Corazón de Tierra y Oro

6

La cocina estaba en penumbra, iluminada únicamente por la luz cálida de un par de velas y el rescoldo de la chimenea. El silencio de la noche rural, que antes a Alex le parecía aterrador, ahora se sentía como una tregua necesaria. Estaba sentado en una silla de madera mientras ISA, con una delicadeza que contrastaba con su fuerza habitual, le limpiaba las manos con una mezcla de aceites naturales y ungüentos que ella misma preparaba.

​—Va a escocer un poco —advirtió ISA, pasando una gasa por las ampollas abiertas de Alex.

​Alex apretó los dientes, pero no emitió ni un sonido. Sus manos, antes impecables y acostumbradas solo al tacto del cuero de los volantes de lujo y las teclas de su portátil, estaban ahora rojas, hinchadas y marcadas por el esfuerzo de la jornada.

​—¿Por qué lo hiciste, Alex? —preguntó ella sin levantar la vista—. No tenías que demostrarle nada a Manuel ni a los chicos. Podrías habertelo tomado con calma.

​—No sé hacer las cosas "con calma", ISA —respondió él, observando cómo ella vendaba sus dedos—. En mi mundo, si no avanzas a toda velocidad, alguien te pasa por encima. Pero hoy... hoy fue diferente. No eran números en una pantalla. Si no movíamos esas cestas, la comida se echaba a perder. Había una consecuencia real.

​Se quedaron en silencio unos instantes. Alex sentía el calor de las manos de ella, una calidez que no tenía nada que ver con el ungüento. La curiosidad que había estado creciendo en él durante todo el día finalmente desbordó.

​—ISA... no lo entiendo —dijo él en voz baja—. Tienes una mente brillante. He visto cómo manejas las cuentas, cómo entiendes la biología del suelo, cómo hablas. Podrías estar dirigiendo una división agrícola en cualquier multinacional de Chicago o Londres. ¿Por qué estás aquí, peleándote con motores viejos y gallinas psicópatas en medio de la nada?

​ISA terminó de asegurar la venda y, por fin, lo miró a los ojos. Había una mezcla de orgullo y una pizca de melancolía en su mirada.

​—¿Crees que estar en una oficina de cristal te hace más inteligente? —preguntó ella con una sonrisa triste—. Mi familia ha cuidado esta tierra por generaciones. Mi padre creía que el verdadero poder no está en el dinero que tienes en el banco, sino en la capacidad de crear vida de la nada. Estudié ingeniería agrónoma y finanzas en el extranjero, Alex. Tuve ofertas en la ciudad, muchas. Pero la ciudad es... artificial. Allí eres lo que tienes. Aquí soy lo que hago.

​Alex se sorprendió al saber que ella también tenía formación en finanzas. Eso explicaba por qué había seguido sus explicaciones matemáticas con tanta facilidad.

​—Pero estás en riesgo —insistió Alex, inclinándose hacia ella—. Tu granja está en el radar de empresas como la mía. Hay gente, como mi padre, que solo ven este lugar como una coordenada en un mapa de expansión. Si no creces, te devorarán.

​ISA soltó una risa seca y se levantó para guardar el botiquín.

—Lo sé. Por eso lucho cada centavo. Sé perfectamente quiénes son los Vance y gente como ellos. Creen que pueden comprarlo todo: el agua, la tierra, incluso a las personas. Pero hay algo que no entienden: la tierra tiene memoria. Y yo no voy a dejar que conviertan este santuario en un centro de distribución gris de concreto.

​Alex sintió una punzada de culpa. Ella estaba hablando de él, o al menos de la versión de él que existía hace apenas cuarenta y ocho horas. Si ella supiera que él era el hombre enviado —indirectamente por su padre— para asegurar ese suministro, probablemente lo echaría de la casa esa misma noche.

​—A veces —dijo Alex, su voz apenas un susurro—, los que estamos en esas oficinas de cristal también nos sentimos atrapados. Crecí siendo una pieza de ajedrez. Mi padre no me enseñó a amar la tierra, me enseñó a conquistarla. Ni siquiera mi matrimonio me pertenece, ISA. Es un contrato. Un maldito acuerdo comercial.

​ISA se detuvo y lo miró con una nueva luz, una de comprensión.

—Entonces ambos somos prisioneros, "príncipe". Solo que yo tengo más espacio para correr.

​Esa noche, mientras Alex subía a su habitación con las manos vendadas, no pensaba en el mercado de valores. Pensaba en que ISA era la primera persona en años que lo miraba sin ver un signo de dólar o un escalafón hacia el poder. Y eso le asustaba más que cualquier quiebra financiera.




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