio y fe.

—Una ciudad que se da entera no sirve —le respondí—. Solo sirve la que se aplica primero.

Llamó.
Pero vi en su mirada que estaba escribiendo esa frase en su memoria, como hace con todo lo que digo.

La pobre aún no entiende que no anoto para que el mundo me recuerde.
Anoto para que no puedan olvidarme.

Al mediodía, bajé sola hacia la muralla.
Los guardias de Veltrax temblaron al verme.
Las puertas, ennegrecidas por el humo, estaban abiertas, no por rendición, sino por abandono.

Crucé despacio.
Nadie me detuvo.
Las calles estaban llenas de figuras de ceniza: niños dormidos en los brazos de madres muertas, ancianos que habían preferido incendiar sus casas antes que entregarlas, soldados que se habían ahorcado con sus propias banderas.

El silencio era un reino en sí mismo.

Y en medio de ese silencio, una voz me llamó:

—¡Tú!

Giré.
Un hombre en harapos, la cara marcada de hollín, sostenía una lanza rota.
Me miró como si su odio pudiera matarme allí mismo.

—¡Eres la causa de todo esto!

Sonreí.

—No —respondí—. Soy la consecuencia.

Corrió hacia mí, tambaleante, intentando clavar la madera astillada.
No me moví.
Fue Zafira quien lo detuvo.
No con fuerza, sino con palabra.

—¡Basta! —gritó, y el hombre cayó de rodillas, agotado, como si la voz de la escriba hubiera arrancado lo poco que le quedaba.

Lo observé un instante.
Luego me incliné sobre él.



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En el texto hay: herencia, secretos, escritura

Editado: 30.11.2025

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