"Todo corazón valiente guarda un poder que lo transforma en un superhéroe”
Desperté empapada en sudor tras la misma pesadilla de siempre, en la que veía la ciudad destruida dentro de una burbuja sin poder hacer nada. La sensación de impotencia era tan real que me dejó paralizada, dudando de cuál de mis dos realidades era la verdadera. Luego me duché en el tiempo estrictamente permitido, bajo un sistema que controlaba cada segundo de agua y evidenciaba cómo incluso los actos más íntimos de la vida estaban completamente regulados.
Me preparé rápido para ir al Nivel y despedirme de Axel, a quien alimenté y vestí con la ropa que le había cosido, enternecida por su fragilidad. Salí de la casa en silencio, pensando en los pequeños rastros del pasado que aún sobrevivían. Mientras caminaba entre calles llenas de vehículos silenciosos y niños rumbo a escuelas donde el pasado estaba prohibido, me distraje y choqué con alguien, cayendo al suelo justo antes de descubrir su presencia al ponerme de pie.
—Aquí tienes. Sé más cuidadosa, no seas torpe —dijo con esa arrogancia tan característica. Keiren. Justo lo que me faltaba.
—Gracias —respondí, seria, conteniendo el temblor de mi voz.
—Todos son iguales. Estúpidos —murmuró mientras se daba la vuelta.
No. Esta vez no. No iba a dejarlo así. Lo agarré del brazo. —Mira, Keiren. Antes de criticar a todos los que te rodean, mírate tú. También cometiste un error; tú también pudiste evitar el choque.
Él se quedó en silencio un instante, sorprendido. Yo seguí caminando, con la cara ardiendo de enojo.
—¿Quién te crees? —preguntó, siguiéndome casi a tropezones.
—Soy una persona. Como tú. Con sentimientos, defectos, virtudes… y problemas, quizá peores que los tuyos —dije sin detenerme.
Él frunció el ceño. Pude ver la próxima palabra salir antes de que la dijera. —Pobrecita. Eso no significa que tengas que ir obstruyendo el paso. Niña tonta.
Ahora sí que me quemaba la sangre. —¡Basta! ¡Ogro horrible, desconsiderado! ¡Nefasto!
El silencio cayó sobre la calle. Algunas personas se detuvieron a mirarnos. Sentí la vergüenza atragantarme. Me di la vuelta y me fui, dejándolo ahí parado. No quería seguir discutiendo. No quería admitir que, por un segundo, había pensado que tenía… una cara linda. Sacudí ese pensamiento como si fuera polvo. Saqué mi Dup y escribí a mi mentor; necesitaba despejar lo que me quedaba de calma. Entré al edificio sintiendo que mi cuerpo era pequeño y el mundo enorme. Solo deseaba que el enojo se evaporara de mi pecho.
El enojo se desvaneció casi de inmediato cuando entré al vivero. Bastó respirar esos olores a fruta fresca y humedad para que mi cuerpo se relajara. Sentí, otra vez, que todo tenía sentido allí dentro. Caminé hacia el grupo de personas que hacía fila para colocarse el uniforme especial. Me formé detrás de una chica de tez morena que parecía nerviosa; jugaba con sus dedos, como si temiera hacer algo mal.
Cuando salí de la habitación, pasé a desinfectar mis manos, como siempre, y me dispuse a retomar mis actividades. Justo al frente estaba Keiren, mirándome con el mismo enojo con el que yo lo había visto antes. Aparté la vista antes de que siquiera pudiera decir algo. Y justo entonces, VR15 entró al salón. Caminé hacia él como si mis pies supieran hacerlo solos. El Bokly me llamó hacia un rincón, mientras el resto continuaba regando, limpiando hojas con cuidado casi sagrado, recogiendo semillas y revisando nutrientes.
—¿Cómo has decidido llamarlo? —preguntó con un tono serio, casi rígido. Supuse que lo hacía para que nadie notara su emoción.
—Axel —respondí con orgullo.
—Es un buen nombre —dijo sin mirarme directamente—. No puedo hablar ahora, pero veámonos en la tarde, justo donde te lo entregué. Hay algo importante que necesito contarte. Ámbar, tú eres el futuro.
Se dio la vuelta para marcharse, pero se detuvo apenas un segundo. Su voz bajó a un susurro: —Cuando me escribas, no menciones nada de esto. ¿Está bien?
Y se fue.
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire, vibrando dentro de mí como una campana. ¿Yo? ¿El futuro? No entendía nada.
Esa frase me acompañó durante toda la jornada, incluso cuando llegó la hora del almuerzo. Mi mente no estaba presente. Masticaba sin saborear nada. Pensaba en Axel. En su colita. En su respiración. En la posibilidad de perderlo.
Los demás conversaban animadamente. Reían. Contaban anécdotas. Me di cuenta de algo: todos éramos jóvenes. Nadie mayor. Quizá el motivo era evitar preguntas que nadie quería responder.
—Tú —dijo un chico señalándome—. No has dicho nada. ¿No tienes lengua?
—Oh, claro que la tiene —intervino Keiren desde su asiento, sin siquiera mirarme—. Es larga, como la de una víbora.
—¿Una víbora? —preguntó una chica, confundida. Algunos se miraron entre sí, desconcertados. No conocían la palabra. Nadie más que él y yo. Keiren no explicó nada. Solo negó con la cabeza, como si estuviera decepcionado de todos.
—Pues tú tienes el cerebro de una mosca —respondí con calma, sin levantar la voz.
Él levantó la mirada. Sus ojos se clavaron en los míos, sorprendido. Sabía exactamente a qué me refería. Él conocía a los animales. Yo también. Los demás solo sabían de ratas y cucarachas. Los únicos que sobrevivieron. La tensión se evaporó cuando todos volvieron a sus conversaciones. Para ellos, nuestras palabras eran solo ruido. Para nosotros… eran un territorio extraño. Un reconocimiento. Un choque. Terminé mi comida en silencio y me levanté para ir al árbol de naranjas, debía terminar de podarlo. Después de las cinco sería libre. Iría a ver a mi mentor. Y por fin, conocería el secreto que parecía envolverlo todo. El secreto en el que, aparentemente… yo estaba incluida.
Mientras caminaba hacia el muro —ese lugar donde mi vida monótona y aburrida comenzó a cambiar— no podía ignorar la sensación de que algo grande, y quizá grave, estaba por suceder. Siempre he tenido la capacidad de presentir las cosas, aunque nunca supe si se trataba solo de intuición o de un don que me permitía percibir lo que otros no podían. Desde la infancia me sentí diferente, incluso entre mis propios hermanos; como si no encajara del todo, como si perteneciera a otro rompecabezas. Nunca logré imaginarme siendo como los demás, y ese fue, tal vez, mi mayor conflicto. Con el tiempo entendí que jamás me liberaría de esa sensación de ser distinta. Hubo muchas ocasiones en las que mi cuerpo parecía cargar con el dolor ajeno, y no era una coincidencia: lo sentí al nacer, cuando mi madre sufrió; lo sentí años después, cuando mi padre tuvo aquel accidente que lo dejó marcado durante meses. Era como si su dolor se replicara dentro de mí, como si yo también hubiera vivido el impacto.