Durante las semanas posteriores a la ceremonia descubrí algo profundamente irritante: al final, él tenía razón.
No pensaba decírselo.
Había continuado con mi formación como cualquier otro día, aunque desde mi elección de Erethis algunas cosas habían cambiado. Nuevos tratados aparecieron entre mis lecturas, mis maestros comenzaron a introducir principios que antes apenas habían mencionado y ciertas prácticas mágicas adquirieron una complejidad que, para mi desgracia, encontré fascinante.
El problema era que aquello que más deseaba comprender seguía negándose obstinadamente a obedecerme. El Equilibrio Mágico permanecía fuera de mi alcance y, al principio, respondí de la única manera que conocía: estudiando más, luego todavía más, hasta concluir que probablemente necesitaba otro libro. Malkor, por supuesto, había tenido la desagradable costumbre de encontrar aquello divertido.
Con el paso de las semanas, sin embargo, dejé de insistir con tanta desesperación. No porque hubiese perdido el interés, sino porque comenzaba a aceptar una posibilidad que tiempo atrás habría considerado prácticamente ofensiva: quizá no existía ninguna página escondida entre los cientos de volúmenes de la biblioteca capaz de darme aquello que me faltaba.
Todavía me costaba muchísimo admitirlo, así que regresé a algo que sí conocía: la magia.
—Otra vez.
Descendí bruscamente hacia la izquierda justo cuando un proyectil arcano atravesaba el espacio que había ocupado apenas un instante antes y estallaba contra una de las barreras de contención al fondo de la sala. Aproveché el impulso para girar en el aire antes de tocar el suelo, plegué mis alas durante una fracción de segundo y extendí una mano hacia la figura que tenía enfrente; un resplandor plateado la envolvió al instante y la envió varios metros hacia atrás. No esperé a verla caer. Otra amenaza surgió a mi derecha y reaccioné casi por reflejo, dejando que la magia respondiera antes incluso de completar el movimiento. Esta vez no hubo destellos ni explosiones: el aire a mi alrededor se deformó apenas y, cuando la figura lanzó su ataque, atravesó una imagen de mí que comenzó a deshacerse en el acto. Era una ilusión; para entonces, yo ya ascendía por encima de ella.
Sonreí, convencida de haberlo engañado.
—Demasiado lento —murmuré.
La voz de Malkor llegó desde algún punto de la sala.
—Te vi.
La sonrisa desapareció al instante. Alcé la vista apenas a tiempo para distinguir una barrera mágica formándose frente a mí, demasiado cerca y demasiado rápido como para esquivarla. Intenté frenar el ascenso, pero ya era tarde: choqué de lleno contra ella y el impacto me obligó a retroceder en el aire.
—¡Malkor!
Mi concentración se rompió y las figuras quedaron inmóviles. Descendí lentamente mientras me llevaba una mano a la frente, con las alas agitándose detrás de mí con bastante menos dignidad de la que me habría gustado.
—Eso fue trampa —reclamé, señalándolo como si acabara de cometer una injusticia imperdonable.
Permanecía junto a una de las paredes, con los brazos cruzados y una tranquilidad que me pareció particularmente ofensiva.
—¿Los enemigos suelen avisarte antes de intentar golpearte? —preguntó con esa calma suya que siempre conseguía irritarme un poco más.
—Tú no eras parte del ejercicio —repliqué, como si aquello bastara para invalidar por completo su argumento.
—Ahora lo era —respondió con una calma casi indulgente.
Abrí la boca para protestar, pero tardé un segundo de más en encontrar una respuesta que no sonara exactamente tan indignada como me sentía.
—Eso es muy conveniente —murmuré, sin hacer el menor esfuerzo por ocultar mi desconfianza.
Caminó entre las figuras derribadas, observándolas mientras avanzaba.
—Mejoraste tu velocidad —dijo con una leve satisfacción, como si hubiera estado esperando que yo misma lo notara.
Mi fastidio disminuyó de inmediato.
—Lo sé —respondí, levantando la barbilla con una satisfacción que no intenté disimular.
—Tus ilusiones son más difíciles de distinguir —continuó, y esta vez pude notar un leve orgullo en su voz.
Una pequeña sonrisa apareció en mis labios.
—También lo sé —respondí, ya mucho menos interesada en ocultar lo satisfecha que estaba conmigo misma.
Se detuvo frente a mí y señaló la barrera contra la que acababa de chocar.
—Y sigues dejando descubierto tu flanco izquierdo —añadió con una calma demasiado satisfecha para mi gusto.
La sonrisa desapareció de inmediato.
—Pero gané —repliqué, aferrándome a aquel detalle como si pudiera salvarme de la crítica.
Malkor negó apenas con la cabeza.
—Ganaste el ejercicio que esperabas. El problema empieza cuando alguien hace algo que no esperabas.
Miré la barrera y después las figuras, sin encontrar nada que responder. Qué irritante. No porque estuviera equivocado, sino precisamente porque tenía razón.
Dejó pasar unos segundos, mirándome con una mezcla de calma y orgullo que rara vez mostraba tan abiertamente.
—Estás preparada.
Levanté la cabeza de inmediato.
—¿Para qué?
Malkor inclinó apenas la cabeza, como si la respuesta ya estuviera ahí y solo quisiera que yo fuera capaz de decirla.
—Tú dime.
Mis alas se quedaron inmóviles. Se inclinó para recoger una de las figuras derribadas, como si acabara de hacer una pregunta completamente trivial, mientras yo lo observaba en silencio. Había imaginado aquella conversación muchas veces. En algunas versiones conseguía explicarlo perfectamente; en otras, Malkor se enfadaba. En una particularmente optimista, pronunciaba un discurso tan conmovedor que él reconocía inmediatamente que había hecho un trabajo extraordinario criándome. Aquella seguía siendo mi favorita, aunque la realidad parecía dispuesta a ser bastante menos elegante.
Comencé a juguetear con uno de mis dedos.
—Quiero...