El sol de la tarde empezaba a teñir el valle de San Lorenzo con un tono ámbar profundo, ese color que Alex solía asociar con los relojes de oro de su padre, pero que aquí, sentado en un banco de piedra frente a la plaza, se sentía mucho más vivo. El bullicio del mercado se había transformado en un murmullo lejano de comerciantes recogiendo sus puestos.
ISA dio un largo sorbo a su limonada y soltó un suspiro de satisfacción, dejando caer la cabeza hacia atrás para apoyar la nuca en el respaldo del banco. Alex la observó de reojo. Tenía una mancha de tierra en la mejilla y un mechón de cabello rebelde se le escapaba de la coleta, pero había una serenidad en su rostro que él no había encontrado en ninguna de las mujeres de su círculo social en Manhattan.
—Hoy ha sido un buen día, Vance —dijo ella, cerrando los ojos—. Hacía tiempo que no veía la caja tan llena. Y ver la cara de Manuel cuando vendiste aquel último cajón de pimientos... eso no tiene precio.
—Solo he aplicado la lógica del mercado —respondió Alex, aunque por dentro sentía una calidez que no tenía nada que ver con el éxito financiero—. El valor es subjetivo, ISA. No vendimos pimientos, vendimos la exclusividad de tu tierra. Aunque debo admitir... que hubo algo gratificante en el proceso.
ISA abrió un ojo y lo miró con picardía.
—¿Ah, sí? ¿El gran Alexander Vance admitiendo que se divirtió en un mercado de pueblo cobrando monedas?
—No eran monedas, eran márgenes de beneficio optimizados —corrigió él, pero no pudo evitar que una pequeña sonrisa asomara a sus labios—. Y sí. Tal vez... tal vez la gratificación instantánea de ver al cliente satisfecho es más real que ver un gráfico de barras subir en una pantalla a mil kilómetros de distancia.
Se hizo un silencio largo, pero no era incómodo. Era un silencio cargado de algo nuevo, una electricidad estática que parecía vibrar entre los dos. Alex bajó la mirada hacia sus manos vendadas. El dolor de las ampollas había remitido a un latido sordo, un recordatorio físico de que había dejado de ser un espectador para convertirse en un participante.
—Déjame ver eso —dijo ISA suavemente, incorporándose.
Ella tomó la mano derecha de Alex. Sus dedos eran largos y fuertes, pero sus movimientos eran asombrosamente tiernos. Empezó a ajustar la venda que se había aflojado durante el frenesí de las ventas. Alex contuvo el aliento. La cercanía de ISA era embriagadora; olía a cítricos, a tierra fresca y a algo que solo podía describir como "hogar".
—Estás sanando rápido —murmuró ella, sin soltar su mano—. En un par de días, estas manos volverán a ser las de un hombre que no tiene que esforzarse por nada. Volverás a tus trajes, a tus reuniones y a tus contratos de acero.
Alex sintió una punzada de rechazo ante esa idea. Por primera vez en su vida, el pensamiento de regresar a la Torre Vance no le producía la satisfacción del deber cumplido, sino una extraña sensación de vacío.
—No todo lo que hay en mi mundo es acero, ISA —dijo él, su voz volviéndose más grave. Se atrevió a cerrar ligeramente sus dedos sobre los de ella—. Hay cosas que... que he descubierto aquí que no se pueden comprar.
ISA levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los de él, y por un momento, el tiempo pareció detenerse en la plaza de San Lorenzo. Él pudo ver el reflejo del atardecer en las pupilas de ella, y ella pudo ver la grieta definitiva en la armadura de hielo de Alex. Él ya no era el CEO implacable; era simplemente un hombre perdido que había encontrado un norte inesperado.
La distancia entre ellos se acortó casi imperceptiblemente. Alex podía sentir el calor que emanaba de la piel de ISA. El mundo exterior —el coche de seguridad de su padre, la fusión millonaria, la Isabella Castillo que él imaginaba como una extraña— desapareció por completo. En ese momento, solo existía la mujer que lo había rescatado del barro y que ahora sostenía su mano como si fuera algo valioso.
—Alex... —susurró ella, y su nombre en sus labios sonó como una pregunta y una invitación al mismo tiempo.
Él levantó su mano libre y, con una lentitud casi dolorosa, apartó el mechón de cabello de su rostro. Sus dedos rozaron su mejilla, limpiando la pequeña mancha de tierra que quedaba allí. El contacto fue eléctrico. ISA no se apartó; al contrario, se inclinó ligeramente hacia su toque.
—Nunca pensé que el oro tuviera este color —dijo él en voz baja, mirando la luz dorada que bañaba el rostro de ella—. Siempre pensé que era algo que se guardaba en una caja fuerte.
ISA sonrió de esa manera que siempre lograba desarmarlo, una sonrisa que nacía de la verdad.
—El oro de verdad siempre ha estado bajo tus pies, Alex. Solo tenías que bajarte del pedestal para verlo.
Estaban a centímetros de distancia. El aire entre ellos estaba saturado de una tensión romántica tan tangible que casi se podía tocar. Alex se inclinó un poco más, su mirada bajando a los labios de ella, olvidando por completo quién era y por qué estaba allí. Solo sabía que quería que ese momento durara para siempre, lejos de los rascacielos y las mentiras.
Pero justo cuando el mundo estaba a punto de desvanecerse en un beso, un sonido metálico y fuera de lugar rompió el hechizo. El rugido de un motor potente y moderno resonó en las calles de piedra del pueblo, un sonido que pertenecía a la ciudad, a la frialdad y al apellido Vance.
Alex se tensó, separándose apenas unos milímetros de ISA, con la mirada clavada en la esquina de la plaza por donde asomaba el frontal de un vehículo negro impecable. La realidad acababa de llegar a cobrar sus deudas.
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Editado: 09.02.2026