A las seis de la mañana, el aire en la granja todavía tenía el rastro frío de la madrugada, pero Alexander Vance ya estaba en pie. No había dormido mucho; su mente, ahora activada por los números que vio la noche anterior, había estado trazando diagramas de flujo y planes de optimización. Si iba a estar atrapado en ese lugar hasta que el mecánico decidiera trabajar, al menos se aseguraría de que la operación fuera eficiente.
Cuando ISA bajó a la cocina, se encontró con una escena surrealista. Alex había limpiado la mesa del comedor y, utilizando trozos de carbón de la chimenea y el reverso de unos folletos antiguos, había creado un tablero de gestión de proyectos improvisado.
—¿Qué es todo esto? —preguntó ISA, frotándose los ojos y mirando los esquemas que cubrían la mesa.
—Es un análisis de cuello de botella, ISA —respondió Alex sin mirarla, marcando una "X" sobre un dibujo que parecía un tractor—. He observado que tus tres trabajadores llegan a horas distintas, pierden cuarenta minutos buscando herramientas y no tienen una ruta de cosecha optimizada. Vamos a implementar una gestión Lean.
ISA soltó un suspiro, mitad divertido y mitad preocupado.
—Alex, son Manuel, Pepe y el joven Luis. Son vecinos, no robots de logística.
—Son recursos humanos, y están siendo subutilizados —sentenció Alex, poniéndose de pie con una energía renovada—. Vamos fuera.
El encuentro entre el CEO de la Torre Vance y los trabajadores locales fue, por decir lo menos, un choque de civilizaciones. Manuel, un hombre de sesenta años que llevaba trabajando la tierra desde antes de que Alex naciera, lo miraba con una mezcla de confusión y lástima.
—A ver, jovencito... ¿usted quiere que midamos cuánto tardamos en llenar cada cesta con un cronómetro? —preguntó Manuel, ajustándose el sombrero.
—Exactamente —dijo Alex, sosteniendo su reloj de pulsera de lujo, que milagrosamente aún funcionaba—. Si reducimos el tiempo de desplazamiento entre el surco y el área de carga en un 12%, podremos terminar la cosecha antes de que el sol alcance su punto máximo, reduciendo la fatiga y mejorando la turgencia del producto. ¡Movimiento, caballeros! ¡El tiempo es capital!
ISA se apoyó contra el poste del granero, observando cómo Alex intentaba organizar una "reunión de pie" de cinco minutos. Era ridículo ver a un hombre que usualmente manejaba billones de dólares tratando de explicar la teoría de juegos a dos agricultores que solo querían su primer café del día.
Sin embargo, para sorpresa de ISA, Alex no se quedó mirando desde la barrera. Para demostrar su punto sobre la "ergonomía del movimiento", se arrodilló en la tierra.
—Miren —dijo Alex, ignorando cómo el barro manchaba sus rodillas—. Si posicionan la cesta a un ángulo de 45 grados respecto al cuerpo, el torque de la espalda disminuye y la velocidad de recolección aumenta. Observen.
Con una torpeza que fue desapareciendo a medida que su cerebro analítico tomaba el control, Alex empezó a recolectar hortalizas siguiendo su propio método. Estaba concentrado, sudando y, por primera vez, no se quejaba del olor.
—¡Pepe, no te desvíes del cuadrante B! —gritaba Alex desde el suelo—. ¡Luis, trae el carro de transporte, estamos perdiendo segundos valiosos de frescura!
Al principio, los hombres lo hacían por pura curiosidad, pero la intensidad de Alex era contagiosa. Había algo en su autoridad natural que los obligaba a moverse. Para el mediodía, el campo que normalmente requería toda la jornada estaba completamente recolectado.
—Increíble —susurró ISA, mirando las cestas perfectamente alineadas y etiquetadas (con trozos de papel que Alex había arrancado de su propia libreta de notas).
Los trabajadores estaban agotados, pero extrañamente satisfechos. Manuel se acercó a Alex y le dio una palmada en la espalda que casi lo hace caer al suelo.
—Pues parece que el "licenciado" no solo sabe hablar fino —dijo Manuel riendo—. Tiene buenas ideas para los riñones, aunque sea un poco mandón.
Alex, con la cara manchada de tierra y los brazos temblando por el esfuerzo físico, sintió una punzada de orgullo que no recordaba haber sentido al cerrar ninguna fusión bancaria. Miró a ISA, esperando su aprobación.
—Has logrado que trabajen como si les fuera la vida en ello, Alex —dijo ella, acercándole una cantimplora con agua fría—. Pero mira tus manos.
Alex se miró las palmas; estaban rojas y empezaban a salirle ampollas. No eran las manos de un heredero, sino las de alguien que había trabajado la tierra.
—El éxito requiere sacrificio físico en este sector, por lo que veo —respondió él, tratando de mantener su fachada de frialdad, aunque el dolor era evidente.
—Ven aquí —dijo ISA, tomándolo de la mano con suavidad para examinar las heridas—. Has sido un jefe terrible para los animales, pero parece que como "consultor de granja" tienes futuro. Aunque, Alex... todavía te falta entender que la tierra no siempre sigue tus gráficos.
—Dame una semana —replicó él, bajando la voz mientras la cercanía de ISA empezaba a ponerlo más nervioso que la idea de una auditoría fiscal— y tendré a este pueblo operando con la eficiencia de una suiza.
ISA se rió, una risa clara que resonó en el valle. Por un momento, bajo el sol del mediodía y rodeado de cestas de verduras, Alex olvidó que tenía un coche que arreglar, un padre al que enfrentar y un contrato de matrimonio que evitar. Solo importaba el flujo de caja de la granja, el dolor en sus manos y la forma en que ISA no soltaba su mano mientras caminaban de regreso a la casa.
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Editado: 09.02.2026