Corazón de Tierra y Oro

4

Después del desastre en el gallinero, Alex había pasado dos horas bajo una ducha de agua tibia —que Isa tuvo que enseñarle a encender mediante un complejo sistema de válvulas antiguas— intentando quitarse el olor a corral y la sensación pegajosa del huevo. Cuando finalmente bajó a la cocina, vestido con otra camisa de cuadros, se sentía derrotado físicamente, pero extrañamente hambriento.

​La mesa de madera maciza estaba servida. No había manteles de lino ni cubiertos de plata, pero el aroma que desprendía el guiso de carne con patatas y hierbas silvestres hizo que el estómago de Alex rugiera de forma poco elegante.

​—Siéntate, Alex —dijo Isa, sirviendo dos platos humeantes—. Has sobrevivido a las vacas y a las gallinas. Eso merece, al menos, una cena caliente. Considera esto tu pago por el "entretenimiento" que me diste hoy.

​Alex se sentó en silencio. Al primer bocado, cerró los ojos. Había comido en los mejores restaurantes de Manhattan, pero aquel sabor era diferente; era real, intenso, sin pretensiones.

​—Está... aceptable —mintió él, aunque no pudo evitar seguir comiendo con avidez.

​—"Aceptable" es el mayor cumplido que espero de un Vance —replicó Isa con una sonrisa mientras se sentaba frente a él.

​Mientras comían, el silencio fue más cómodo que el de la mañana. Al terminar, Isa se levantó para buscar unos papeles en una estantería cercana y los dejó sobre la mesa junto a una pequeña calculadora solar. Empezó a anotar cifras con el ceño fruncido, suspirando de vez en cuando. Alex, cuya mente estaba entrenada para detectar patrones financieros incluso en la oscuridad, no pudo evitar que sus ojos se desviaran hacia las hojas.

​—Tus márgenes de beneficio están ajustados —comentó Alex, rompiendo el silencio.

​Isa lo miró, sorprendida.

—¿Estás espiando mis cuentas?

​—Es deformación profesional, Isa. No puedo evitar ver números y no analizarlos. Tienes una producción excelente de hortalizas orgánicas, pero tus costos de logística se están comiendo el 30% de tus ingresos brutos. Eso es una ineficiencia inaceptable.

​Isa suspiró y dejó el bolígrafo.

—Es una granja familiar, Alex. No una multinacional. Hacemos lo que podemos con los camiones que tenemos y los mercados locales que nos compran.

​Alex, olvidando por un momento que estaba en una casa de piedra y no en su oficina de la Torre Vance, extendió la mano hacia los estados de cuenta. Isa, tras dudar un segundo, se los pasó. Él los hojeó con una rapidez asombrosa, sus ojos moviéndose como un escáner.

​—No son malos números —admitió él, su voz volviéndose profesional y fría—. De hecho, para el tamaño de la propiedad, la rentabilidad por acre es superior a la media. Pero estás operando con una mentalidad de subsistencia, no de escalabilidad.

​—No quiero "escalar" hasta convertir esto en una fábrica de comida procesada —intervino Isa a la defensiva.

​—No tienes que hacerlo —la interrumpió Alex, mirándola a los ojos con una intensidad que la hizo callar—. Ese es el error del amateur. Tienes un producto de alta gama: "Tierras del Sol" es una marca de lujo en potencia, aunque tú la veas como una granja. Si centralizas la distribución y eliminas a los intermediarios de la zona B, podrías aumentar tu flujo de caja en un 15% en el primer trimestre. Además, estás desperdiciando el subproducto de la cosecha. Ese "desecho" podría convertirse en abono orgánico procesado que se vende a precio de oro en las ciudades.

​Isa lo escuchaba con los brazos cruzados, pero su expresión de sospecha fue cediendo a una de curiosidad. Nadie le había hablado nunca de su hogar de esa manera, como si fuera una joya que solo necesitaba ser pulida.

​—¿Y cómo se supone que haga eso sin capital extra? —preguntó ella.

​—Reestructurando la deuda operativa —Alex tomó la calculadora y, en unos segundos, le mostró una cifra—. Si renegocias este crédito con el banco agrario usando tus contratos de preventa como colateral, liberas liquidez inmediata. No necesitas ser una corporación para pensar como una. Solo necesitas dejar de ver el barro y empezar a ver los activos.

​Isa miró la cifra en la pantalla y luego a Alex. Por primera vez desde que lo encontró en la carretera, no vio al "príncipe" mimado, sino al estratega brillante que había construido un imperio. Había algo magnético en la forma en que su mente trabajaba, una confianza que no nacía de la arrogancia, sino del conocimiento puro.

​—Eres bueno en esto, ¿verdad? —susurró Isa.

​—Soy el mejor —respondió Alex sin un ápice de modestia—. Mi mundo se trata de hacer que las cosas crezcan, aunque sean números en una pantalla. Tu mundo... —hizo un gesto hacia la ventana, donde se veía la inmensidad de la tierra bajo la luna— ...es real. Si aplicas estos cambios, "Tierras del Sol" no solo sobrevivirá, sino que dominará.

​Isa se quedó pensativa, mirando los papeles corregidos por la mano de un hombre que, hace unas horas, había sido humillado por una gallina. Había una extraña armonía en ese momento: el tiburón financiero de la ciudad dándole el secreto del éxito a la guardiana de la tierra.

​—Gracias, Alex —dijo ella en voz baja, con una sinceridad que lo tomó desprevenido.

​—No me agradezcas todavía —respondió él, recuperando su tono sarcástico mientras se levantaba—. Me debes una camisa nueva. Esa vaca me la arruinó permanentemente.

​Isa soltó una carcajada, y esta vez, Alex no se sintió ofendido. Se sintió, por primera vez en años, curiosamente satisfecho.




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