Corazón De Fuego

REALIDADES

“La esencia del ser no se limita al alma; la trasciende”

Ahora todo tenía sentido. No era del todo humana, y eso explicaba por qué siempre me sentí diferente. No era un fallo interno ni una rareza mía: era una señal. Por primera vez en mucho tiempo, esa idea no me asustó. Incluso pude sonreír al imaginarlo. Quizá tenía más poderes especiales de los que creía. Me visualicé sobrevolando la ciudad, o volviéndome invisible para infiltrarme en los lugares prohibidos, atravesando el muro sin miedo, sintiéndome… suficiente. Sí, suficiente.

Pero mi mente, como siempre, encontró algo más en qué preocuparse: cómo descubrir mis poderes. No tenía idea de por dónde empezar. Solo sabía que no quería convertirme en una especie de ser gigante y de piedra, como en esas viejas historias de héroes que alguna vez leí. No, gracias. Mi físico sí me importaba, al menos un poco.

Me levanté del mueble y dejé el vaso vacío sobre la mesa metálica. Apenas escuchaba lo que conversaban Keiren y el Bokly; sus voces se mezclaban con el zumbido constante de las máquinas del laboratorio. En lugar de unirme a su charla, preferí observar. Cada rincón del lugar parecía guardar un secreto. Había pantallas antiguas, cables enredados, frascos con líquidos brillantes y documentos apilados como si el tiempo no pasara por ellos. “Según lo que dijo VR15, este sería nuestro refugio… nuestra guarida secreta.” El pensamiento me hizo sonreír. Jamás imaginé tener una guarida. Ahora todo era diferente: el miedo se mezclaba con curiosidad, y la incertidumbre con un extraño tipo de esperanza. Tal vez, por primera vez, estaba exactamente donde debía estar.

—Cuando la sequía llegó, los mismos humanos entregaron el control al Gran Jefe. Se suponía que era una inteligencia artificial incapaz de ser cruel con nosotros… y no lo ha sido, pero nos ha limitado en todo. Y lo peor es que nos mintieron: sí podíamos volver a vivir como antes —dije, molesta, sintiendo cómo la frustración me recorría el pecho.

—Exacto, nos engañaron. Y han pasado tantos años así —replicó Keiren con un tono cargado de disgusto, sin lograr entender cómo habían permitido tanto—. La humanidad allá afuera —señaló hacia arriba, como si el exterior estuviera justo encima de nuestras cabezas— se volvió conformista. Y dudo que nosotros podamos hacer algo.

—Sí… suena imposible —agregó—. Yo los ayudaré. Tienen mucho en qué trabajar —suspiró el Bokly, como si cargara con el peso de verdades que nosotros apenas empezábamos a comprender.

—Espera… ni siquiera entiendo. ¿Por qué nosotros? ¿Y por qué ahora? —Keiren perdió la poca calma que tenía. Parecía abrumado, dando vueltas por el salón sin poder quedarse quieto, tocándose el cabello y respirando entrecortado.

—¿No escuchaste?… Nos crearon. Nos implantaron de alguna forma en el útero de nuestras madres. Y VR15 dijo que debíamos confrontarlas a ellas —afirmé con seriedad, sin apartar mi mirada del Bokly.

—Exacto. Estás muy atenta, Ámbar —dijo él, colocando su mano pesada sobre mi hombro. Sentí la firmeza de su toque, casi mecánico.

—¿Qué somos capaces de hacer? —pregunté con emoción genuina. Quería saberlo todo; quería entender por qué existíamos, qué hacía especial el simple hecho de ser “nosotros”.

Keiren bufó, molesto por la facilidad con la que yo aceptaba todo aquello. Era evidente que a él le costaba procesarlo. —¿Eso es lo que te importa?… Lo olvidaba, eres una niña estúpida —me insultó sin ningún remordimiento.

Me acerqué a él, tan cerca que pude ver cómo se tensaban sus cejas. Lo miré fijamente, sin titubear. —Tengo poderes igual que tú. Fuimos creados juntos. Hasta podríamos ser hermanos. Somos hijos de un científico —solté, molesta, pero serena, dejando la verdad caer entre nosotros como un golpe seco.

—No, no son hermanos —intervino el Bokly con firmeza—. Y creo que deben pensar muy bien las cosas. Les daré algo para que puedan comprender mejor esto. Luego vuelvan aquí; los estaré esperando… Así podremos hablar con tranquilidad.

Se dirigió hacia un archivador metálico, abrió uno de los cajones y sacó dos pequeñas esferas. Eran grises, como todo lo que nos rodeaba, pero tenían un brillo opaco distinto, como si guardaran algo en su interior, algo importante. Nunca había visto nada parecido.

—Cuando caiga la noche, estén solos y listos —explicó, señalando un diminuto botón en la superficie—. Presionen esto. Les ayudará a entender.

Colocó una esfera en mis manos y la otra en las de Keiren. Yo la recibí con emoción evidente, mis dedos temblaban ligeramente por la expectativa. Keiren, en cambio, la tomó con la misma expresión amarga que tenía desde que todo comenzó, atrapado entre el miedo y la duda.

Cuando salimos del laboratorio secreto, lo único que quería era largarme a mi casa. Tenía que hablar con mi madre; ella debía tener muchas respuestas para mí. Además, debía ir a cuidar de Axel: estar solo podría entristecerlo. Sin embargo, Keiren parecía tener cosas por decirme. Tal vez quería insultarme otra vez o quizá necesitaba respuestas, necesitaba desahogarse, porque estaba claro que todo lo ocurrido lo había abrumado más de lo que quería admitir.

—Espera —pidió apenas me alejé de él y del Bokly.

VR15 solo se marchó agitando su mano. Sus dos metros de altura ya no me intimidaban. Al contrario, por primera vez en la vida podía confiar en él. En un Bokly. Qué extraño pensar eso…

—¿Ahora qué quieres? —respondí con mala cara, cruzando los brazos, irritada.

—¿De verdad crees en todo lo que dijo ese Bokly? —señaló en dirección a mi mentor, que ya se perdía entre la multitud de personas y robots.

—Sí. ¿Por qué mentiría? Además… siempre he sentido que no pertenezco aquí —levanté los brazos, como protestando contra todo el gris que nos rodeaba—. Ahora todo tiene sentido.

—Pffff… No entiendo por qué estás tan feliz con eso —negó con la cabeza, frustrado—. Yo solo he sentido cosas extrañas en mí. Pero no creo que por eso sea un “elegido” —se pasó ambas manos por la cara, agotado.




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