Corazon de Cenizas

Capítulo XXV

Por Seraphine Vale

Algo ha cambiado. No en la corte. Ni en los pasillos. En el papel. Y eso me aterra más que cualquier rebelión. Esta mañana, encontré un pergamino abierto en mi escritorio. No lo firmé. No lo dicté. Pero llevaba mi voz. No como yo la uso. Sino como alguien cree que la uso. “Hoy, la reina ha decidido guardar silencio, en respeto a las voces que fueron silenciadas antes que ella.” Esa frase jamás saldría de mí. No porque no pueda fingir humildad. Sino porque no la ofrezco sin estrategia. Y sin embargo… la tinta era fresca. Y la caligrafía, exacta. No era una falsificación. Era una imitación perfecta. Me reuní con el consejo esa misma tarde. Les pregunté, uno por uno, si sabían quién había difundido ese escrito. Todos lo negaron. Algunos con miedo. Otros con una extraña calma que no me gustó. Pero el último en hablar fue el Canciller de Vozbaja, ese anciano que no pestañea ni cuando le dictan una sentencia de muerte. “Tal vez, Majestad —dijo con una voz tan suave que me dolió—, no es que alguien la esté imitando… sino que usted ha empezado a olvidar lo que escribió primero.” Lo ejecuté al anochecer. Sin juicio. Sin ceremonia. No por traición. Sino porque dijo una verdad que no necesitaba ser dicha. No aún. Esa noche, en la Sala Carmesí, noté que los retratos antiguos me observaban distinto. Como si dudaran de si seguir llamándome “continuación”. Como si empezaran a considerarme… revisión. Y en el suelo de mármol, alguien —alguna sombra con manos sucias de poesía— había escrito, en tiza gris: “A la reina la están leyendo. Pronto, la empezarán a corregir.” No grité. No ordené purgas. Porque gritar sería aceptar el miedo. Y yo no me permito miedo. Solo estrategia. Así que me encerré en mi cámara más profunda. Donde están las páginas que nunca publiqué. Donde guardo mis manuscritos inacabados. Los futuros que edité. Los amores que taché. Las versiones de mí que decidí borrar. Y los leí. Todos. Uno a uno. Buscando el error. Buscando el punto exacto donde dejé de ser autora… y comencé a ser personaje. Y lo encontré. No fue una frase. Ni un gesto. Fue cuando permití que Zafira escribiera. Y no la maté. Ahora lo entiendo. Ella no me teme. Ella me escribe. Y lo peor de todo… es que lo hace bien. La tinta ya no me obedece. No es metáfora. No es exageración. Es una verdad espantosa. Esta noche intenté escribir un nuevo decreto. Uno simple, directo, brutal. “Cualquier voz no autorizada será silenciada de forma definitiva.” Y cuando terminé, el pergamino… cambió. No por hechizo. No por traición. Por voluntad propia. Las palabras se reordenaron. La tinta se volvió roja. Y el mensaje, al final, decía: “Cualquier voz ignorada será escuchada, incluso si debe gritar desde el margen.” Quemé el pergamino. Luego el escritorio. Luego al escriba que lo trajo. Pero la frase seguía ahí. Reverberando en mi oído. No como eco… Sino como una advertencia. Como si la historia empezara a defenderse de mí. Llamé a mis sombras. Las verdaderas. Las que me deben su vida, su lengua, su forma. Ordené que buscaran cada hoja, cada símbolo, cada palabra escrita en los pasillos, en las paredes, en los cuerpos. Les dije: “Quiero silencio. Quiero vacío. Quiero que se olviden de cómo deletrear mi nombre.” Ellos obedecieron. Pero al irse… uno de ellos —mi favorito, el de las cicatrices cruzadas— susurró algo sin mirarme: “¿Y si el silencio ya no sirve?” Esa noche soñé con papel. No con fuego. No con sangre. Con papel. Montañas de hojas escritas con mi voz, pero corregidas con otra mano. Había tachones. Había márgenes llenos de símbolos que no reconozco. Y en lo más alto de la montaña… estaba yo. Encadenada. Con los labios cosidos. Y en mi pecho, escrita con cuchillo, una frase: “La que quiso ser autora de todas… fue el personaje que menos entendió la historia.” Desperté empapada en sudor. Con el corazón latiendo fuera del guion. Y supe lo que debía hacer. No borrar. No silenciar. Volver a escribir. Desde cero. Desde la raíz. Un nuevo manifiesto. Un nuevo control. Un nuevo acto. Uno tan poderoso, tan definitivo, tan absoluto… que nadie se atrevería jamás a corregirme otra vez. Pero esta vez… no lo firmaré como Seraphine Vale. Lo firmaré como la sombra sin nombre que dio origen a todas las demás. Porque si me están borrando… entonces seré ilegible. Y lo ilegible no puede ser censurado. Solo temido.



#1948 en Otros
#337 en Novela histórica
#640 en Thriller
#284 en Misterio

En el texto hay: herencia, secretos, escritura

Editado: 30.11.2025

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.