Por Zafira Ilyren
No nací para ser heroína. Ni mártir. Ni autora. Nací para sobrevivir. Y a veces, eso también se convierte en historia. De pequeña, solía escribir en los márgenes de los libros prohibidos. No para corregir. No para mejorar. Sino para dejar constancia de que alguien los había leído. Ahora hago lo mismo con los decretos de Seraphine. No los destruyo. Los rodeo. Los traduzco. Porque el lenguaje del poder no se elimina. Se fractura. Después de verla en la cámara del espejo, supe que algo en ella se había movido. No caído. No roto. Desplazado. Seraphine Vale, la reina de las frases perfectas, había comenzado una oración sin final. Y en su silencio… escuché espacio. Espacio para mí. Para nosotras. Aquella noche volví al ala este. Nadie me vio. O si me vieron… se quedaron callados. Las sombras ya no la obedecen. Me siguen a mí. Entré en la biblioteca subterránea, la que crearon los enemigos de la primera reina. Aún quedaban símbolos antiguos tallados en piedra: lenguas extintas, nombres nunca pronunciados en voz alta. Y allí, al fondo, encontré el cuaderno. El primer borrador del Edicto Fundacional. No firmado. Solo sellado con sangre. Y lo entendí todo. Seraphine no creó este imperio desde cero. Solo lo reescribió. Borró a las autoras originales. Mató sus nombres. Redibujó sus rostros. Pero la sangre nunca se borra del todo. A veces solo cambia de tinta. Al volver a mi habitación, encontré una carta bajo la puerta. Sin firma, pero con tres palabras: “Ella no recuerda.” Sabía a quién se refería. La niña de la torre oeste. La única testigo que Seraphine no eliminó… porque creía que no podía leer. Pero yo sé leer los silencios. Y ella también. Mañana al amanecer, la buscaré. Y juntas escribiremos algo nuevo. Algo que no quepa en el Palacio Carmesí. Ni en las manos de una reina. Afuera, la ciudad sigue creyendo que todo está en orden. Que la reina piensa, que el consejo gobierna, que la historia fluye. Pero las sombras ya no la siguen. Se están yendo conmigo. Porque hay algo que Seraphine olvidó: Las que aún no tienen nombre… son las que aún pueden elegirlo. Y cuando lo hagan, su historia no pedirá permiso. No hubo amanecer. Solo una claridad triste, como si el cielo estuviera también... dirigiéndose. La encontré en el jardín de los ciruelos, donde el suelo aún conserva la forma de antiguas raíces. Estaba descalza. Siempre lo está. La niña —aunque ya no tan niña— me miró sin sorpresa. ¿Sabes quién soy? —le pregunté. Ella asintió. No habló. No necesitaba hacerlo. Sacó de su bolsillo un papel doblado en cuatro. Me lo ofreció como si supiera que ya era hora. Lo abrí. No tenía palabras. Solo un dibujo: una figura encapuchada sosteniendo un cuaderno. Y detrás de ella, cientos de sombras... todas con las bocas cosidas. ¿Eso fue lo que viste? —susurré. Negó con la cabeza. Se llevó un dedo a los labios. Y luego lo bajó hacia el suelo. No lo había visto. Pero allí, entre la tierra húmeda, sobresalía una pequeña piedra blanca. La levantó. Debajo, había una frase escrita con carbón: “Ella nos escribió mudas. Pero aún tenemos garganta.” Cerré los ojos. No por miedo. Por gratitud. Había comenzado. El eco. La grieta. Y esta niña —esta testigo no letrada, esta silenciosa guardiana de la verdad— estaba recordando más de lo que Seraphine imaginó. La llevé conmigo. Hay una sala oculta bajo la vieja capilla, donde las paredes aún conservan fragmentos de himnos borrados por decreto. Allí, encendí velas. Coloqué pergaminos vírgenes. Y esperé. Ella no escribió. No leyó. Solo caminó en círculos, tocando las paredes como si buscara algo que aún no estaba listo para aparecer. ¿Quieres que escribamos algo nuevo? —pregunté. La niña me miró. Y, por primera vez desde que la conocí, abrió la boca. Solo dijo una palabra. —Reescribamos. En ese instante, supe que todo cambiaría. No porque tengamos ejército. Ni fuego. Ni títulos. Sino porque tenemos un recuerdo. Y el recuerdo es una amenaza aún más poderosa que la tinta. Esa noche escribí la primera línea del nuevo libro. No lo firmé. No le puse fecha. Solo esto: “Para las que no fueron escuchadas. Para las que aún no tienen nombre. Para las que están listas para contarlo todo.” Y en el margen, como hacía de niña, dejé una pequeña marca: una letra rota, una grieta. Una promesa.