Corazon de Cenizas

Capítulo XVI

Por Seraphine Vale

Veletrax quedó atrás, sus huesos cuelgan aún de las puertas, su silencio aún me perteneces , pero ya no necesito quedarme. Un imperio no se sostiene en ciudades conquistadas, sino en ciudades que saben que serán las siguientes. Partí al amanecer , con Kael a mi lado y Zafira detrás, siempre escribiendo, siempre temblando, el ejército marchaba en columna ordenadas y el polvo de su paso formaba una nueva muralla contra el horizante. Pero incluso en la marcha, el silencio comenzó a hablar y yo aprendí hacer mucho a escuchar lo que no se dice .

En la segunda noche, mientras acampamos junto al río de Hallowfen, escuché rumores.
No eran gritos ni cuchicheos.
Eran respiraciones contenidas, pausas demasiado largas, cuchillos afilados más de lo necesario. Los hombres hablan con las manos cuando no se atreven con la boca.
Y sus manos decían lo que no decían sus labios.

Miedo.
Sí.
Pero también… duda.

Zafira fue la primera en confirmarlo.

— Mi reina — susurro mientras me trae los pergaminos recién copiados — . Hay quienes creen que usted.. cambia. La mire.

— ¿Cambiar?

— Dicen que ya no se conforma con gobernar que ahora…. devora.

Rei no porque fuera mentira porque era demasiado cierto. —El mundo no se construye con hambre saciada —le dije—. Sino con hambre constante.

Ella no respondió.
Pero sus dedos temblaron tanto que la tinta corrió sobre el pergamino.
Y yo vi en ese borrón la prueba de lo que ya sospechaba: incluso los que me siguen más de cerca empiezan a preguntarse si la sombra que pisan los dejará vivos.

Esa misma noche, el primer intento. Un soldado. Un joven insuficientemente joven para recordar otra monarquía que no fuera yo. Entró en mi tienda portando un cuchillo escondido bajo la coraza.
Creyó que yo dormía. No lo detuve. Esperé a que su sombra me cubriera.
Esperé a que el filo rozara mi garganta. Entonces hablé.

—¿Qué escribirás de mí cuando falles?

El cuchillo tembló. El muchacho cayó de rodillas, sollozando. No lo ejecuté.
Lo marqué. Un hierro candente en la frente, en forma de ceniza.
Una cicatriz que lo señalará por siempre. —Eres libre de irte —le dije mientras gritaba de dolor—. O de quedarte y recordar que tu vida ahora me pertenece. Eligió quedarse.
Los demás vieron la marca en su piel y entendieron que no se conspira contra alguien que convierte tus fallas en estandartes. A la mañana siguiente, Kael me entregó una flor seca.
No sé de dónde la sacó.
No importa.
La sostuvo como si fuera una corona.

—Para usted —dijo.

La tomé.
Y me di cuenta de algo: El niño ya no me veía como reina. Ni siquiera como diosa. Me veía como lo que realmente soy: el fuego que arranca raíces y deja cicatrices donde antes había tierra. La grieta está hecha. La escucho en el campamento, en los pasos nocturnos, en las plumas que se manchan demasiado rápido. Sé que me observan.
Sé que esperan que caiga. Y sonrío. Porque no hay conspiración más hermosa que la que florece bajo la mirada de quien ya sabe cómo va a terminar.

Yo.

La conspiración no nació de un grito.
Nació en el murmullo de las hogueras.
En las pausas demasiado largas cuando los hombres bebían agua.
En los silencios compartidos por quienes se atrevían a soñar que podían existir sin mí. Yo los dejé. La rebelión es como el vino: necesita tiempo para fermentar.
Y cuando está lista, basta con derramar una sola copa para que todos beban del mismo veneno. En la tercera noche, Sorya volvió a hablar.

—Mi reina —dijo con voz baja, casi invisible—, ellos piensan que usted no es eterna.

—¿Ellos?

—Algunos capitanes. Y un sacerdote que se unió en Veltrax. Creen que su herida en el rostro es un signo. Una grieta en el mármol.

Me toqué la cicatriz que aún ardía.
La sentí como un recordatorio, no como una debilidad.

—Toda estatua necesita una grieta —respondí—. Es lo que la hace real.

Zafira bajó la cabeza, pero sus ojos me delataron.
Ella también lo pensaba.

Esa misma tarde, encontré ofrendas ocultas en el campamento.
No eran para mí. Eran para otros dioses. Pequeñas piedras con símbolos borrados, amuletos enterrados bajo las cenizas de las hogueras. Los recogí uno a uno. No para destruirlos, para guardarlos, porque cuando llegue el momento, se los devolveré.
Y les recordaré que incluso sus dioses me pertenecen. El sacerdote de Veltrax fue el siguiente en mostrar la grieta. Un hombre alto, con barba ceniza y ojos que parecían dos carbones apagados. Se arrodilló al verme, pero su voz no tembló cuando habló:

—Mi reina, usted trae orden, pero no misericordia. El pueblo necesita ambas.

Lo observé en silencio. Después me acerqué y posé mi mano sobre su cabeza, como si lo bendijera. Él sonrió, creyendo que había ganado.

Entonces susurré:

—La misericordia es la excusa de los débiles.

Y lo obligué a beber de la misma agua con la que lavaban los cuerpos quemados.
Vivió.
Pero desde entonces, cada vez que abre la boca, huele a ceniza.
Un recordatorio vivo de que hasta sus palabras me pertenecen.

En la quinta noche, reuní a mis generales.
Kael estaba sentado a mis pies, con el cráneo aún en brazos.
Zafira tomaba nota.

—Hay quienes sueñan —dije—. Sueñan con conspirar, con arrebatarme lo que ya no es suyo.

Los hombres se miraron entre sí.
Nadie habló.
Yo sonreí.

—Dejen que sueñen. Un sueño roto es más útil que un cuerpo muerto.

Y los despedí.
Pero antes de irse, todos miraron al niño.
El cráneo en sus manos,el símbolo de que, incluso en huesos, yo podía sembrar obediencia.No necesito descubrirlos.No necesito sofocar la conspiración en su raíz. Sé que crece, sé que avanza como hiedra en un muro viejo.

Y me agrada.

Porque cuando florezca, cuando finalmente intenten derribarme, lo harán bajo mis ojos.
Lo harán creyendo que aún pueden elegir.



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En el texto hay: herencia, secretos, escritura

Editado: 30.11.2025

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