Corazón de Tierra y Oro

1

Alexander Vance no conocía el significado de la palabra "negociar" cuando se trataba de su propia vida, porque en su mundo, las órdenes se daban, no se discutían. Creció bajo la sombra de rascacielos que llevaban su apellido, educado para creer que el sentimiento era un error de cálculo y que la empatía era un lujo que los hombres de su estirpe no podían permitirse. Su padre, Richard, le había enseñado que el mundo era un tablero de ajedrez donde las personas eran piezas y el amor era, en el mejor de los casos, una alianza estratégica.

​A sus veintiocho años, Alex era la viva imagen del éxito: frío, impecable y peligrosamente inteligente. Pero aquel jueves, en la oficina del último piso de la Torre Vance, la máscara de perfección empezó a agrietarse.

​—No voy a hacerlo, papá —la voz de Alexander cortó el aire acondicionado de la oficina como un bisturí—. No soy una de tus subsidiarias que puedes fusionar a tu antojo. ¿Un matrimonio por contrato? Estamos en 2026, no en la Edad Media.

​Richard Vance no se inmutó. Giró su silla de cuero, sosteniendo una carpeta con el logotipo de "Tierras del Sol".

—Es una necesidad estratégica, Alexander. Isabella Castillo controla el suministro que necesitamos para dominar el mercado global. Casarte con ella es asegurar que el apellido Vance no sea solo una nota al pie en la historia financiera.

​Alex soltó una carcajada amarga y dio un paso hacia el escritorio de caoba.

—¿Y qué hay de mí? ¿Qué hay de lo que yo quiero? Me he pasado la vida siendo el hijo perfecto, el ejecutivo implacable, el heredero que nunca comete errores. He generado millones para esta empresa, y ahora me dices que mi recompensa es una "esposa" que probablemente solo quiere mi dinero para comprar bolsos en París. No pienso atarme a una mujer que no he visto en mi vida por un maldito acuerdo de tierras.

​—Firmarás el lunes, Alexander —sentenció su padre con una frialdad que helaba la sangre—. O te retiraré el acceso a los fondos operativos y la junta directiva reconsiderará tu puesto como CEO. Tienes todo lo que un hombre podría desear gracias a este apellido. Ahora, paga el precio.

​Alex sintió que la oficina se cerraba sobre él.

—Prefiero no tener nada a ser tu marioneta —espetó, antes de dar media vuelta y salir de la habitación, ignorando los gritos de su padre a sus espaldas.

​Bajó al estacionamiento con la sangre hirviendo. Su deportivo plateado parecía la única salida real. Se deslizó en el asiento del conductor y, antes de arrancar, golpeó el volante con rabia.

—¿Isabella Castillo? —masculló para sí mismo con desprecio—. Espero que disfrutes tu contrato, porque no estaré allí para firmarlo.

​Condujo durante horas, dejando que la velocidad silenciara sus pensamientos. Pero el destino tiene un sentido del humor retorcido. Cuando el sol se hundía y las nubes negras empezaban a devorar el cielo, el motor emitió un estruendo metálico. Humo blanco, olor a quemado y, de repente, el silencio absoluto.

​—¡No, no ahora! ¡Maldita sea! —gritó Alex, bajando del coche justo cuando las primeras gotas de una lluvia torrencial lo empapaban. Intentó encender su teléfono para llamar a su asistente, pero la pantalla permaneció negra. —¡Batería muerta! ¡Genial, simplemente genial!

​Se quedó allí, solo en la oscuridad, con su traje de tres piezas arruinado y sus zapatos de piel hundiéndose en el lodo. Entonces, unas luces amarillentas aparecieron. Una camioneta vieja se detuvo y una chica con sombrero de granjera bajó, mirándolo con una mezcla de lástima y burla.

​—¿Se te perdió el desfile de moda, caballero? —preguntó ella.

​Alex se irguió, tratando de mantener su autoridad a pesar de estar chorreando agua.

—Escúchame bien. Mi coche se ha averiado y necesito llegar a un lugar con señal de teléfono inmediatamente. Te pagaré lo que quieras, ponle precio a tu tiempo, pero sácame de este lodazal ahora mismo.

​La chica cruzó los brazos, sin inmutarse por su tono.

—Mira, "señor importante", en este pueblo el dinero no hace que la lluvia pare ni que los motores se arreglen mágicamente. Si quieres que te ayude, vas a tener que bajarle dos tonos a tu arrogancia. Aquí no eres el jefe de nadie. Así que, ¿vas a pedir ayuda como una persona normal o te vas a quedar aquí discutiendo con los grillos?

​Alex apretó los dientes. La humillación era un sabor amargo, pero el frío era peor.

—Por favor... —dijo la palabra como si fuera veneno—. ¿Podrías ayudarme?

​—Mucho mejor —respondió ella con una sonrisa desafiante—. Sube, antes de que te derritas, "príncipe".

​El trayecto hacia la casa fue silencioso, solo interrumpido por el rugido del motor viejo y el limpiaparabrisas rítmico. Cuando llegaron a la antigua construcción de piedra, Alex bajó y observó el lugar con una mueca de asco.

—¿Aquí es donde vives? —preguntó, mirando las vigas de madera vieja y el suelo de piedra—. ¿No hay un hotel cerca? ¿Algún lugar que no huela a paja y antigüedad?

​—Es esto o el asiento trasero de mi camioneta —respondió ella, abriendo la puerta principal—. Mañana veremos qué hacemos con tu coche, pero esta noche dormirás bajo este techo, te guste o no. Y un consejo, deja de mirar mi casa como si fuera un museo de basura, o podrías terminar durmiendo en el granero con las vacas.

​Alex entró, sintiendo el calor de la chimenea pero manteniendo su postura rígida. Se quitó la chaqueta empapada y miró a su alrededor con desprecio.

—Esto es una pesadilla —susurró




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