Corazón de Tierra y Oro

9

El hechizo se rompió, pero no de la forma en que Alex temía. No era una patrulla de seguridad de su padre, sino el estruendo familiar, aunque ahora mucho más suave, de su propio deportivo plateado. El coche avanzaba por la plaza de San Lorenzo como un intruso de metal y tecnología punta entre los puestos de madera y las carretas.

​Al volante no iba un chófer de traje oscuro, sino Don Manuel, el mecánico del pueblo, con su mono de trabajo manchado de grasa y una sonrisa de oreja a oreja. Frenó frente a ellos y bajó del coche, dejando la puerta abierta para que el motor ronroneara con una perfección insultante.

​—¡Aquí lo tiene, licenciado! —exclamó Don Manuel, dándole una palmada al capó—. Era solo un problema con el sensor de flujo de aire y una manguera que el calor de la tormenta terminó de reventar. Le he ajustado también la presión de las ruedas. ¡Está como nuevo! Listo para volver a la autopista y volar hacia la ciudad.

​Alex se quedó de piedra. Su mirada pasó del coche —que brillaba bajo el sol del atardecer como un recordatorio de su antigua vida— a ISA.

​La expresión de ISA había cambiado en un segundo. La calidez que brillaba en sus ojos durante el momento de tensión romántica se apagó, reemplazada por una máscara de cortesía distante. Dio un paso atrás, cruzando los brazos sobre el pecho.

​—Bueno... parece que tu rescate ha llegado, Alex —dijo ella, con una voz que intentaba parecer alegre pero que sonaba hueca—. Justo a tiempo para que no te pierdas tu gran lunes en la Torre Vance.

​Alex sintió un nudo en la garganta que ninguna técnica de oratoria le había enseñado a deshacer. Miró su coche. Hace tres días, ese vehículo era su posesión más preciada, su vía de escape. Ahora, le parecía una jaula de plata que venía a llevárselo de vuelta a un mundo donde las lechugas no tenían historia y las mujeres no olían a libertad.

​—No... —soltó Alex de repente. Se acercó al coche y empezó a rodearlo con una sospecha exagerada—. No suena bien, Manuel.

​El mecánico frunció el ceño, ladeando la cabeza.

—¿Cómo que no suena bien? Si suena como un reloj suizo, don Alex.

​—Hay un... un chirrido —insistió Alex, inclinándose hacia el motor, aunque no tenía ni idea de mecánica—. Un traqueteo metálico en la zona del... del cigüeñal izquierdo. Sí, eso es. Lo siento desde aquí. Es un sonido muy sutil, pero peligroso. A altas velocidades, esto podría ser una catástrofe logística.

​ISA lo miró, arqueando una ceja. Conocía a Alex lo suficiente para saber que estaba improvisando, pero el nerviosismo en su voz era tan real que le resultaba desconcertante.

​—¿Cigüeñal izquierdo? —preguntó Manuel, rascándose la cabeza—. Pero si este motor es...

​—Y el embrague —interrumpió Alex, ganando velocidad en sus excusas—. Lo noto esponjoso. Muy esponjoso. Manuel, no puedo llevarme este coche a la ciudad en este estado. Sería una irresponsabilidad financiera y personal. Necesito que lo revises de nuevo. A fondo.

​—Pero licenciado, lo he probado en la cuesta de la salida y sube como un cohete —insistió el mecánico, confundido.

​Alex se acercó a Manuel y le puso una mano en el hombro, bajando la voz pero con una urgencia que no dejaba lugar a dudas.

​—Manuel, amigo... la seguridad es lo primero. Una revisión exhaustiva. Desmóntalo si es necesario. Comprueba cada tornillo, cada cable. No quiero que este coche salga de San Lorenzo hasta que estemos cien por cien seguros de que no va a... a explotar o algo parecido.

​ISA soltó una pequeña risa ahogada, dándose cuenta de lo que estaba pasando. El gran Alexander Vance estaba saboteando su propio regreso. La tristeza que había sentido hace un momento empezó a disolverse, reemplazada por una curiosidad tierna.

​Don Manuel miró a Alex, luego miró a ISA, y finalmente miró el fajo de billetes que Alex le entregó discretamente (un adelanto de la "comisión de revisión"). El mecánico, que de tonto no tenía un pelo, captó la señal.

​—Ah... ya entiendo —dijo Manuel con una sonrisa pícara—. Ahora que lo menciona, sí... parece que hay un pequeño eco en la válvula de admisión. Muy sutil, claro. Eso va a requerir que me lleve el coche al taller de nuevo. Tendré que pedir piezas a la capital, y ya sabe cómo está el transporte los fines de semana.

​—¿Cuánto tiempo tardará eso, Manuel? —preguntó ISA, tratando de ocultar su sonrisa detrás de su mano.

​Manuel miró a Alex, esperando instrucciones. Alex se enderezó, ajustándose la camisa de granjero con una dignidad recuperada.

​—Tardará lo que tenga que tardar —sentenció Alex, mirando a ISA con una intensidad renovada—. Y por suerte, lo único que me sobra ahora mismo es tiempo.

​—Bueno —dijo ISA, dando un paso hacia él y rompiendo la distancia de seguridad—. Si te vas a quedar atrapado por una "falla mecánica catastrófica", supongo que todavía tengo trabajo para ti en la granja. Mañana hay que revisar el sistema de riego del sector norte.

​Alex sonrió. Era una sonrisa auténtica, sin rastro de la frialdad corporativa que lo definía antes.

​—Estaré allí a primera hora, jefa. Siempre que el desayuno incluya ese café que haces.

​Don Manuel se volvió a subir al coche plateado y arrancó, alejándose con el coche funcionando perfectamente, mientras Alex e ISA se quedaban solos en la plaza, bajo el cielo estrellado. La ciudad podía esperar. El contrato podía esperar. En ese pequeño rincón de mundo, Alexander Vance acababa de descubrir que el tiempo era el único activo que realmente valía la pena invertir.




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