Corazón de piedra

Capítulo 2 - La elección

Habían pasado años desde aquella noche en que, sentada sobre el tejado de la torre, contemplé el horizonte y me prometí que algún día dejaría de leer historias sobre el mundo para comenzar una propia.

A mis veintiocho años, aquella curiosidad no había desaparecido. Al contrario, con el tiempo se había vuelto mucho más difícil de ignorar.

Ya no era la pequeña aprendiz que se escondía detrás de montañas de libros cuando Malkor recorría la biblioteca buscándome. Los años de estudio habían transformado mi curiosidad en conocimiento y mi afinidad natural con la magia en algo mucho más cercano a la disciplina. Había aprendido a construir conjuros, a reconocer hasta dónde podía llevarlos y, sobre todo, cuándo era mejor no seguir empujando.

Mi relación con la magia, sin embargo, siempre había sido distinta a la de quienes me habían enseñado. Para mí, había estado allí desde el principio, mucho antes de que supiera darle un nombre o entendiera qué hacer con ella. Los magos aprendían a alcanzarla mediante años de estudio y disciplina; los hechiceros, en cambio, nacíamos con ella y debíamos aprender a comprender algo que ya formaba parte de nosotros. Yo había crecido entre magos, rodeada de sus libros, sus métodos y su manera de entender aquello que para mí había comenzado como puro instinto. La magia había nacido conmigo, pero fueron ellos quienes me enseñaron a darle forma.

Malkor probablemente diría que esa última parte me había tomado bastante más tiempo del necesario. Y, aun así, aquella mañana bastaba con mirar el círculo ceremonial para que todos esos años de estudio dejaran de parecer especialmente tranquilizadores.

La gran sala ceremonial estaba más silenciosa de lo habitual. Decenas de velas flotaban entre las enormes columnas de piedra, sostenidas por una magia tan sutil que sus llamas apenas oscilaban. Desde las galerías superiores, magos de distintos rangos observaban a quienes habíamos sido convocados.

Reconocía muchos de aquellos rostros: maestros, antiguos compañeros y personas que prácticamente me habían visto crecer dentro de aquellas paredes. Tenerlos a todos observándome no ayudaba precisamente a tranquilizarme.

En el centro de la sala, un enorme círculo cubría buena parte del suelo. Había estudiado aquellos símbolos cientos de veces, separados en libros, diagramas y apuntes, pero nunca los había visto reunidos de aquella manera. Había algo distinto en contemplarlos allí, grabados en piedra, esperando a que alguien entrara en ellos.

Y aparentemente ese alguien iba a ser yo.

Dentro del círculo aguardaban tres pedestales y, sobre cada uno, flotaba una pequeña esfera: una blanca, una roja y una negra.

Llevaba demasiado tiempo mirándolas.

—Vas a terminar haciéndoles un agujero.

Moví apenas las orejas antes de girarme hacia el iniciado que esperaba a mi lado.

—¿Qué?

—Nada. Solo me preguntaba cuánto tiempo más pensabas seguir intentando intimidarlas con la mirada.

Fruncí ligeramente el ceño.

—Estoy considerando todas mis opciones.

—Pensé que esa parte se hacía antes de entrar aquí.

Giré lentamente la cabeza hacia él.

—Ahora estoy pensando si lanzarte algo.

El muchacho reprimió una sonrisa y decidió que observar el frente era, de pronto, muchísimo más interesante.

Volví a mirar las esferas.

Había leído sobre aquella ceremonia desde mucho antes de tener edad suficiente para participar en ella. Su propósito, sus tradiciones y prácticamente cada detalle registrado sobre las tres Sendas me resultaban familiares, pero conocer de memoria cada aspecto de aquella elección no hacía que resultara más sencillo enfrentarme a ella.

Un movimiento al otro extremo de la sala hizo que los murmullos desaparecieran cuando Malkor apareció entre las columnas. Lo había visto cientos de veces atravesar aquellos corredores: cansado, enfadado, divertido e incluso derrotado por alguna de mis travesuras. Para mí seguía siendo el hombre que me había encontrado en aquel bosque y que, desde entonces, había estado presente en prácticamente cada etapa de mi vida.

Por un instante tuve que recordarme que allí no estaba mi padre adoptivo. Frente a todos ellos estaba el Gran Maestro del Santuario.

Malkor descendió los escalones hasta detenerse frente al círculo.

—Durante años habéis aprendido a comprender la magia como una disciplina —comenzó, recorriendo con la mirada a los iniciados—. Habéis estudiado sus principios, sus límites y las consecuencias de utilizar aquello que todavía no comprendéis.

Su mirada se detuvo brevemente sobre mí. Alcé una ceja, preguntándome si aquella pausa había sido realmente necesaria. No podía demostrar que aquella última parte estuviera dirigida específicamente hacia mí, aunque tampoco tenía motivos para descartarlo.

—Pero conocer la magia no basta para comprender el peso de ejercerla —continuó—. Llegará un momento en que ninguno de vuestros maestros estará junto a vosotros para deciros cuándo utilizar aquello que os hemos enseñado. Tendréis poder para intervenir en las vidas de otros y, algunas veces, ninguna certeza de estar haciendo lo correcto.



#1730 en Fantasía
#2151 en Otros
#164 en Aventura

En el texto hay: fantasia, aventura, hada

Editado: 02.10.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.