Corazón de Tierra y Oro

11

El río que cruzaba la linde sur de la granja era un refugio de aguas cristalinas y sauces llorones que daban una sombra perfecta para el calor del mediodía. ISA había sugerido ir allí para escapar por unas horas del peso del sobre que aún descansaba en la cocina. Alex, cargando una cesta con fruta y pan, se sentía extrañamente ligero, a pesar de que el instinto de tiburón en su nuca le advertía que algo no encajaba.

​Se habían sentado en la orilla, con los pies sumergidos en el agua fresca. El silencio era roto solo por el murmullo de la corriente, hasta que el sonido de unos pasos seguros sobre la grava seca los puso en alerta.

​—Sabía que te encontraría aquí. Siempre ha sido tu escondite favorito cuando el mundo se te viene encima.

​La voz era refinada, con un tono de arrogancia cultivada en clubes de campo y cenas de gala. Alex se tensó de inmediato, reconociendo el acento de su propio mundo. Se puso de pie, secándose las manos en los vaqueros, y se encontró con un hombre de unos treinta años, impecablemente vestido con un polo de marca y pantalones de lino, que los miraba con una sonrisa condescendiente.

​ISA se quedó helada. Sus dedos se cerraron sobre la manta con fuerza.

—¿Julián? ¿Qué haces aquí?

​—Vine a ver por qué no respondías a los mensajes de la firma, querida. Y también, admito, porque te echaba de menos —el hombre llamado Julián avanzó un paso, ignorando por completo la presencia de Alex hasta que estuvo a un metro de ellos—. Aunque veo que has estado ocupada con la "mano de obra" local.

​Alex sintió una oleada de ira que lo sorprendió por su intensidad. Dio un paso al frente, colocándose sutilmente entre ISA y el recién llegado.

​—¿Y tú quién eres? —preguntó Alex, su voz recuperando ese tono gélido y autoritario que solía usar en las juntas de accionistas.

​Julián soltó una carcajada breve, mirando a Alex de arriba abajo, deteniéndose en sus manos vendadas y su camisa barata.

—¿Yo? Soy alguien que conoce a esta mujer desde antes de que decidiera jugar a ser granjera. Soy Julián Valente, su... digamos, su conexión más cercana con la realidad. ¿Y tú eres? ¿El nuevo capataz?

​ISA se levantó rápidamente, colocándose entre ambos antes de que la situación escalara.

—Julián, basta. Alex no es ningún capataz. Es un amigo. Y no tienes ningún derecho a venir aquí sin avisar.

​—¿Amigo? —Julián arqueó una ceja, mirando a ISA con una mezcla de posesividad y burla—. Vamos, de todos tus caprichos, este es el más extraño. ¿Un rústico, en serio? Tu padre está esperando que vuelvas para firmar los documentos de la fusión. Sabes que no puedes esconderte aquí para siempre entre vacas y... —miró a Alex con desprecio— ...esto.

​Alex apretó los puños. Le hervía la sangre al escuchar cómo Julián hablaba de ISA como si fuera un trofeo o una niña caprichosa. Pero lo que más le dolió fue la mención de la "fusión".

​—Ella no va a firmar nada que no quiera —intervino Alex, dando un paso hacia Julián. A pesar de su ropa de granjero, la estatura y la mirada de Alex proyectaban una amenaza tan real que Julián retrocedió instintivamente—. Y si vuelves a dirigirte a ella con ese tono, te aseguro que el "rústico" será el menor de tus problemas.

​—¡Oh! El campesino tiene garras —se burló Julián, aunque su voz tembló un poco—. Escúchame bien, sea quien seas. Ella pertenece a un mundo que tú ni siquiera puedes imaginar. No importa cuánto tiempo pase aquí, al final, siempre vuelve a lo que es. Una mujer de su posición no se queda con alguien que huele a estiércol.

​—Julián, vete. Ahora mismo —sentenció ISA, su voz era un látigo de autoridad—. Si vuelves a poner un pie en mi propiedad sin invitación, llamaré a Manuel para que te saque con el tractor.

​Julián la miró con resentimiento, luego lanzó una última mirada de odio a Alex.

—Como quieras. Pero recuerda lo que hablamos en la ciudad: los contratos no se rompen con sentimientos, se rompen con dinero. Y tú te estás quedando sin ambos.

​Cuando Julián se alejó y el sonido de su coche deportivo se perdió en la distancia, un silencio sepulcral cayó sobre el río. Alex se volvió hacia ISA. La tensión romántica de la noche anterior se había transformado en un abismo de dudas.

​—¿Tu ex? —preguntó Alex, intentando mantener la calma.

​ISA asintió, mirando al suelo.

—Hace mucho tiempo. Él... él trabaja para la gente que quiere mi tierra. Cree que puede presionarme usando lo que tuvimos.

​—Dijo que perteneces a "otro mundo", ISA —Alex la tomó de los hombros, obligándola a mirarlo—. Dijo que tu padre te espera para una fusión. ¿De qué demonios estaba hablando? ¿Qué es lo que no me estás contando?

​ISA sintió que el secreto le quemaba en la garganta. Ver a Julián allí, recordándole su vida como la heredera de un imperio agrario, la había dejado vulnerable. Quería decírselo todo, quería decirle que ella era la pieza que faltaba en el puzzle de los Vance, pero el miedo a perder la forma en que él la miraba ahora —como a una mujer, no como a un negocio— la detuvo.

​—Solo es un hombre arrogante que no acepta que lo dejé, Alex —mintió ella, aunque sus ojos estaban llenos de lágrimas—. Mi padre... mi padre tiene sus propios planes, pero yo tengo los míos. Por favor, no dejes que él ensucie lo que estamos construyendo aquí.

​Alex la abrazó con fuerza, pero sus ojos permanecieron fijos en el camino por el que se había ido Julián. Ese hombre era un depredador, igual que lo era él hace una semana. Y Alex sabía algo que ISA no: en el mundo de los negocios, hombres como Julián no vienen solos. Vienen con abogados, con deudas y con el poder de destruir paraísos.

​—No dejaré que te lleve de vuelta a ese mundo —susurró Alex en su cabello—. Porque si lo hace, tendrá que pasar por encima de la Torre Vance.

​ISA se estremeció en sus brazos. El choque de trenes era inevitable, y ella estaba justo en el medio de la vía.




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