Corazón de piedra

Capítulo 3 - El primer paso

Capítulo III

El primer paso

Durante las semanas posteriores a la ceremonia, Ahmes descubrió algo que le resultaba profundamente irritante.

Malkor tenía razón.

No pensaba decírselo.

Había continuado con su formación como cualquier otro día, aunque desde su elección de Lunitari algunas cosas habían cambiado. Nuevos tratados aparecieron entre sus lecturas, sus maestros comenzaron a introducir principios que antes apenas habían mencionado y ciertas prácticas mágicas adquirieron una complejidad que Ahmes, para su desgracia, encontró fascinante.

El problema era que aquello que más deseaba comprender seguía negándose a obedecerla.

El Equilibrio Mágico permanecía fuera de su alcance.

Al principio respondió de la única manera que conocía: estudiando más.

Luego estudió todavía más.

Después concluyó que probablemente necesitaba otro libro.

Malkor había tenido la desagradable costumbre de encontrar aquello divertido.

Con el paso de las semanas, sin embargo, Ahmes dejó de intentarlo con tanta insistencia. No porque hubiera perdido el interés, sino porque comenzaba a aceptar una posibilidad que tiempo atrás habría considerado prácticamente ofensiva:

quizá no existía ninguna página escondida entre los cientos de volúmenes de la biblioteca capaz de darle aquello que le faltaba.

Así que regresó a lo que sí conocía.

La magia.

—Otra vez.

Ahmes descendió rápidamente hacia la izquierda.

Un proyectil arcano atravesó el lugar que había ocupado apenas un instante antes y estalló contra una barrera de contención situada al fondo de la sala. Antes de tocar el suelo, Ahmes giró en el aire. Sus alas se plegaron durante una fracción de segundo y un movimiento de sus dedos bastó para que la figura de entrenamiento frente a ella quedara envuelta en un resplandor plateado.

Salió despedida varios metros hacia atrás.

Ahmes no esperó a comprobar el resultado.

Una segunda amenaza apareció a su derecha.

Extendió una mano.

La magia respondió inmediatamente.

Esta vez no hubo ningún resplandor espectacular. El aire alrededor de la figura pareció deformarse y, cuando esta lanzó su ataque, Ahmes ya no se encontraba donde esperaba encontrarla.

Una ilusión.

La verdadera Ahmes apareció por encima.

Sonrió.

—Demasiado lento.

—Te vi.

La sonrisa desapareció.

Ahmes apenas alcanzó a levantar la cabeza.

—¿Qué...?

Una barrera mágica apareció frente a ella.

Demasiado tarde.

Ahmes chocó contra ella.

—¡Malkor!

La concentración se rompió y todas las figuras quedaron inmóviles.

Ahmes descendió lentamente mientras se llevaba una mano a la frente. Sus alas se agitaron detrás de ella con evidente fastidio.

—Eso fue trampa —protestó, mirándolo como si acabara de cometer una ofensa imperdonable.

Malkor permanecía junto a una de las paredes con los brazos cruzados.

—¿Los enemigos suelen avisarte antes de intentar golpearte?

—Tú no eras parte del ejercicio.

—Ahora lo era.

Ahmes abrió ligeramente la boca.

—Eso es muy conveniente.

Malkor caminó entre las figuras derribadas.

—Mejoraste tu velocidad.

El fastidio desapareció un poco.

Ahmes levantó la barbilla.

—Lo sé.

—Tus ilusiones son más difíciles de distinguir.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—También lo sé.

Malkor se detuvo frente a ella.

—Y sigues dejando descubierto tu flanco izquierdo.

La sonrisa murió inmediatamente.

—Pero gané.

—Ganaste el ejercicio que esperabas.

Ahmes frunció ligeramente el ceño.

Malkor señaló la barrera contra la que acababa de chocar.

—El problema comienza cuando alguien hace algo que no esperabas.

Ahmes miró la barrera.

Después las figuras.

No respondió.

Aquello le molestaba especialmente porque sabía que tenía razón.

Malkor continuó observándola durante unos segundos.

—Estás preparada.

Ahmes levantó la cabeza.

—¿Para qué?

—Tú dime.

Sus alas dejaron de moverse.

Malkor se inclinó para levantar una de las figuras derribadas, como si acabara de hacer una pregunta completamente trivial.

Ahmes lo observó.

Había imaginado aquella conversación muchas veces.

En algunas versiones conseguía explicarlo perfectamente. En otras, Malkor se enfadaba. En una particularmente optimista pronunciaba un discurso tan conmovedor que él reconocía inmediatamente que había criado a la hechicera más sabia de su generación.

Aquella seguía siendo su favorita.

La realidad parecía dispuesta a ser bastante menos elegante.

Ahmes comenzó a juguetear con uno de sus dedos.

—Quiero...

Se detuvo.

Malkor esperó.

—Quiero irme.

El hechicero dejó lentamente la figura sobre la mesa.

No pareció sorprendido.

Ahmes estudió su rostro durante unos segundos y sus alas se recogieron un poco más cerca de su espalda.

—Ya lo sabías... —murmuró.

—Tenía mis sospechas.

Ella bajó la mirada.

—¿Desde hace mucho?

—Ahmes.

Al reconocer aquel tono, volvió a levantar los ojos.

—¿Desde hace mucho, Malkor? —insistió, esta vez acompañando la pregunta con una pequeña sonrisa nerviosa.

Él suspiró con cierta diversión.

—Probablemente desde antes que tú.

Ahmes dejó caer los hombros.

—¿En serio? Llevo semanas intentando encontrar la manera de decírtelo.

—Lo sé.

—Tenía preparado un discurso.

Malkor sonrió.

—También lo sé.

Ahmes escondió parcialmente el rostro entre las manos.

—Qué vergüenza...

—Si te sirve de consuelo, parecía un discurso muy elaborado.

Ella asomó los ojos entre los dedos.

—Ni siquiera lo escuchaste.

—Escuché suficientes versiones desde el otro lado de la puerta.

Ahmes bajó lentamente las manos.



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En el texto hay: fantasia, aventura, hada

Editado: 12.08.2026

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