La noche en que encontraron a Ahmes, ninguna estrella parecía estar en el lugar correcto.
Eso fue lo primero que Malkor recordaría de aquella noche, incluso muchos años después. La luna se encontraba alta sobre las torres de la fortaleza de los Magos de Alta Hechicería, extraordinariamente brillante, bañando de plata los tejados y atravesando con su resplandor las nubes que lentamente recorrían el cielo. Desde las ventanas más altas podían distinguirse los senderos que desaparecían entre el bosque, silenciosos bajo la luz nocturna.
Todo indicaba que sería una noche tranquila.
Malkor se encontraba en su estudio cuando una extraña vibración recorrió las paredes de piedra. Fue breve, apenas unos segundos, pero suficiente para hacer temblar algunos de los frascos dispuestos sobre sus estanterías y provocar que las llamas de las velas se inclinaran simultáneamente en una misma dirección.
El anciano hechicero levantó lentamente la mirada del libro que sostenía. Permaneció inmóvil durante unos segundos, prestando atención a aquella sensación que todavía parecía recorrer débilmente el ambiente.
Aquello no había sido un terremoto.
Había sido magia.
Y no era el único que lo había sentido.
Cuando Malkor abandonó su estudio, encontró a varios miembros de la orden asomándose desde sus habitaciones y recorriendo los corredores con evidente inquietud. Algunos intercambiaban preguntas en voz baja; otros simplemente intentaban determinar el origen de aquella perturbación.
No tardaron demasiado en encontrarlo.
Provenía del bosque.
Como máxima autoridad de los Magos de Alta Hechicería, Malkor decidió encabezar personalmente la búsqueda. Dos hechiceros lo acompañaron fuera de la fortaleza y los tres siguieron durante varios minutos aquel débil rastro arcano que parecía haberse quedado suspendido entre los árboles.
Cuanto más avanzaban, más extraño resultaba. No había señales de combate, tampoco rastros de criaturas, viajeros o algún ritual reciente. Solamente aquella sensación difícil de describir que parecía guiarlos hacia las profundidades del bosque.
Hasta que, repentinamente, desapareció.
Malkor se detuvo y levantó una mano, indicándoles a los otros dos que hicieran lo mismo.
Frente a ellos se abría un pequeño claro iluminado por la luna. Las hojas de los árboles permanecían inmóviles pese al viento que habían sentido durante todo el camino y, entre las raíces de uno de los enormes troncos que rodeaban el lugar, algo reflejó tenuemente la luz plateada.
Uno de los magos dio un paso adelante, pero Malkor volvió a levantar la mano.
—Espera —ordenó en voz baja, sin apartar los ojos del lugar.
Se aproximó con cautela.
Entonces la vio.
Una diminuta criatura permanecía acurrucada entre las hojas.
Parecía una niña, aunque evidentemente no era humana. Largos cabellos de un blanco casi plateado cubrían parte de su rostro y dos pequeñas orejas puntiagudas sobresalían entre ellos. De su espalda nacían unas delicadas alas translúcidas que brillaban débilmente cada vez que la luz de la luna las alcanzaba.
Un hada.
Malkor se arrodilló junto a ella y observó durante unos segundos el tenue movimiento de su pecho.
—Está viva —murmuró, dejando escapar el aire que había estado conteniendo.
Uno de los hechiceros miró rápidamente alrededor del claro, como si esperara encontrar a alguien observándolos desde los árboles.
—¿Qué hace un hada aquí? —preguntó con evidente desconcierto.
Malkor no respondió. Su mirada se desplazó desde la pequeña criatura hasta el terreno que la rodeaba.
La pregunta que realmente le preocupaba era otra.
¿Cómo había llegado hasta allí?
No conocían asentamientos feéricos cercanos. Tampoco había huellas alrededor de la criatura ni indicios de que alguien la hubiera abandonado. El suelo estaba prácticamente intacto.
Era como si simplemente hubiera aparecido allí.
Malkor frunció ligeramente el ceño y extendió cuidadosamente una mano hacia ella.
Antes de poder tocarla, la pequeña abrió los ojos.
El hechicero quedó inmóvil.
Durante un instante creyó distinguir un tenue resplandor plateado en ellos, apenas perceptible bajo la luz nocturna. La criatura lo observó con una tranquilidad extraña para alguien que acababa de despertar rodeada de desconocidos.
No lloró.
No intentó escapar.
Simplemente levantó una diminuta mano y envolvió con sus dedos uno de los de Malkor.
El viejo hechicero bajó la mirada hacia aquel pequeño gesto y su expresión severa se suavizó casi imperceptiblemente.
Durante años había estudiado criaturas capaces de alterar las leyes de la naturaleza. Había presenciado hechizos que pocos hombres llegarían siquiera a comprender y enfrentado fenómenos mágicos que habrían hecho huir a cualquier viajero sensato.
Sin embargo, por alguna razón, no tenía la menor idea de qué hacer en aquel momento.
—¿Qué hacemos con ella? —preguntó finalmente uno de sus acompañantes, rompiendo el silencio.
Malkor volvió a mirar a la pequeña criatura, que todavía se aferraba a su dedo como si hubiese decidido que aquel desconocido era lo único seguro en todo el bosque.
—Por ahora, llevarla con nosotros —respondió con serenidad.
Aquella debía ser una solución temporal.
Ninguno de ellos imaginaba cuánto duraría aquel «por ahora».
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Ahmes nunca recordaría aquella noche.
Para ella, su vida comenzaba entre libros.
Muchísimos libros.
—Ahmes.
El silencio fue la única respuesta.
Malkor avanzó entre las enormes estanterías de la biblioteca mientras intentaba localizar el origen del pequeño desastre que había encontrado sobre una de las mesas.
—Ahmes —repitió, esta vez con ese tono que advertía que su paciencia tenía límites.
Nada.
Malkor se detuvo frente a una montaña de libros y cruzó los brazos.