Corazón de Tierra y Oro

16

Ver a Isa en el porche de la granja, mientras yo subía a mi coche —el mismo que Don Manuel había "arreglado" bajo mis órdenes de sabotaje—, fue la imagen más dolorosa que he grabado en mi memoria. Ella no gritó. No me pidió explicaciones. Solo se quedó allí, envuelta en su camisa de franela, observándome con una decepción tan profunda que me hizo sentir como la peor clase de cobarde.

​—Tengo que hacerlo, Isa —le dije antes de cerrar la puerta, sin poder mirarla a los ojos—. Confía en mí.

​Pero sus ojos decían que la confianza se había roto en el mismo instante en que el tono de mi voz recuperó la frialdad de la ciudad. Arranqué el motor y salí de San Lorenzo a una velocidad suicida, dejando atrás el único lugar donde me había sentido vivo.

​Dos horas después, cruzaba el umbral de la oficina de mi padre en la Torre Vance. El aire acondicionado, el olor a cuero caro y el silencio sepulcral del piso cincuenta me golpearon como un muro de hielo. Richard Vance estaba sentado tras su escritorio de caoba, observando las fotos que Julián le había enviado con una expresión de absoluto asco.

​—Mírate —dijo, sin levantar la vista—. Tienes barro en las botas y el aspecto de un hombre que ha perdido el juicio. ¿Valía tanto la pena esa... mujer?

​—Su nombre es Isa —respondí, plantándome frente a él. Mis manos, aún vendadas bajo las mangas de mi camisa, se cerraron en puños—. Y vas a dejarla en paz. Ahora mismo.

​Mi padre soltó una carcajada seca y se puso de pie, rodeando el escritorio con la elegancia de un depredador.

—¿Y por qué lo haría? Esa propiedad es la pieza final para controlar el suministro de tierras del norte. Mis abogados ya están redactando la orden de embargo por las deudas acumuladas de la granja. Voy a demoler ese lugar, Alexander. Y tú vas a sentarte en primera fila para verlo.

​—No lo harás —dije, bajando el tono de voz a un susurro letal—. Porque si tocas un solo centímetro de esa tierra, renunciaré a la presidencia, venderé mis acciones a la competencia y haré que la Torre Vance se hunda antes del próximo cierre de mercado. Sabes que puedo hacerlo.

​Richard se detuvo. Sus ojos se entrecerraron, evaluando mi amenaza. Vio en mi rostro algo que no había visto antes: la determinación de un hombre que no tiene nada que perder.

​—¿Estás negociando por una campesina? —preguntó con desprecio.

​—Estoy negociando por la única cosa que me importa. Y aquí están mis términos —me acerqué a él, invadiendo su espacio personal—. Me casaré con quien tú quieras. Firmaré el contrato matrimonial con Isabella Castillo mañana mismo si es necesario. Aceptaré la fusión, asumiré el mando total de la corporación y seré el hijo perfecto que siempre quisiste.

​Hice una pausa, dejando que mis palabras calaran.

—A cambio, detendrás a Julián. Quiero que lo saques de San Lorenzo. Quiero que canceles todas las acciones legales contra la granja. Esa tierra debe permanecer intacta, a nombre de su dueña, y tú te asegurarás de que nadie, ni nosotros ni nadie más, vuelva a poner un pie allí con intención de comprarla.

​Mi padre me estudió en silencio durante lo que pareció una eternidad. El silencio de la oficina era denso, cargado con el destino de San Lorenzo. Finalmente, una sonrisa de satisfacción cruel apareció en su rostro. Había ganado. Me había recuperado, pero al precio de mi alma.

​—Trato hecho —dijo, extendiendo su mano—. Julián será retirado hoy mismo. La granja de esa mujer quedará fuera de nuestro mapa de adquisiciones permanentemente. Y tú, Alexander... tú empezarás a preparar tu boda. Isabella Castillo es la heredera de un imperio. Ella es tu liga, no esa distracción de barro.

​Estreché su mano. Sentí que estaba firmando mi propia sentencia de muerte. Había salvado la tierra de Isa, pero a cambio, nunca podría volver a ella. Para ella, yo sería el hombre que la abandonó después de una noche de amor para casarse con una heredera millonaria. Para ella, yo sería un Vance más.

​Salí de la oficina sintiendo que el pecho me estallaba. Saqué mi teléfono y vi una foto que había tomado de Isa durmiendo esa misma mañana. La borré. Tenía que hacerlo.

​Si el precio de su libertad era mi infierno personal, lo pagaría mil veces. Ahora solo quedaba enfrentar el futuro: un matrimonio sin amor con una mujer llamada Isabella Castillo, mientras mi corazón se quedaba enterrado para siempre en los campos de San Lorenzo.




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