A la mañana siguiente, La Última Luz olía a pan caliente, madera húmeda y café. Descubrí muy rápido que aquello último era suficiente para mejorar considerablemente mi opinión sobre cualquier establecimiento. Estaba sentada cerca de una de las ventanas, con ambas manos alrededor de una taza que el posadero había dejado frente a mí pocos minutos antes; el vapor ascendía lentamente y llevaba consigo un aroma intenso que ya me había resultado agradable incluso antes de probarlo. Di un pequeño sorbo y me quedé quieta, luego otro, antes de bajar la mirada hacia la taza con renovado interés.
—Esto está muy bueno —comenté, mirando la taza con renovado interés.
El posadero continuó limpiando la barra.
—Es café.
—Ya sé que es café —respondí, un poco ofendida por la aclaración.
—Por tu cara parecía que acababas de descubrirlo —replicó, sin dejar de secar el vaso.
Bajé la mirada hacia la bebida. Técnicamente, no era la primera vez que probaba café; en el Santuario había, por supuesto, aunque normalmente terminaba olvidándolo sobre alguna mesa mientras leía hasta que estaba completamente frío. Esto era diferente. Quizá porque estaba caliente, quizá porque llevaba varios días viajando o quizá porque el día anterior casi había terminado estampada contra una pared de roca y mi criterio respecto a las cosas agradables se había vuelto considerablemente más generoso. Tomé otro sorbo.
—Quiero otro —dije, todavía sosteniendo la taza entre las manos.
El posadero levantó la vista.
—Todavía tienes ese.
—Estoy planificando —respondí con toda seriedad.
Una sonrisa apareció bajo su barba.
—¿También planificaste lo de ayer?
Dejé lentamente la taza sobre la mesa y lo miré.
—No arruinemos el café —advertí, demasiado seria para que pudiera fingir que no hablaba en serio.
El hombre soltó una carcajada y volvió a lo suyo.
Desde la ventana podía ver parte del Paso de la Roca. El tránsito había comenzado a restablecerse y varios trabajadores terminaban de despejar el sendero dañado por el desprendimiento, mientras algunos viajeros ya preparaban sus pertenencias para continuar. Yo también debía hacerlo. Miré mi taza, luego el camino y después otra vez la taza. El camino podía esperar unos minutos.
Cuando finalmente terminé, guardé mis cosas y ajusté las correas de la mochila. El posadero me observó acercarme a la puerta y señaló el sendero con un movimiento de cabeza.
—Ya puedes cruzar —indicó el posadero.
—Eso pensaba hacer —respondí, ajustándome la mochila.
—Por el sendero.
Lo miré. Él me sostuvo la mirada.
—Aprendí la lección —aseguré.
Sus ojos descendieron hacia la raspadura de mi hombro.
—Quería asegurarme.
—No pienso volver a meterme volando en una garganta —dije con toda la seriedad que pude reunir.
El hombre asintió, satisfecho. Llegué hasta la puerta antes de añadir:
—A menos que alguien vuelva a caerse.
Escuché su suspiro detrás de mí y sonreí.
—Gracias por el café —dije, acomodándome la mochila antes de salir.
—Y tú procura llegar entera a Escudo de Piedra —respondió el posadero, señalándome con el paño como si aquella fuera una instrucción seria.
Me detuve un instante antes de cruzar la puerta.
—Lo intentaré —aseguré, volviéndome apenas hacia él.
—Inténtalo más que ayer —replicó, sin perder la expresión seria.
Solté una pequeña risa.
—Eso puedo hacerlo —concedí, levantando una mano a modo de despedida.
Y abandoné La Última Luz. Atravesar el Paso de la Roca por el sendero fue una experiencia bastante menos emocionante que hacerlo suspendida sobre un precipicio. No me quejé. Bueno, quizá un poco. Resultaba difícil caminar junto a una garganta teniendo alas y no utilizarlas, pero cada vez que contemplaba el vacío recordaba perfectamente el golpe contra la roca y recuperaba de inmediato mi respeto por el suelo.
El viaje hacia Escudo de Piedra continuó sin mayores dificultades. El sendero abandonó progresivamente las formaciones rocosas y volvió a internarse entre bosques y colinas. Aproveché parte del trayecto para observar plantas, pequeñas criaturas y cualquier cosa que no reconociera, lo que significaba detenerme con una frecuencia probablemente incompatible con la definición tradicional de avanzar. No tenía prisa y, por primera vez, podía permitirme no tenerla.
Cuando finalmente aparecieron las primeras construcciones de Escudo de Piedra, reduje el paso. No era una gran ciudad ni tenía enormes murallas o torres elevándose sobre el horizonte como aquellas descritas en algunos de mis libros; era un asentamiento pequeño, levantado alrededor del camino y rodeado por bosque, con casas de piedra y madera, establos, algunos puestos y viajeros que iban y venían cargando mercancías. Para mí era suficiente.
Todo era nuevo.
Me sorprendí intentando observar demasiadas cosas al mismo tiempo: una carreta descargando provisiones, un grupo de viajeros conversando junto al camino, un perro dormido bajo un banco y dos comerciantes discutiendo por algo que ninguno parecía dispuesto a conceder.
Seguí avanzando hasta encontrar el edificio que buscaba: La taberna del Escudo de Piedra. Me detuve frente a la puerta y fue entonces cuando cometí el error de mirarme. Había estado tan concentrada en llegar que conseguí ignorar durante buena parte del trayecto el estado de mi ropa; el vestido que había salido impecable del Santuario varios días atrás ya no se parecía demasiado al mismo. Había polvo acumulado cerca del borde, pequeñas manchas de barro, una marca oscura donde había golpeado contra la roca el día anterior y, para empeorar las cosas, una hoja diminuta seguía adherida a una de las capas de tela.
La retiré lentamente y volví a examinar el vestido, todavía convencida de que podía arreglarlo de alguna manera; intenté limpiar una de las manchas con la mano, pero solo conseguí extenderla y empeorar el desastre. Mucho peor.