Corazón de cristal , tu o yo

El monstruo de cristal

Hay muchas personas que dicen que el diablo no existe, que es una mentira; pero yo comprobé que tiene muchas caras y se presenta de diversas formas. Es increíble cómo un hombre que te ha hecho tanto daño decide volver como si nada, con su cara de perdón, como dice la canción.
​Es verdaderamente asombroso cómo lo ve todo como un tablero de ajedrez, en el cual puede mover unas piezas para acá, otras para allá, chasquear los dedos y continuar. Es asombroso cómo piensa que puede hacer lo que quiere con tan solo mover sus fichas, intentando llegar a la reina, que es su objetivo.
​Al verlo ahí, yo no esperaba encontrarlo. Mi cara de asombro no la pueden imaginar, me quedaría corta si se las explico porque fue una situación increíble. Nos trajo la comida porque, obviamente, a nosotros nos estaban sirviendo en una mesa en la parte frontal. En los anexos no puedes esperar mucho lujo, pero hay mucha humildad para tratarlos, de cierta manera, para que los adictos recapaciten valorando tanto la comida como la sencillez.
​Cuando estábamos ahí comiendo, él nos trajo los platos y me guiñó el ojo delante de mi madre, mi padre, mi hermano, mi hermana y hasta de mi cuñada. Yo no lo podía creer. Fue una mezcla de asombro, enojo, ira y frustración; todo vino a mi mente al mismo tiempo. Es una ironía, porque mi madre siempre estuvo en desacuerdo con él; siempre le llevé la contra y al final tuvo razón. Ahora yo estaba de acuerdo con ella. Mi padre sentía que él ocultaba algo, como si estuviera consciente de una verdad que yo ignoraba.
​No sé cómo le hizo, pero encontró una hoja y una pluma, cosas que ahí están prohibidas por obvias razones, ya que las pueden usar para escaparse o hasta para clavárselas a alguien. Pero él las consiguió y me escribió una nota que decía: "Nos vemos afuera de los baños en 15 minutos, ve. Yo sé que me amas, soy el amor de tu vida y eres mi alma gemela".
​Ay, esas palabras que antes tanto admiraba en él porque decía: "veo su lado sensible". Era la frase que me doblegaba, la que hacía que se me cayera la baba y me rindiera por completo. Era una situación que me tenía, como decía su mamá, bien manipulada. Utilizó esa misma frase del perdón cuando me engañó la primera y la segunda vez. Cada que me la decía, se me venían a la mente todas las veces que me puso el cuerno, mostrándome las fotos de ellas, hasta en ropa interior y desnudas, para al final decirme que nadie era como yo, que yo era especial. Me atrevo a decir que fui especialmente estúpida para creerle toda su bola de mentiras, especialmente ilusa para creer que iba a cambiar cuando solo se estaba burlando.
​Y ahora pretendía que se me olvidara todo, que diera vuelta a la página. Estuvo drogándose en la calle y ahora pretendía que se borrara el pasado. Verdaderamente no. Pero yo tenía ganas de darle la cara.
​Mi padre vio la situación. Mi mamá me miró y dijo:
—Eres un adulto, yo no te voy a decir qué hacer, pero no estoy de acuerdo.
—No te preocupes, yo tampoco estoy de acuerdo —le contesté—. Sé por dónde va él.
​A lo cual mi papá interrumpió molesto:
—Yo esta vez la apoyo. Estoy totalmente de acuerdo con ella. No apruebo esto, Sergio. Nada más la va a usar y en la casa ya no va a entrar. Se le dieron muchas oportunidades a las cuales ya no va a tener acceso. Ve, habla con él. Yo hablo con tu mamá.
​No sé de qué hablaron ellos hasta este momento, no lo sé. Me levanté y le di la cara. Su siguiente frase verdaderamente me mata.
​—Hola, ¿cómo estás? —dijo. Ay, era su frase preferida, la del millón con la que también borraba todo.
​—¿Qué quieres? ¿Si te das cuenta de que la mujer que tú conocías ya no está? —le reclamé—. En muchos aspectos cambié: estoy gorda, tengo panza y no tengo intención de bajar de peso, no me da la gana. Todo lo que tú asqueabas, eso soy yo ahora. ¿Conoces a Frankenstein?
​—Por favor, contéstame —le insistí al ver que él bajaba la cara y sonreía con esa sonrisa que tanto me derretía, pero que ahora odiaba—. No me pongas esa sonrisa coqueta porque no me vas a convencer, ni te hagas el tonto conmigo. ¿Lo conoces?
​—Sí, obviamente. No conozco la novela, pero conozco lo principal y la historia que pasa en la televisión —respondió Adrián.
​—Pues yo soy Frankenstein.
—¿De qué estás hablando?
—Sí, yo soy tu creación. Yo soy lo que tú creaste, esto soy yo. Mírame, soy tu creación, pero soy un monstruo que ya no es capaz de sentir ni de amar. No siento nada, no tengo ganas de amar ni de tener relaciones, no siento nada. Soy de cristal.
​Una lágrima rodó por sus mejillas.
—Sécate esa lágrima de cocodrilo porque no te creo nada —le espeté—. ¡No te creo nada! ¿Te acuerdas después de que te corrí? Sí, porque yo te corrí. Me pediste dinero para mandárselo a toda tu bola de gente podrida con la que te metías, ¡y yo necesitando para pañales mientras tú me pedías dinero! Días después nos abandonaste a tu hija y a mí, ¿te acuerdas de esa noche?
​—No hables así, ya sé que te hice mucho daño —dijo Adrián suspirando, con una cara de aparente tristeza—. Quiero decirte que llevo cinco años limpio.
​—No te creo. Te vas a caer. ¿En qué mes estamos? —le pregunté.
—Estamos a finales de septiembre, principios de agosto, por ahí...
—Vas a volver a caer otra vez y nos vamos a volver a encontrar. Pero yo aquí ya no voy a volver a venir. Te juro que, si sabía que estabas aquí, no vengo.
​A lo cual, él me cargó y me levantó en vilo.
—Tú y yo tenemos que hablar, y como yo no voy a bajar el dedo del renglón, nos vamos a ir a otro lado. De aquí nos vamos.
​—¡Estás, pero si bien pendejo si crees que me voy a ir a otro lado! —le decía yo gritando—. ¡Bájame inmediatamente de aquí si no quieres que llame a la policía!
​—Llámale a la policía —sonreía Adrián—. Llama a quien quieras, porque yo sé que detrás de todo ese enojo estás feliz de que te tenga cargada entre mis brazos.
​—¡Por favor! Ni que tuvieras tanta suerte. Eres una escoria, yo no tengo ganas de estar contigo. A mí no me gusta tragar mierda ni estar entre la mierda.
​—No te voy a bajar —insistió Adrián—. Y no te molestes, tu padre conoce bien mis planes contigo. Tu madre no va a salir, nadie va a salir. Tú te vienes conmigo.
​—¿Te das cuenta de que pueden quitarme a mis hijas por tu imprudencia y tu estupidez?
—No te van a quitar a nuestras hijas. Ahora sí son nuestras, ¿verdad?
​Y me subió a un auto; un auto color blanco, de cuatro puertas.
—Vámonos. ¿Ahora manejas tú? ¿No tiene miedo tu mami de que te escapes?




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