Corazón de piedra

Capítulo 4 - El paso de la roca

La torre desapareció del horizonte mucho antes de que dejara de mirar hacia atrás. Durante los primeros días de viaje adquirí una costumbre que jamás habría reconocido en voz alta: cada cierto tiempo me detenía, ascendía unos metros y buscaba entre las montañas alguna silueta conocida. Una aguja, un campanario, cualquier cosa que pudiera identificar como hogar. Al principio siempre encontraba algo; después, solo montañas y, finalmente, nada. Aquella mañana, cuando descendí nuevamente al sendero, no volví a intentarlo.

Acomodé las correas de la mochila sobre mis hombros y continué caminando. Había imaginado muchas veces cómo sería abandonar mi hogar y, en los libros, los viajeros siempre parecían avanzar con una determinación admirable: sabían dónde detenerse, cuánto tardarían en llegar a cada lugar y, aparentemente, jamás tenían problemas para doblar correctamente un mapa.

Yo llevaba varios minutos intentando hacerlo.

—Esto estaba mejor cuando lo abrí —murmuré con evidente frustración.

Giré el pergamino una vez y luego otra, hasta que una de las esquinas quedó atrapada bajo la otra. Fruncí el ceño, cada vez menos convencida de que doblar un mapa debiera ser tan complicado.

—Perfecto —dije, contemplando el mapa como si acabara de traicionarme personalmente.

Extendí una mano y una tenue energía arcana envolvió el mapa mientras una mano espectral aparecía frente a mí. Con movimientos cuidadosos, sostuvo uno de los extremos mientras yo intentaba plegar el otro y, por un instante, pareció funcionar... hasta que el viento sopló. El mapa se abrió de golpe y me golpeó directamente en el rostro. Permanecí inmóvil durante un segundo, mientras la figura translúcida continuaba sosteniendo obedientemente una esquina, y bajé lentamente el pergamino.

—No fue culpa tuya —le aseguré, como si necesitara consuelo.

La mano desapareció y me quedé observando el espacio vacío durante un instante. Quizá llevaba demasiado tiempo viajando sola. Guardé el mapa como pude y continué el camino.

El sendero había cambiado durante las últimas horas. Los caminos abiertos entre colinas habían dado paso a un bosque cada vez más espeso. Grandes árboles se levantaban a ambos lados y sus raíces atravesaban las piedras como si llevaran siglos reclamándolas.

Entre los helechos crecían pequeñas flores silvestres que no reconocía, y aquello bastó para detenerme. Me agaché junto a una de ellas y observé sus pequeños pétalos todavía cerrados; extendí un dedo, los rocé con cuidado y una tenue chispa de magia feérica descendió por el tallo.

Conocía aquel pequeño truco desde hacía años. Susurro Feérico permitía provocar manifestaciones diminutas de la naturaleza: hacer florecer una planta antes de tiempo, despertar aromas, crear pequeños efectos sensoriales o percibir cómo se comportaría el clima durante las horas siguientes.

No era una magia poderosa ni estaba destinada al combate, sino algo mucho más sencillo. La flor se abrió lentamente bajo la yema de mi dedo y sonreí. Había cosas que los libros describían bastante bien, pero comenzaba a descubrir que algunas solo podían comprenderse estando allí; el olor de un bosque después de la lluvia era una de ellas. Me incorporé y seguí avanzando hasta que, poco a poco, los árboles comenzaron a escasear y finalmente terminaron. Di unos pasos más antes de detenerme.

Frente a mí, el mundo parecía haberse partido en dos.

Dos enormes paredes de roca se levantaban hacia el cielo, separadas por una garganta tan profunda que el fondo desaparecía entre la bruma. Pinos y vegetación crecían incluso sobre las paredes del desfiladero, aferrándose a lugares donde parecía imposible que algo pudiera echar raíces. Una cascada descendía por una de las formaciones y desaparecía en las profundidades.

Pequeños puentes unían algunas secciones del camino y varios faroles colgaban de postes de madera. Junto al bosque, casi abrazada por él, se alzaba una taberna de madera y piedra de cuya chimenea escapaba una columna de humo. Me quedé completamente quieta. Había visto ilustraciones, estudiado mapas e incluso leído relatos de viajeros que describían aquel lugar, pero ninguno se acercaba a lo que tenía frente a mí. Mis alas descendieron lentamente detrás de mi espalda mientras levantaba la mirada hacia las gigantescas paredes.

Entonces vi el letrero.

Paso de la Roca

Debajo, otra señal indicaba el camino que continuaba más allá del desfiladero.

Escudo de Piedra

Respiré profundamente. Por primera vez desde que había partido, la distancia recorrida dejó de medirse en días.

Había llegado a algún sitio.

La taberna se llamaba La Última Luz. Lo descubrí gracias al enorme letrero de madera sobre la entrada y, principalmente, porque llevaba casi un minuto observándolo sin decidirme a entrar. Había gente dentro, mucha. Viajeros, comerciantes y aventureros ocupaban las mesas, mientras las conversaciones se superponían entre el choque de los vasos y alguna carcajada ocasional. Apreté ligeramente una de las correas de mi mochila. En el Santuario conocía cada pasillo, cada rostro e incluso sabía quién estaría sentado en determinados lugares dependiendo de la hora; allí, en cambio, no conocía a nadie.

Acomodé el Triselenio contra mi espalda.



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En el texto hay: fantasia, aventura, hada

Editado: 02.10.2026

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