A la mañana siguiente, La Última Luz olía a pan caliente, madera húmeda y café.
Descubrí muy rápido que aquello último era suficiente para mejorar considerablemente mi opinión sobre cualquier establecimiento.
Estaba sentada cerca de una de las ventanas, con ambas manos alrededor de una taza que el posadero había dejado frente a mí pocos minutos antes. El vapor ascendía lentamente y llevaba consigo un aroma intenso que me había resultado agradable incluso antes de probarlo.
Di un pequeño sorbo.
Me quedé quieta.
Después otro.
Miré la taza.
—Esto está muy bueno.
El posadero continuó limpiando la barra.
—Es café.
—Ya sé que es café.
-Por tu cara parecía que acababas de descubrirlo.
Bajé la mirada hacia la bebida.
Técnicamente, no era la primera vez que lo probaba. En la fortaleza había café, por supuesto, aunque normalmente terminaba olvidándolo sobre alguna mesa mientras leía hasta que estaba completamente frío.
Esto era diferente.
Quizá porque estaba caliente.
Quizá porque llevaba varios días viajando.
O quizá porque el día anterior casi había terminado estampada contra una pared de roca y mi criterio respecto a las cosas agradables se había vuelto considerablemente más generoso.
Tomé otro sorbo.
—Quiero otro.
El posadero levantó la mirada.
—Todavía tienes ese.
—Estoy planificando.
Una sonrisa apareció bajo su barba.
—¿También planificaste lo de ayer?
Dejé lentamente la taza sobre la mesa.
—No arruinemos el café.
El hombre soltó una carcajada y volvió a lo suyo.
Desde la ventana podía ver parte del Paso de la Roca. El tránsito había comenzado a restablecerse y varios trabajadores terminaban de despejar el sendero dañado por el desprendimiento. Algunos viajeros ya preparaban sus pertenencias para continuar.
Yo también debía hacerlo.
Miré mi taza.
Después el camino.
Otra vez la taza.
El camino podía esperar unos minutos.
Cuando finalmente terminé, guardé mis cosas y ajusté las correas de la mochila. El posadero me observó acercarme a la puerta y señaló el sendero con un movimiento de cabeza.
—Ya puedes cruzar.
—Eso pensaba hacer.
—Por el sendero.
Lo miré.
Él me sostuvo la mirada.
—Aprendí la lección.
Sus ojos descendieron hacia la raspadura de mi hombro.
—Quería asegurarme.
—No pienso volver a meterme volando en una garganta.
El hombre asintió satisfecho.
Llegué hasta la puerta.
—A menos que alguien vuelva a caerse.
Escuché su suspiro detrás de mí.
Sonreí.
—Gracias por el café.
—Y tú procura llegar entera a Escudo de Piedra.
Me detuve un instante antes de salir.
—Lo intentaré.
—Inténtalo más que ayer.
Solté una pequeña risa.
—Eso puedo hacerlo.
Y abandoné La Última Luz.
Atravesar el Paso de la Roca por el sendero fue una experiencia bastante menos emocionante que hacerlo suspendida sobre un precipicio.
No me quejé.
Bueno.
Quizá un poco.
Resultaba difícil caminar junto a una garganta teniendo alas y no utilizarlas, pero cada vez que contemplaba el vacío recordaba perfectamente el golpe contra la roca y recuperaba de inmediato mi respeto por el suelo.
El viaje hacia Escudo de Piedra continuó sin mayores dificultades. El sendero abandonó progresivamente las formaciones rocosas y volvió a internarse entre bosques y colinas. Aproveché parte del trayecto para observar plantas, pequeñas criaturas y cualquier cosa que no reconociera, lo que significaba detenerme con una frecuencia probablemente incompatible con la definición tradicional de avanzar.
No tenía prisa.
Por primera vez podía permitirme no tenerla.
Cuando finalmente aparecieron las primeras construcciones de Escudo de Piedra, reduje el paso.
No era una gran ciudad. Tampoco tenía enormes murallas ni torres elevándose sobre el horizonte como aquellas descritas en algunos de mis libros. Era un asentamiento pequeño, levantado alrededor del camino y rodeado por bosque. Había casas de piedra y madera, establos, algunos puestos y viajeros que iban y venían cargando mercancías.
Para mí era suficiente.
Todo era nuevo.
Me sorprendí intentando observar demasiadas cosas al mismo tiempo: una carreta descargando provisiones, un grupo de viajeros conversando junto al camino, un perro dormido bajo un banco y dos comerciantes discutiendo por algo que ninguno parecía dispuesto a conceder.
Seguí avanzando hasta encontrar el edificio que buscaba.
La taberna del Escudo de Piedra.
Me detuve frente a la puerta.
Y fue entonces cuando cometí el error de mirarme.
Había estado tan concentrada en llegar que había conseguido ignorar durante buena parte del trayecto el estado de mi ropa. El vestido que había salido impecable de la fortaleza varios días atrás ya no se parecía demasiado al mismo. Había polvo acumulado cerca del borde, pequeñas manchas de barro, una marca oscura donde había golpeado contra la roca el día anterior y, para empeorar las cosas, una hoja diminuta seguía adherida a una de las capas de tela.
La retiré lentamente.
Miré el vestido.
No.
Aquello era inaceptable.
Intenté limpiar una de las manchas con la mano.
Solo conseguí extenderla.
Me quedé mirándola.
Mucho peor.
Durante unos segundos consideré seriamente encontrar agua antes de entrar.
Después recordé que llevaba días viajando, que necesitaba una habitación y que probablemente permanecer de pie frente a una taberna intentando limpiar un vestido con los dedos no iba a solucionar absolutamente nada.
Suspiré.
—Nadie me conoce aquí.
Aquello debía ayudar.
Abrí la puerta igualmente.
Esta vez no tardé un minuto entero en entrar.