Corazón de Tierra y Oro

13

Después de que el eco del motor de Julián se desvaneciera, el aire en el río se volvió denso, casi irrespirable. ISA no dijo nada; simplemente tomó a Alex de la mano y lo guio por un sendero empinado que él no conocía. Caminaron en silencio durante casi media hora, ascendiendo por la ladera de la montaña que custodiaba el valle por el este. El esfuerzo físico ayudó a Alex a disipar parte de la furia que sentía, pero las preguntas seguían martilleando su mente.

​Cuando finalmente llegaron a la cima, Alex se quedó sin aliento. No era solo por la subida. Desde allí, el mundo parecía infinito. Se veía el mosaico de cultivos de "Tierras del Sol", los viñedos que parecían hilos de seda verde y el río serpenteando como una vena de plata.

​—Esto es lo que ellos ven —dijo ISA, señalando el horizonte con un gesto que abarcaba todo el valle—. No ven la historia de mis abuelos, ni el sudor de Manuel, ni la forma en que el suelo respira después de la lluvia. Solo ven hectáreas, recursos hídricos y potencial de urbanización.

​Alex se acercó a ella, sintiendo la inmensidad del lugar. Por primera vez, entendió por qué su padre estaba tan obsesionado con esta zona. No era solo una inversión; era una joya.

​—Julián dijo que te estás quedando sin tiempo —comentó Alex, mirando el perfil de ISA contra el cielo—. Si me dejas ayudarte, si me dices quién está detrás de esa firma...

​—Ahora no, Alex —lo interrumpió ella, volviéndose hacia él con una mirada cargada de una tristeza que él no terminaba de descifrar—. Solo mírame. Mira este lugar. Prométeme que, pase lo que pase, recordarás que esto es lo que soy. No el nombre que otros me quieran poner, ni el contrato que quieran que firme. Solo esto.

​Alex la tomó de la cintura, atrayéndola hacia él. La brisa de la montaña les agitaba el cabello.

—Te lo prometo, ISA. Para mí, tú eres la dueña de este valle y la mujer que me devolvió la vista. Nada más importa.

​Se quedaron allí un tiempo largo, suspendidos entre el cielo y la tierra, hasta que el sol empezó a ocultarse. ISA le pidió que bajara primero para preparar algo de cenar, diciendo que necesitaba un momento a solas con sus pensamientos. Alex aceptó, pero en cuanto se alejó lo suficiente para tener señal, sacó su teléfono del bolsillo. La pantalla se iluminó con decenas de llamadas perdidas y mensajes urgentes.

​Buscó un contacto específico y marcó.

​—¿Señor Vance? ¡Por Dios! —la voz de Marcus, su secretario personal, sonaba al borde de un ataque de nervios—. ¡Llevo tres días intentando localizarlo! Su padre ha movilizado a la mitad de la seguridad de la empresa. Dice que si no aparece para la firma del lunes, tomará medidas legales contra su propio puesto de CEO. Está... está fuera de sí, señor.

​Alex caminaba de un lado a otro en un pequeño claro, con la voz fría y cortante, recuperando por un momento el tono del hombre que dominaba la Quinta Avenida.

​—Escúchame bien, Marcus. No voy a regresar el lunes. Ni el martes. De hecho, no tengo pensado regresar pronto. Cancela todas mis reuniones y dile a la junta que estoy en una "investigación de campo estratégica".

​—Pero, señor... el contrato con los Castillo... el suministro de tierras... su padre dice que es ahora o nunca.

​—Que espere —sentenció Alex—. Y necesito que hagas algo por mí. Quiero un informe completo sobre una firma llamada "Sánchez & Asociados" y sobre un tal Julián Valente. Quiero saber quién los financia, cuáles son sus deudas y qué trapos sucios tienen. Si están presionando a alguien en San Lorenzo, quiero tener el poder de hundirlos antes del desayuno de mañana.

​Hubo un silencio al otro lado de la línea. Marcus nunca había escuchado a Alex hablar con tanta vehemencia personal, no por una cifra, sino por una causa.

​—Señor... su padre sospecha que algo ha pasado. Si se entera de que está interfiriendo en asuntos que no son de la corporación...

​—Mi padre ya no es quien dicta mis movimientos, Marcus. Haz lo que te digo y mantén mi ubicación en secreto. Si alguien pregunta, estoy en una auditoría secreta en el extranjero.

​Alex colgó antes de que Marcus pudiera protestar. Guardó el teléfono y miró hacia la cima de la montaña, donde la silueta de ISA todavía se recortaba contra el último resplandor del día. Sintió un peso en el pecho. Estaba usando las mismas herramientas de poder que tanto odiaba para protegerla, pero lo que no sabía era que, al investigar a Julián y a la firma de abogados, estaba tirando del hilo que lo llevaría directo a la verdad que ISA tanto temía revelarle.

​Alex regresó a la casa con la mandíbula apretada. Había declarado la guerra a su propia familia para salvar a la mujer que amaba, sin sospechar que ella era, precisamente, la pieza central de la guerra que su padre había iniciado.




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