Corazón de Tierra y Oro

2

​El silencio no era algo a lo que Alexander Vance estuviera acostumbrado. En su ático de Manhattan, el silencio era un lujo caro que se compraba con vidrios de triple panel, pero siempre estaba acompañado por el zumbido eléctrico de la ciudad que nunca duerme. Aquí, en esta habitación que olía a madera vieja y lavanda seca, el silencio era absoluto, denso y, para alguien como él, profundamente inquietante.

​Se despertó cuando un rayo de sol, implacable y carente de la cortesía de unas cortinas de seda motorizadas, le golpeó directamente en los ojos. Soltó un gruñido y trató de acomodarse, pero sus pies chocaron con el final de una cama de hierro que era claramente demasiado corta para su estatura. El colchón, aunque sorprendentemente cómodo, no era el sistema viscoelástico con memoria de forma al que estaba habituado.

​Al incorporarse, el recuerdo de la noche anterior lo golpeó como una bofetada: el motor fundido, la lluvia torrencial, la humillación de pedir refugio y, sobre todo, "ella".

​—¿Cómo se llamaba? —se preguntó en voz baja, frotándose las sienes—. No importa. Solo necesito que mi teléfono encienda.

​Buscó su dispositivo en la mesita de noche, pero la pantalla seguía muerta. La frustración comenzó a burbujear en su pecho. Alex se puso de pie y se dio cuenta de que su traje de tres mil dólares estaba colgado de una percha improvisada, todavía húmedo y con manchas de barro que probablemente nunca saldrían. En su lugar, sobre una silla de madera, alguien había dejado un par de vaqueros desgastados y una camisa de franela a cuadros que parecía haber visto tiempos mejores.

​—Ni muerto —masculló Alexander.

​Sin embargo, tras diez minutos de intentar secar sus propios pantalones con un secador de pelo inexistente y darse cuenta de que el frío matutino del campo era cortante, terminó cediendo. La ropa le quedaba un poco holgada en la cintura pero ajustada en los hombros. Se miró en el espejo roto del tocador. El CEO implacable de la Torre Vance parecía ahora un extra de una película sobre granjeros. El contraste era ridículo, casi ofensivo.

​Salió de la habitación siguiendo el aroma a café recién hecho y algo dulce que no lograba identificar. Bajó las escaleras de madera, que crujían bajo su peso como si protestaran por su presencia, y llegó a la cocina.

​Allí estaba ella. Sin el sombrero de ayer, su cabello castaño caía en ondas descuidadas sobre sus hombros. Llevaba unas botas de trabajo manchadas de tierra y estaba de espaldas a él, tarareando una melodía mientras sacaba una bandeja del horno.

​—Vaya, el príncipe ha decidido unirse a los mortales —dijo ella sin darse la vuelta, como si tuviera ojos en la nuca.

​—He aceptado usar esta... vestimenta... solo por necesidad logística —respondió Alex, recuperando su tono de autoridad—. ¿Dónde está el teléfono más cercano? He perdido demasiado tiempo.

​La chica se giró, apoyando las manos en sus caderas. Alexander se quedó un segundo en silencio. A la luz del día, ella no parecía solo una granjera sarcástica; tenía una mirada inteligente y una determinación en los ojos que le resultaba vagamente familiar, aunque no podía precisar de qué.

​—Buenos días para ti también —respondió ella con una sonrisa ladeada—. El teléfono de la casa no tiene línea desde la tormenta de anoche. Y el poste de luz de la carretera principal se cayó, así que dudo que los técnicos lleguen hoy. Están priorizando el pueblo.

​—¿Me estás diciendo que estoy incomunicado? —Alex dio un paso hacia ella, olvidando por un momento que no estaba en su sala de juntas—. Tengo una fusión multimillonaria pendiente. Hay personas que dependen de mi firma. Mi padre...

​—Tu padre tendrá que esperar —lo interrumpió ella, cruzándose de brazos—. Aquí las cosas funcionan con el ritmo de la tierra, no con el de la bolsa de valores. Tu coche tiene el radiador destrozado y la junta de la culata probablemente esté frita. El mecánico del pueblo, Don Manuel, no abre los viernes si hay buena pesca, y hoy hace un sol espléndido.

​Alexander sintió que el mundo se desmoronaba. Para un hombre que controlaba cada segundo de su agenda, la incertidumbre era una tortura china. Se dejó caer en una silla de madera, pasando sus manos por su cabello perfectamente peinado, ahora algo revuelto.

​—Esto no puede estar pasando —susurró.

​—Podría ser peor —dijo ella, acercándole una taza de café humeante—. Podrías haberte quedado en el coche. Por cierto, me llamo Isabella. Pero todos me llaman isa. Pero supongo que alguien tan importante como tú no tiene tiempo para nombres, ¿verdad, Alexander Vance?

​Alex se tensó al escuchar su apellido, pero luego recordó que probablemente lo leyó en su licencia de conducir o en algún documento del coche.

​—¿Isabella? —repitió él, con una nota de sospecha—. ¿Isabella qué?

​—Isabella a secas, por ahora —respondió ella, dándole un sorbo a su propia taza mientras lo observaba con curiosidad—. Aquí no usamos apellidos para impresionarnos. Si quieres desayunar, tendrás que ayudarme a alimentar al ganado. No doy comidas gratis a los que se quejan de mi suelo.

​—¿Quieres que yo... un Vance... alimente vacas? —Alex la miró como si hubiera sugerido que saltara de un puente.

​—Bueno, puedes elegir: o alimentas a las vacas, o dejas que tu estómago empiece a sonar igual que el motor de tu coche. Tú decides, "jefe".

​Alexander miró la taza de café, luego la ropa de granjero que llevaba puesta, y finalmente los ojos desafiantes de Isabella. Por primera vez en su vida, el dinero no era una herramienta útil. Estaba en un tablero de ajedrez donde él no era el rey, sino un peón en territorio desconocido.

​—Enséñame dónde están los malditos cubos —sentenció él, poniéndose de pie con una rigidez que ella encontró sumamente divertida.




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