Corazón de Tierra y Oro

14

El aire en la habitación de la planta alta era fresco, impregnado del aroma a madera antigua y al jazmín que trepaba por la ventana abierta. Pero dentro, el calor era casi tangible. Me detuve un segundo a observar a Isa bajo la luz tenue de una sola vela. No había lujos, no había sábanas de mil hilos egipcios, ni el diseño minimalista y frío de mi ático en la ciudad. Solo estábamos nosotros, despojados de títulos y expectativas.

​Cuando mis dedos rozaron su mejilla, sentí un ligero temblor en su piel que me hizo comprender la magnitud de lo que estaba ocurriendo. Para mí, esto no era una conquista más; era la primera vez que sentía que alguien me veía de verdad, no como al heredero de los Vance, sino como al hombre que había pasado los últimos tres días ensuciándose las manos para entender el valor de la vida.

​—Alex... —susurró ella, y mi nombre en sus labios sonó como una plegaria y un aviso al mismo tiempo.

​—No digas nada —la interrumpí, acortando la distancia—. No hay pasado, ni futuro. Solo este momento.

​La besé con una urgencia que me quemaba las entrañas. Mis manos, marcadas por el trabajo rudo del campo y envueltas en vendas que empezaban a desprenderse, recorrieron su espalda con una mezcla de torpeza y adoración. Me sorprendió la suavidad de su piel, un contraste absoluto con la fuerza que demostraba cada día bajo el sol.

​Nos movimos hacia la cama, y mientras nos deshacíamos de la ropa de granja que se había convertido en mi nuevo uniforme, sentí que me despojaba también de una armadura que llevaba cargando toda la vida. En la oscuridad, cada caricia era un descubrimiento. No había prisa, no había agendas que cumplir. Solo el ritmo de nuestra respiración sincronizada con el sonido del viento entre los sauces del río.

​Estar con ella era como tocar la tierra misma: cálida, real, indomable. Por primera vez, el sexo no era una transacción de placer, sino una comunicación profunda. En sus brazos, olvidé quién era yo fuera de los límites de San Lorenzo. Olvidé que tenía un imperio que dirigir y un padre que me esperaba con un contrato de matrimonio en la mano.

​—Eres increíble —le dije al oído, mientras la estrechaba contra mí, sintiendo los latidos de su corazón contra mi pecho—. He pasado veintiocho años buscando algo que no sabía que existía hasta que mi coche se averió en tu camino.

​Isa no respondió con palabras, pero me abrazó con una fuerza casi desesperada, como si intentara anclarse a mí antes de que la realidad nos arrastrara. En ese momento, bajo las sábanas de algodón áspero, me sentí más rico que cualquier hombre en la lista de Forbes.

​Nos quedamos despiertos durante horas, simplemente escuchando la noche. Yo trazaba dibujos invisibles en sus hombros, preguntándome cómo algo tan sencillo podía sentirse tan absoluto. Me sentía invencible. Estaba convencido de que, si podía ganarme el respeto de los animales de esta granja y el amor de esta mujer, no habría obstáculo en el mundo empresarial que no pudiera derribar.

​—Mañana buscaremos una solución para lo de la firma de abogados —le prometí, besando su frente—. Te juro que no dejaré que nadie te arrebate lo que amas.

​Ella se tensó apenas un milisegundo, un detalle que en mi estado de euforia decidí ignorar. Se acurrucó más cerca de mí y terminó quedándose dormida. Yo tardé más en cerrar los ojos, vigilando su sueño como si fuera el tesoro más preciado de la Torre Vance.

​No sabía que esa era la última noche de paz que tendríamos. No sabía que, mientras yo dormía con la guardia baja, la maquinaria de mi padre ya estaba en movimiento, espoleada por las fotos que Julián acababa de enviar. En la oscuridad del valle, el tiempo de los secretos se estaba agotando, y el amanecer traería consigo una verdad que ninguna venda podría proteger.




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