Alexander Vance siempre había creído que el liderazgo era una cualidad universal. Si podía intimidar a una junta directiva compuesta por tiburones de las finanzas con una sola mirada gélida, ¿qué tan difícil podía ser convencer a un grupo de animales de que siguieran sus instrucciones? Resultó que, a diferencia de sus empleados, a los animales de la granja "Tierras del Sol" les importaba muy poco su apellido, su traje de diseño o su doctorado en Harvard.
—Esto es... degradante —masculló Alex, sosteniendo dos cubos de metal que pesaban mucho más de lo que aparentaban.
Isabella lo observaba apoyada en la valla de madera, con una brizna de paja entre los dientes y una expresión de pura diversión.
—Menos quejas y más acción, Vance. Las vacas no saben leer el Wall Street Journal, solo saben que tienen hambre. Solo tienes que entrar, dejar el forraje en los pesebres y salir. Sin movimientos bruscos.
Alex enderezó la espalda, intentando recuperar algo de su dignidad perdida bajo esa camisa de franela. Entró en el establo con el paso firme de quien va a cerrar un trato de mil millones de dólares. Pero el terreno no era mármol pulido, sino una mezcla traicionera de paja y estiércol. En su segundo paso, su bota izquierda —que claramente le quedaba grande— se hundió en algo sospechosamente blando, produciendo un sonido de succión que lo hizo palidecer.
—¡Por todos los cielos! —exclamó, perdiendo el equilibrio.
Una de las vacas, una enorme hembra de manchas negras llamada "Margarita", lo miró con ojos aburridos y soltó un mugido tan potente que hizo vibrar el pecho de Alex. Él, en un acto de puro reflejo defensivo, soltó los cubos. El grano salió volando, cubriendo sus propias botas y parte de sus pantalones.
—¡Vaya entrada triunfal! —se burló Isabella desde la barrera, estallando en una carcajada—. Les has servido el desayuno directamente en tus pies. Ahora sí que te van a querer.
En cuestión de segundos, Alexander se vio rodeado. Las vacas, viendo el banquete sobre las botas del "intruso", empezaron a empujarlo con sus enormes cabezas. Para Alex, esto no era una escena bucólica; era una emboscada.
—¡Eh! ¡Atrás! ¡Orden de restricción! —gritaba Alex, mientras intentaba apartar a un ternero que había decidido que su camisa de cuadros era el postre perfecto y empezaba a succionarle la manga.
El CEO de la Torre Vance terminó acorralado contra una de las vigas, con una vaca lamiendo con su lengua áspera y húmeda su mano derecha, mientras otra le propinaba cabezazos amistosos pero contundentes en la cadera. El pánico, un sentimiento que no experimentaba desde su primer examen de cálculo, se apoderó de él.
—¡Sácame de aquí, Isabella! ¡Esto es una zona de guerra! —clamó, con la voz un octava más alta de lo normal.
Isabella, secándose las lágrimas de la risa, entró al establo. Con un simple silbido y un par de palmadas suaves en el lomo de las vacas, logró que los animales se apartaran con una docilidad que insultó el ego de Alexander. Ella tomó al ternero de la oreja suavemente y lo alejó de la manga baboseada de Alex.
—Eres un desastre, "príncipe" —dijo ella, ayudándolo a ponerse en pie—. Tienes la energía de alguien que espera que lo ataquen, y ellas lo huelen. Relájate. No son tiburones de negocios, son solo vacas.
—Los tiburones son más predecibles —replicó él, limpiándose la baba de la manga con una expresión de asco profundo—. Al menos los tiburones no te lamen la cara para demostrar su dominio.
—No estaban demostrando dominio, les caíste bien. O al menos, les pareció que sabías a avena —ella lo miró de arriba abajo, notando su frustración real detrás de la máscara de arrogancia—. Escucha, si no puedes con las vacas, intentemos algo más pequeño. Ve al gallinero. Solo tienes que recoger los huevos. Es una tarea estática, no requiere "negociación".
Media hora después, Alexander descubrió que las gallinas eran, en realidad, pequeños dinosaurios con plumas y muy mal temperamento.
Entró al gallinero con la cautela de quien desactiva una bomba. Localizó un nido donde una gallina gorda y rojiza permanecía sentada. Con manos temblorosas, intentó deslizar los dedos bajo el ave. La gallina ni siquiera esperó a que tocara el huevo; lanzó un picotazo rápido y preciso que impactó directamente en el nudillo de Alex.
—¡Au! ¡Maldita criatura del averno! —rugió Alex, retirando la mano de un salto y golpeándose la cabeza con el techo bajo del gallinero.
El golpe hizo que las demás gallinas entraran en un estado de histeria colectiva. El aire se llenó de plumas, cacareos ensordecedores y aleteos frenéticos. Alex, cegado por el polvo y las plumas, intentó salir corriendo, pero tropezó con un travesaño y cayó de bruces sobre un montón de paja seca... y algo más.
Cuando Isabella llegó al gallinero, atraída por el escándalo, se encontró con una imagen que desearía haber tenido una cámara para inmortalizar: el hombre más poderoso del sector financiero estaba sentado en el suelo, cubierto de plumas blancas de la cabeza a los pies, con un huevo roto chorreando por su frente y una gallina triunfante posada sobre su hombro izquierdo.
—No digas... ni una... palabra —advirtió Alex, con una calma aterradora mientras el huevo goteaba por su nariz.
Isabella se mordió el labio inferior, haciendo un esfuerzo hercúleo por no volver a reírse, aunque sus hombros temblaban violentamente.
—Solo diré una cosa, Alexander —logró decir ella finalmente—. Creo que la naturaleza acaba de declarar su veredicto. Y el veredicto es que, en este mundo, no eres más que un nido muy elegante.
Alex cerró los ojos, sintiendo el frío de la clara de huevo y el calor de la vergüenza. En la oficina, él era el rey. Aquí, era el bufón personal de una chica que olía a campo y de un gallinero lleno de enemigos. Lo peor de todo no era el desastre, sino que, por un breve segundo, el sonido de la risa de Isabella le había parecido más interesante que cualquier informe de ingresos trimestrales.
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Editado: 09.02.2026