La luz del amanecer entraba tímidamente por la ventana, pintando rayas de oro sobre la piel de ISA, que aún dormía profundamente a mi lado. Por un instante, al despertar, me permití la ilusión de que este era mi mundo real. Sentía una paz que no creía posible, una plenitud que hacía que mi ático en Manhattan pareciera una celda vacía.
Pero el silencio de la mañana fue destrozado por una vibración metálica sobre la mesa de noche.
No era una notificación cualquiera. Era el tono de llamada específico que había configurado para mi padre desde que tenía quince años. Un sonido que, para mí, siempre había sido sinónimo de exigencia, de frialdad y de una autoridad que no admitía réplicas.
Me senté en la cama, intentando que el movimiento no despertara a Isa. Miré la pantalla. RICHARD VANCE. Mi corazón, que hace unos momentos latía con tranquilidad, empezó a martillear contra mis costillas.
—¿Padre? —contesté, mi voz sonando más ronca de lo habitual en la penumbra de la habitación.
—Espero que el aire del campo te haya servido para despejar las ideas, Alexander —la voz de mi padre llegó gélida, nítida, como si estuviera a un paso de mí y no a cientos de kilómetros—. Porque lo que estoy viendo en mi pantalla ahora mismo sugiere que te has vuelto completamente loco.
Sentí un frío repentino en la nuca.
—No sé de qué estás hablando.
—No me mientas. Tengo las fotos. Te tengo a ti, el heredero de la Torre Vance, jugando a ser un campesino y revolcándote con una mujer que no es más que un obstáculo en nuestro camino —el tono de mi padre subió un nivel, volviéndose letal—. Has estado perdiendo el tiempo en esa choza mientras el contrato con los Castillo está en el aire. ¿Tienes idea de la humillación que esto supone?
Me levanté de la cama, caminando hacia la ventana para alejarme de Isa, que empezaba a removerse entre las sábanas.
—Esa "choza" es el hogar de una mujer increíble, y lo que estoy haciendo aquí es mucho más real que cualquier fusión que hayas planeado en tu vida. No voy a cerrar ese trato, padre. No voy a permitir que destruyas este lugar.
Se produjo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio que conocía bien: era el preludio de la tormenta.
—Escúchame bien, Alexander. Tienes exactamente dos horas para salir de esa granja, subirte a tu coche y presentarte en la ciudad. Si no lo haces, enviaré a mis abogados con la orden de ejecución inmediata de las deudas de esa propiedad. No me importa quién sea esa mujer. Si se interpone entre los Vance y el suministro de tierras que necesitamos, la aplastaré sin pensarlo dos veces.
—No te atreveras —mascullé, apretando el teléfono con tanta fuerza que mis nudillos blancos resaltaron.
—Pruébame. O vuelves ahora para cumplir con tu deber y casarte con Isabella Castillo como acordamos, o yo mismo me encargaré de que esa granja sea solo un montón de escombros antes del mediodía. Elige, Alexander. Tu herencia o esa distracción de barro.
Colgó. El pitido de la línea cortada sonó como un disparo en la habitación.
Me quedé mirando el horizonte, donde el sol terminaba de salir, iluminando la tierra que ahora estaba amenazada por mi propio apellido. Me sentí como un traidor. Mi padre venía a por Isa, y la culpa era mía por haber traído mi sombra a su paraíso.
Me giré y vi que Isa me observaba desde la cama, con los ojos bien abiertos y una expresión de alarma. Había escuchado lo suficiente.
—Alex... ¿qué ha pasado? —preguntó ella, su voz temblando.
Me acerqué a ella, cayendo de rodillas junto a la cama y tomando sus manos. El miedo en sus ojos me desgarró.
—Mi padre lo sabe todo, Isa. Sabe que estoy aquí. Y me ha dado un ultimátum.
No podía decirle que él venía a destruirla específicamente a ella; solo sabía que mi mundo estaba a punto de colisionar con el suyo de la forma más violenta posible. El hombre que ayer prometía protegerla era ahora el vínculo que traía la destrucción a su puerta.
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Editado: 09.02.2026