Habían pasado años desde aquella noche en que Ahmes, sentada sobre el tejado de la torre, contempló el horizonte y se prometió que algún día dejaría de leer historias sobre el mundo para comenzar una propia.
A sus veintiocho años, aquella curiosidad no había desaparecido. Si acaso, se había vuelto mucho más difícil de ignorar.
Ahmes ya no era aquella pequeña aprendiz que necesitaba esconderse detrás de montañas de libros cuando Malkor recorría la biblioteca buscándola. Los años de estudio habían convertido su curiosidad en conocimiento y su afinidad natural con la magia en disciplina. Había aprendido a construir conjuros, reconocer sus límites y controlar cantidades de energía arcana que durante su infancia apenas habría podido comprender sobre el papel.
Aun así, aquella mañana volvía a sentirse como una aprendiz.
La gran sala ceremonial se encontraba más silenciosa de lo habitual. Decenas de velas flotaban entre las enormes columnas de piedra, suspendidas por una magia tan sutil que sus llamas apenas se movían. Magos de distintos rangos ocupaban las galerías superiores y observaban desde allí a quienes habían sido convocados.
Ahmes reconocía muchos rostros.
Maestros.
Compañeros.
Personas que prácticamente la habían visto crecer.
Eso no ayudaba en absoluto con los nervios.
En el centro de la sala había un enorme círculo grabado sobre el suelo. Ahmes había estudiado aquellos símbolos cientos de veces, pero nunca los había visto reunidos de aquella manera.
Dentro del círculo aguardaban tres pedestales.
Sobre ellos flotaban tres pequeñas esferas.
Una blanca.
Una roja.
Una negra.
Ahmes llevaba demasiado tiempo mirándolas.
-Vas a terminar haciéndoles un agujero.
Ahmes movió apenas las orejas y giró hacia el iniciado que se encontraba a su lado.
-Estoy pensando.
-Llevas pensando desde que entramos.
-Es una decisión importante.
-Precisamente por eso pensé que habrías decidido antes de venir.
Ahmes lo miró durante unos segundos.
-Ahora estoy pensando si lanzarte algo.
El muchacho reprimió una sonrisa y decidió que observar el frente era repentinamente mucho más interesante.
Ahmes volvió a mirar las esferas.
Había leído sobre aquella ceremonia desde mucho antes de tener edad suficiente para participar en ella. Conocía su propósito, sus tradiciones y prácticamente cada detalle registrado sobre las tres órdenes.
Pero conocer una elección no significaba estar preparado para realizarla.
Un movimiento al otro extremo de la sala hizo que los murmullos desaparecieran.
Malkor había llegado.
Ahmes lo había visto cientos de veces atravesar aquellos corredores. Lo había visto cansado, enfadado, divertido e incluso derrotado por alguna de sus travesuras. Para ella seguía siendo el hombre que la había encontrado en aquel bosque y que posteriormente había participado en prácticamente cada etapa de su vida.
Pero allí no estaba su padre adoptivo.
Allí estaba el líder de los Magos de Alta Hechicería.
Malkor descendió los escalones hasta detenerse frente al círculo.
-Durante años habéis aprendido a comprender la magia como una disciplina -comenzó, recorriendo con la mirada a los iniciados-. Habéis estudiado sus principios, sus límites y las consecuencias de utilizar aquello que todavía no comprendéis.
Su mirada se detuvo brevemente sobre Ahmes.
Ella levantó una ceja.
No tenía ninguna prueba de que aquella última parte estuviera dirigida específicamente hacia ella.
Aunque tampoco podía descartarlo.
-Pero dominar un hechizo no convierte a nadie en hechicero -continuó Malkor-. Llegará un momento en que ninguno de vuestros maestros estará junto a vosotros para deciros cuándo utilizar aquello que os hemos enseñado. Tendréis poder para intervenir en las vidas de otros y, algunas veces, ninguna certeza de estar haciendo lo correcto.
Las tres esferas comenzaron a iluminarse lentamente.
-Por eso, antes de continuar vuestra formación, debéis responder una pregunta mucho más importante que cualquier otra que podamos haceros dentro de estas torres.
Malkor extendió una mano hacia ellas.
-¿Qué camino elegiréis recorrer?
La esfera blanca aumentó su brillo.
-Solinari representa a quienes consideran que la magia debe utilizarse para proteger, preservar y enfrentarse a aquellos que emplean su poder para someter a otros. Quienes encuentren su lugar bajo su luz caminarán junto a las Túnicas Blancas.
La luz descendió.
La esfera negra despertó después.
-Nuitari representa la voluntad del hechicero, la búsqueda del conocimiento y el derecho de alcanzar aquello que otros quizá considerarían demasiado peligroso para comprender. Quienes sigan su filosofía encontrarán su camino entre las Túnicas Negras.
Finalmente, la esfera roja comenzó a resplandecer.
-Lunitari se encuentra entre ambos extremos. Su camino pertenece a quienes comprenden que el mundo rara vez puede dividirse perfectamente entre aquello que consideramos bueno y aquello que consideramos malo. Las Túnicas Rojas buscan el equilibrio.
Malkor dejó pasar unos segundos.
-No confundáis equilibrio con indiferencia. Quien se niega a tomar una decisión por miedo a equivocarse no está preservando nada. Simplemente está permitiendo que otro decida en su lugar.
Ahmes observó la esfera roja.
Algo en aquellas palabras permaneció con ella.
-Hoy no demostraréis cuánto poder poseéis -continuó Malkor-. Tampoco recibiréis aquello que todavía no habéis aprendido a controlar. Esta ceremonia representa una elección. El camino que recorráis después de ella dependerá exclusivamente de vosotros.
Uno por uno, los iniciados comenzaron a entrar al círculo.
Ahmes observó atentamente.
Una joven avanzó con cierta inseguridad. Al aproximarse a las esferas, la blanca aumentó ligeramente su brillo. La muchacha sonrió, extendió la mano hacia Solinari y las otras dos luces disminuyeron hasta recuperar su estado inicial.