La torre desapareció del horizonte mucho antes de que dejara de mirar hacia atrás.
Durante los primeros días de viaje adquirí una costumbre que jamás habría reconocido en voz alta: cada cierto tiempo me detenía, ascendía unos metros y buscaba entre las montañas alguna silueta conocida.
Una aguja.
Una torre.
Cualquier cosa que pudiera identificar como hogar.
Al principio siempre encontraba algo.
Después, solo montañas.
Y finalmente, nada.
Aquella mañana, cuando descendí nuevamente al sendero, no volví a intentarlo.
Acomodé las correas de la mochila sobre mis hombros y continué caminando.
Había imaginado muchas veces cómo sería abandonar mi hogar. En los libros, los viajeros siempre parecían avanzar con una determinación admirable. Sabían dónde detenerse, cuánto tardarían en llegar a cada lugar y, aparentemente, jamás tenían problemas para doblar correctamente un mapa.
Yo llevaba varios minutos intentando hacerlo.
—Esto estaba mejor cuando lo abrí —murmuré con evidente frustración.
Giré el pergamino.
Luego lo giré nuevamente.
Una esquina quedó atrapada bajo otra.
Fruncí el ceño.
—Perfecto.
Extendí una mano.
Una tenue energía arcana envolvió el mapa y una mano espectral apareció frente a mí. Con movimientos cuidadosos, la Mano de mago sostuvo uno de los extremos mientras intentaba plegar el otro.
Por un instante pareció funcionar.
Entonces el viento sopló.
El mapa se abrió por completo y me golpeó en el rostro.
Permanecí inmóvil.
La mano espectral continuó sosteniendo obedientemente una esquina.
Bajé lentamente el pergamino.
—No fue culpa tuya —le dije.
La mano desapareció.
Quizá llevaba demasiado tiempo viajando sola.
Guardé el mapa como pude y continué.
El sendero había cambiado durante las últimas horas. Los caminos abiertos entre colinas habían dado paso a un bosque cada vez más espeso. Grandes árboles se levantaban a ambos lados y sus raíces atravesaban las piedras como si llevaran siglos reclamándolas.
Entre los helechos crecían pequeñas flores silvestres que no reconocía.
Eso consiguió detenerme.
Me agaché junto a una de ellas y observé sus pequeños pétalos todavía cerrados. Extendí un dedo y los rocé con cuidado.
Una tenue chispa de magia feérica descendió por el tallo.
Conocía aquel pequeño truco desde hacía años. Artesanía druídica permitía provocar diminutas manifestaciones de la naturaleza: hacer florecer una planta antes de tiempo, crear pequeños efectos sensoriales o anticipar cómo se comportaría el clima durante las horas siguientes.
No era una magia poderosa.
Tampoco estaba destinada al combate.
Era algo mucho más sencillo.
La flor se abrió lentamente bajo la yema de mi dedo.
Sonreí.
Había cosas que los libros describían bastante bien, pero comenzaba a descubrir que algunas solo podían comprenderse estando allí.
El olor de un bosque después de la lluvia era una de ellas.
Me incorporé y seguí avanzando.
Fue entonces cuando los árboles terminaron.
Di unos pasos más.
Y me detuve.
Frente a mí, el mundo parecía haberse partido en dos.
Dos enormes paredes de roca se levantaban hacia el cielo, separadas por una garganta tan profunda que el fondo desaparecía entre la bruma. Pinos y vegetación crecían incluso sobre las paredes del desfiladero, aferrándose a lugares donde parecía imposible que algo pudiera echar raíces. Una cascada descendía por una de las formaciones y desaparecía en las profundidades.
Pequeños puentes unían algunas secciones del camino.
Faroles colgaban de postes de madera.
Y, construida junto al bosque, casi abrazada por él, había una taberna de madera y piedra de cuya chimenea escapaba una columna de humo.
Me quedé completamente quieta.
Había visto ilustraciones.
Había estudiado mapas.
Incluso había leído relatos de viajeros que describían aquel lugar.
Ninguno se acercaba.
Mis alas descendieron lentamente detrás de mi espalda mientras levantaba la mirada hacia las gigantescas paredes.
Entonces vi el letrero.
Paso de la Roca
Debajo, otra señal indicaba el camino que continuaba más allá del desfiladero.
Escudo de Piedra
Respiré profundamente.
Por primera vez desde que había partido, la distancia recorrida dejó de medirse en días.
Había llegado a algún sitio.
La taberna se llamaba La Última Luz.
Lo descubrí gracias al enorme letrero de madera sobre la entrada y, principalmente, porque llevaba observándolo desde hacía casi un minuto sin decidirme a entrar.
Había gente dentro.
Mucha.
Viajeros, comerciantes y aventureros ocupaban las mesas. Escuchaba conversaciones superpuestas, vasos chocando y alguna carcajada ocasional.
Apreté ligeramente una de las correas de mi mochila.
En la torre conocía cada pasillo.
Cada rostro.
Incluso sabía quién estaría sentado en determinados lugares dependiendo de la hora.
Aquí no conocía a nadie.
Acomodé el Triselenio contra mi espalda.
—Solo es una taberna —murmuré.
Abrí la puerta.
Varias miradas se dirigieron hacia mí.
Me detuve.
Bueno.
Quizá debería haber pensado un poco más esta parte.
Las conversaciones continuaron casi inmediatamente.
Avancé entre las mesas procurando ignorar el hecho de que algunas personas seguían observando mis alas. No era la primera vez que llamaban la atención, pero sí era la primera vez que aquellas miradas pertenecían enteramente a desconocidos.
Llegué hasta la barra.
El hombre que atendía dejó el vaso que estaba secando y me observó.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes —respondí educadamente.
Silencio.
El hombre esperó.
Yo también.