Corazón De Fuego

AXEL

"La verdadera belleza yace en lo que ignoramos y en aquello que vemos sin comprender sus detalles."

Me llevo hasta donde trabajaban otros humanos. Usaban un traje especial y yo también tuve que colocarme uno. Pasé horas recibiendo indicaciones: regar, nutrir, medir temperaturas. El lugar era frío y sabía que tardaría en acostumbrarme, pero estaba maravillada. Había visto árboles verdaderos. Había tocado hojas, sentido aromas. Sentí la vida. Como dueños del mundo los humanos nunca vimos el valor real que esto tenia, lo perdimos y ahora yo era una de las pocas personas que podía contemplar de cerca lo que fue de nosotros, las naranjas eran grandes y se veían muy jugosas. Mi abuela decía que la naranja no le gustaba y que cuando todo cambio añoraba si quiera probar un poco de zumo, como cambiaron las cosas, bastaron unos años para que aquello que caracterizaba una ciudad, una humanidad se transformará tanto al punto de no quedar nada. La naturaleza era hermosa. Y la habíamos perdido.

Mis compañeros parecían habituados, casi indiferentes. Yo no podía ocultar mi emoción. No conocía a nadie de mis nuevos compañeros de nivel. Esperaba hacer amigos puesto que a lo largo de mi existencia mi única amiga era mi abuela, pero no era lo mismo. Entonces, la puerta se abrió. Entró otro adolescente, acompañado de su Bokly. No distinguía muy bien quién era... hasta que se acercó más. Era él. El chico inconforme, el que gritó durante la ceremonia. Y pensé, sin poder evitarlo: «Ojalá sepa comportarse». Con ese carácter de mierda, podían castigarlo, quizá hasta se lo merecía, aunque... algo en su mirada dijo que él tampoco iba a dejarse vencer tan fácilmente.

-Estos son tus compañeros, saluda, humano -dijo el Bokly que acompañaba al chico, con ese tono plano y artificial que parecía burla, aunque no lo fuera.

El chico dio un paso al frente. Su postura era relajada, casi insolente, como si cada movimiento suyo cargara una paciencia agotada. Tenía esa actitud de alguien que parece harto del mundo, pero aun así está dispuesto a enfrentarlo.

-Soy Keiren, no "humano" -corrigió con voz firme, moviendo la mano como si apartara un pensamiento molesto.

El gesto tenía la arrogancia natural de quien está acostumbrado a imponerse. Lo observé con atención y descubrí en él una presencia imponente: un cuerpo fuerte y entrenado, una postura firme que transmitía poder incluso en calma. Su rostro parecía esculpido con perfección, serio y dominante, pero fueron sus ojos lo que más me impactó: no eran negros, sino de un azul intenso y penetrante, tan frío y profundo que resultaba imposible ignorarlo. Su mirada no pertenecía a alguien común. Su piel clara resaltaba aún más la intensidad de sus rasgos. Había algo en él... una energía contenida, una fuerza que vibraba bajo la superficie, como una chispa a punto de encenderse. No había luz en su expresión, pero sí una tormenta silenciosa esperando un motivo para desatarse.

-Ok, Keiren. Humano malhumorado -rectificó su Bokly, intentando lo que parecía ser un chiste... aunque la voz mecánica lo volvía incómodamente literal.
-Hola a todos -pronunció el chico, abriendo apenas los labios- simples mortales sin cerebro.

La palabra mortal quedó dando vueltas en el aire como un insulto envenenado. Algunos compañeros se miraron entre sí. Otros se encogieron de hombros, acostumbrados a ese tipo de desprecio. Yo, sin embargo... sentí algo distinto. No enojo, fue curiosidad. Porque nadie hablaba así. Nadie se atrevía y si Keiren no temía a los Bokly, o al gran jefe, o al sistema... quizá nunca había tenido miedo de nada. O quizá había perdido algo tan irreparable, que el miedo ya no le servía.
Saliendo de mi jornada laboral -o como los Bokly prefieren llamarlo: "Cese de actividad"- me marché a casa. Tomé el camino largo a propósito. No es que viviera lejos; en realidad, con la construcción en forma de panal circular, todo parecía estar a unos cuantos pasos, aunque caminarlo siempre revelaba lo contrario.

Desde abajo, la ciudad parecía infinita, una torre de anillos superpuestos que giraban sobre sí mismos, conectados por túneles transparentes y ascensores que jamás se detenían. Había dejado de crecer hacia los lados hacía mucho tiempo. Ahora todo ascendía, capa tras capa, como si intentáramos alcanzar algo que ya no existía. Desde lo alto, las plataformas inferiores se veían difusas, cubiertas por una neblina constante de luces y humo. Cada nivel tenía su propia rutina, su propio ciclo de días idénticos, programados para repetirse. Los pasillos curvos parecían no tener fin. A donde miraras, se extendían hileras de puertas idénticas y muros de un gris pulido que reflejaban la luz artificial. Todo en nuestro distrito estaba diseñado para crear la ilusión de eficiencia y unidad, pero si uno se detenía a observar, solo encontraba pasillos interminables que llevaban al mismo sitio: la monotonía. En cada plataforma se deslizaban los vehículos personales, pequeños y triangulares, del mismo gris mate que usaba toda la ciudad. En casa solo teníamos uno para todos; cualquiera podía usarlo según la necesidad, pero a mí no me gustaba.
Caminé. Prefería sentir el suelo bajo mis zapatos. Las calles estaban vivas de actividad: niños corriendo en los parques, padres sentados observando, intentando disimular el cansancio que les bordaba la piel. El sonido de las risas infantiles trataba de cubrir la realidad: sus estómagos vacíos, la comida racionada, el sabor metálico de la escasez que ya casi nadie se atrevía a mencionar. Algunos se habían acostumbrado; los que alcanzaron a conocer los banquetes del pasado, no. Me quedé mirando desde lejos. Las risas siempre tenían la facultad de suavizarme el pecho. Por un instante, olvidé que no tenía razón para llegar pronto a casa. Entonces lo vi. Keiren. Él chico malhumorado. El que siempre parecía al borde de decir algo mordaz o simplemente ignorarlo todo. Lo observé sin intención de hacerlo. Sus rasgos se veían más definidos bajo la luz tamizada del atardecer; era... guapo. Me recordó a la revista que mi abuela me mostró cuando cumplí dieciséis.




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