Corazon de Cenizas

Capitulo XXI

Por Zafira Ilyren

Cuando la reina me habló en la sala de escribas, no me tembló la voz; eso lo ensayé tantas veces en mi mente que eso me salió limpio. Lo que no pude ensayar fue lo que vino después, la forma en que su mirada me atravesó, cómo se arrancaron las palabras de mi garganta antes de que siquiera asistieron. Dijo que sabía dónde estaban las palas; yo no entendí. También sabía dónde enterrarme. Esa noche regresé a mi leche con las manos aún manchadas de tinta; los froté contra la tela, contra mi piel, contra las paredes. No sabía; la tinta ya era mía y quizás también mi condena. No dormí en lugar de eso escriben pedazos de tela en Migajas de carbón en las tablas de la gama no plegarias verdades.

“El silencio no es fe. Es hambre.”

“Las cenizas no son cimientos. Son restos.”

“Toda reina que se nombra destino olvida que los destinos también mueren.”

Quemé cada fragmento después de escribirlo.

No porque temiera que alguien lo encontrara, sino porque necesitaba ver cómo mis palabras podían arder antes que yo.

Al día siguiente, busqué a Kael.

Lo encontré en el patio de entrenamiento, solo, girando una espada de madera como si intentara acostumbrarse al peso de un arma real.

El cráneo descansaba a un lado, vigilándolo.

—Tu reina me vigila —le dije en voz baja.

Él me miró. Por primera vez, no parecía niño. Parecía un condenado.—A mí también.

—¿Y no tienes miedo?

—Claro que tengo —respondió con calma—. Pero el miedo no me impide soñar.Me acerqué un paso más. Lo suficiente para que nadie escuchara salvo él.

—Si algún día decides dejar de soñar… y actuar, no estarás solo. Su respiración se agitó apenas. No respondió.Pero vi cómo sus dedos apretaron con fuerza el mango de la espada de madera, hasta que sus nudillos se volvieron blancos.

Esa misma tarde, uno de los generales que había roto juramento me envió un mensaje cifrado en el margen de un mapa.

Un nombre.

Un lugar.

Un día.

Las brasas están creciendo.

La reina lo sabe.

Pero aún no entiende que incluso la ceniza, cuando se acumula demasiado, puede sofocar el fuego que la creó.

Yo lo escribiré.

Yo lo dejaré escondido.

Para que cuando el futuro lea estas líneas, sepa que alguien, alguna vez, tuvo el valor de dudar en voz alta.

Y que esa voz fue mía

Cuando la reina me habló en la sala de escribas, no me tembló la voz. Eso lo ensayé tantas veces en mi mente que el gesto me salió limpio. Pero lo que no pude ensayar fue lo que vino después: la forma en que su mirada me atravesó, como si arrancara las palabras de mi garganta antes de que siquiera existieran.Dijo que sabía dónde estaban las palas. Yo lo entendí: también sabía dónde enterrarme.Esa noche, regresé a mi lecho con las manos aún manchadas de tinta. Las froté contra la tela, contra mi piel, contra las paredes. No salió.

La tinta ya era mía.

Y quizás también mi condena.

No dormí.

En lugar de eso, escribí en pedazos de tela, en migajas de carbón, en las tablas de la cama.

No hay himnos.

No plegarias.

Verdades.

“El silencio no es fe.

Es hambre.”

“Las cenizas no son cimientos.

Son restos.”

“Toda reina que se nombra destino olvida que los destinos también mueren.”

Quemé cada fragmento después de escribirlo. No porque temiera que alguien lo encontrara, sino porque necesitaba ver cómo mis palabras podían arder antes que yo.El humo se pegó a mi garganta. Tosí, y por un instante creí escuchar mi voz romperse… pero no. Seguía intacta.

Y más peligrosa.

Al día siguiente, busqué a Kael.

Lo encontré en el patio de entrenamiento, solo, girando una espada de madera como si intentara acostumbrarse al peso de un arma real.

El cráneo descansaba a un lado, vigilándome como un guardián mudo.

—Tu reina me vigila —le dije en voz baja, deteniéndose a unos pasos.

Él me miró.

Por primera vez, no parecía un niño.

Parecía un condenado que ya había aceptado la soga.

—A mí también.

—¿Y no tienes miedo?

—Claro que tengo —respondió con calma—. Pero el miedo no me impide soñar.

Me acerqué un paso más.

Lo suficiente para que nadie escuchara salvo él.

—Si algún día decides dejar de soñar… y actuar, no estarás solo.

Su respiración se agitó apenas.

No respondió.

Pero vi cómo sus dedos apretaron con fuerza el mango de la espada de madera, hasta que sus nudillos se volvieron blancos.En su silencio encontré lo que necesitaba: una promesa no dicha.Esa misma tarde, uno de los generales que había roto juramento me envió un mensaje cifrado en el margen de un mapa. A simple vista, era una ruta de suministros. Pero entre las curvas del río y las montañas mal dibujadas, había un mensaje escondido:

“Tres lunas.

Viejo templo.

No confíes en nadie.”

Lo copié de memoria y quemé el mapa. El fuego devoró la mentira y dejó la verdad grabada en mí.Ahora vivo con la certeza de que camino sobre hielo delgado.Cada palabra que escribo para ella puede ser la última antes de que me descubra. Cada mirada de Kael puede ser la chispa que lo transforme en rebelde o en mártir.Cada general que se reúne en secreto puede estar firmando su muerte antes que su pacto.Y aun así, sigo. Porque si la reina cree que soy su eco, debo recordarme cada día que los ecos también deforman el sonido.Yo deformaré el suyo.Yo lo romperé.Y cuando su voz se quiebre, el mundo recordará que alguien, alguna vez, se atrevió a escribir contra la ceniza. Ese alguien fui yo.



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En el texto hay: herencia, secretos, escritura

Editado: 30.11.2025

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