Disfrazar, pero ¿qué pasa cuando se mezclan el odio y el amor a la vez por esa persona que decimos aborrecer? Tenemos tantas ganas de hacerle daño y, al mismo tiempo, de caer entre sus brazos. Es como si lleváramos un cuchillo a la espalda, dispuestos a matar por todo el daño que nos ocasionó, pero quisiéramos rendirnos ante su tacto. Son sensaciones complejas, difíciles, pero a la vez tan ciertas.El amor no es el cuento de hadas que algunos dicen; es un sube y baja. Es rencor, ira, coraje, frustración y desesperación por tener a alguien 24/7 en la cabeza. Debes odiarle, debes detestarle, debes desearle lo peor y, sin embargo, el corazón te dice que te calles, que dejes de decir estupideces, que lo amas y que aceptes el sentimiento. Es absurdo intentar envenenar el corazón con un odio que no existe, uno que es efímero, un fantasma, ceniza que se desliza entre los dedos como agua.Tan duro, tan complejo. Hace un momento quería que me subiera al carro, que camináramos, que estuviéramos juntos. —¿De cuándo acá tu mami te deja manejar? ¿No tienes miedo de que te escapes? —le pregunté.Él sonrió y respondió: —Mejor guarda silencio, porque te espera una sorpresa muy grata.Su sonrisa me doblaba, me obligaba a ponerme de rodillas. Era una maldición y una bendición a la vez. Frustrante, desesperante, pero satisfactorio volver a tenerlo enfrente. Tenía ganas de abofetearle, pero también de devorar esos labios carnosos. Evitaba perderme en pensamientos tan estúpidos, recordando la clase de hombre que es, para hacerme fuerte.—Mira, ¿te acuerdas? —me dijo Adrián—. ¿Te acuerdas de que querías venir a este lugar? ¿Qué me dijiste que querías traerme a un hotel y hacerme todo lo que no te atrevías, todo lo que las cuatro paredes de tu habitación te impedían?Bajé la cabeza y reí. Es curioso que lo diga, porque ahora solo se me ocurren mil maneras de lastimarlo, mil maneras de verlo morir. Me mira a los ojos, se acerca. Me encantaba cómo me decía las cosas al oído; es una de las tácticas de los adictos, manipuladores hasta las entrañas, exquisitos con la labia.—Repítetelo cuántas veces sea necesario hasta que te lo creas —me susurró—. Vas a entrar conmigo a esa habitación, vamos a pagar y vas a subir.—Yo no voy a ir a ningún lado contigo.—¿Vas por las buenas o vamos por las malas?—Perfecto, para que llamen a la policía y te lleven al fin al lugar donde debes estar: entre rejas.—Ya cálmate, no vas a hacer nada —insistía él.Me tomó de la mano, pagó y subimos.—Ya ves, ¿cómo no hiciste nada? ¿Qué quieres? —le dije—. ¿Quieres probarme? Ya sé lo que buscas, soy tu boleto de salida una vez más. Un pase libre que quieres tomar para usar, desechar y volver a tomar cuantas veces quieras. ¿Piensas que soy un tren al que te puedes subir sin boleto? ¿Una chancla rota que puedes pisotear, tirar y levantar cuando te dé la gana? No, ya sé, tengo una mejor: ¿piensas que soy un calcetín roto que puedes coser, romper, volver a parchar y volver a romper tantas veces como quieras?Él respondió tranquilo: —Si es así, yo no te voy a detener. Estás aquí, sal por esa puerta.De repente, estaba recargada en la puerta, tocando la perilla, cuando los mismos deseos que él tuvo cruzaron mi mente. Quería venganza. Quería devolverle lo mismo de la misma manera: ilusionándolo, enamorándolo. Ahora yo iba a ser el verdugo y él la víctima. Esta vez no me iba a detener. Tengo un corazón de cristal para él, y esta historia continuará.