Corazón de piedra

Capítulo 1 - Bajo la luz de la luna

La noche en que encontraron a Ahmes, ninguna estrella parecía estar en el lugar correcto.

Eso sería lo primero que Malkor recordaría incluso muchos años después. La luna se alzaba sobre las torres del Gran Santuario de los Maestros de la Magia, extraordinariamente brillante, bañando de plata los tejados mientras su resplandor atravesaba las nubes que avanzaban lentamente por el cielo. Desde las ventanas más altas podían distinguirse los senderos que se internaban en el bosque hasta desaparecer bajo la luz nocturna.

Todo indicaba que sería una noche tranquila.

Malkor se encontraba en su estudio cuando una extraña vibración recorrió las paredes de piedra. Duró apenas unos segundos, pero bastó para hacer temblar los frascos de sus estanterías y obligar a las llamas de las velas a inclinarse al mismo tiempo en una única dirección.

El Gran Maestro apartó la mirada del libro. Las llamas permanecieron inclinadas un instante antes de recuperar su forma, mientras él permanecía inmóvil, atento al silencio que había quedado tras la perturbación y a aquella presencia apenas perceptible que todavía parecía aferrarse al ambiente.

Aquello no había sido un terremoto. Había sido magia.

Malkor cerró el libro y se puso en pie. Cuando abandonó su estudio, descubrió que no había sido el único en sentirla. Varias puertas se habían abierto a lo largo del corredor y algunos Maestros de la Magia ya intercambiaban preguntas en voz baja, mientras otros permanecían inmóviles, intentando percibir lo mismo que él. No necesitó mucho tiempo para determinar de dónde provenía aquella perturbación. La presencia mágica parecía extenderse más allá de los muros del Santuario, guiando su atención hacia la espesura que rodeaba el lugar.

Fuera lo que fuese, se encontraba allí.

Como máxima autoridad del Gran Santuario de los Maestros de la Magia, Malkor decidió encabezar personalmente la búsqueda. Dos miembros de alto rango lo acompañaron más allá de los muros del Santuario y los tres siguieron durante varios minutos aquel débil rastro arcano que parecía haberse quedado suspendido entre los árboles.

Cuanto más avanzaban, menos sentido tenía lo que encontraban. No había señales de combate ni rastros de criaturas o viajeros; tampoco restos de algún ritual que explicara la perturbación. Solo aquella presencia difícil de describir que los atraía cada vez más hacia las profundidades del bosque.

Hasta que desapareció.

Malkor se detuvo de inmediato y levantó una mano. Los otros dos hicieron lo mismo detrás de él.

Frente a ellos se abría un pequeño claro iluminado por la luna. El viento que los había acompañado durante todo el camino parecía haberse detenido en sus límites y las hojas permanecían completamente inmóviles. Entre las raíces de uno de los enormes árboles que rodeaban el lugar, algo devolvió tenuemente la luz plateada.

Uno de sus acompañantes hizo ademán de acercarse, pero Malkor mantuvo el brazo extendido.

—Espera.

Avanzó solo.

Fue entonces cuando la vio.

Una diminuta criatura permanecía acurrucada entre las hojas. Parecía una niña, aunque sus rasgos descartaban inmediatamente que fuera humana: largos cabellos de un blanco casi plateado cubrían parte de su rostro, dos pequeñas orejas puntiagudas sobresalían entre ellos y, de su espalda, nacían unas delicadas alas translúcidas que respondían a la luz de la luna con un tenue resplandor.

Un hada.

Malkor se arrodilló a su lado. Durante unos instantes no hizo nada más que observarla, hasta que distinguió el suave movimiento de su pecho.

—Está viva.

El aire escapó lentamente de sus pulmones.

Detrás de él, uno de los hechiceros recorrió el claro con la mirada, deteniéndose entre los árboles y las sombras que los rodeaban.

—¿Qué hace un hada aquí?

Malkor no respondió. Mientras el otro buscaba a alguien entre la espesura, él examinó el suelo alrededor de la pequeña criatura.

No encontró nada.

Ninguna huella llegaba hasta las raíces. No había ramas quebradas, objetos abandonados ni señales de que alguien hubiese atravesado recientemente el claro. Tampoco conocían asentamientos feéricos lo bastante próximos como para explicar su presencia. El terreno alrededor del hada estaba prácticamente intacto.

La pregunta dejó de ser qué hacía allí.

¿Cómo había llegado?

Malkor frunció el ceño y extendió cuidadosamente una mano hacia ella, pero antes de que sus dedos llegaran a tocarla, la pequeña abrió los ojos.

Se quedó inmóvil.

Bajo la luz nocturna, un tenue resplandor plateado pareció atravesar por un instante aquellos ojos recién abiertos. Malkor lo observó desaparecer sin estar completamente seguro de haberlo visto, mientras la pequeña criatura se limitaba a contemplarlo con una tranquilidad desconcertante.

No hubo llanto ni un intento por apartarse. La pequeña levantó una mano y, con toda naturalidad, cerró sus diminutos dedos alrededor de uno de los de Malkor.

Él bajó la mirada.



#1730 en Fantasía
#2151 en Otros
#164 en Aventura

En el texto hay: fantasia, aventura, hada

Editado: 02.10.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.