Corazón de Tierra y Oro

17

El cristal del vaso de whisky estaba frío contra mis nudillos, pero no tanto como el vacío que sentía en el pecho. Estaba sentado en el suelo de mi ático en Manhattan, rodeado de muebles de diseño que ahora me parecían monumentos a una vida superficial. Las luces de la ciudad brillaban afuera con una intensidad obscena, recordándome que el mundo seguía girando, ajeno a que yo acababa de vender mi alma por un pedazo de tierra en el norte.

​Había pasado la tarde ignorando las llamadas de mi padre y de los abogados. El contrato de compromiso con Isabella Castillo estaba sobre la mesa de centro, esperando mi firma al amanecer. Cada vez que miraba ese fajo de papeles, sentía náuseas.

​Mi teléfono vibró sobre la alfombra. Por un segundo, el corazón me dio un vuelco pensando que podría ser ella, pero el nombre en la pantalla era Manuel. El mecánico de San Lorenzo.

​—¿Diga? —respondí, mi voz sonando pastosa por el alcohol y el cansancio.

​—Señor Alex... —la voz de Manuel sonaba cansada, despojada de su habitual jovialidad—. Solo llamaba para decirle que el coche que dejó en el taller está listo. Aunque supongo que ya no le importa mucho.

​—No, Manuel. No me importa el coche —susurré, cerrando los ojos.

​—Mire, no soy quién para meterme en sus asuntos —continuó el viejo, y pude oír el encendido de un cigarrillo al otro lado—. Pero debería saber que la señorita ISA pasó toda la tarde en el sector norte. Ese donde ustedes estuvieron. Se quedó allí mirando el horizonte hasta que anocheció. No ha dicho una palabra desde que usted se fue. Solo... parece que se le ha apagado la luz por dentro.

​Sentí como si me clavaran un puñal de hielo. Podía imaginarla perfectamente: pequeña e indomable frente a la inmensidad, cargando con el peso de mi abandono. Ella creía que yo era un mentiroso que solo buscaba un trofeo de una noche antes de volver a su trono. No sabía que mi partida era el escudo que evitaba que las máquinas de mi padre entraran en su propiedad.

​—Cuídala, Manuel —dije, luchando contra el nudo en mi garganta—. Asegúrate de que no le falte nada. Y dile que... no, no le digas nada. Es mejor así.

​Colgué antes de que el hombre pudiera hacerme más preguntas. Lancé el teléfono contra el sofá y me serví otro trago. La ironía era insoportable. Había salvado su tierra, pero al hacerlo, la había perdido a ella. Había aceptado casarme con una mujer a la que despreciaba —una tal Isabella que seguramente estaría celebrando el acuerdo en algún club exclusivo— para que ISA pudiera seguir cultivando sus tomates en paz.

​—Salud por ti, ISA —brindé en la oscuridad del ático, levantando el vaso hacia el norte—. Disfruta de tu tierra. Odia mi nombre todo lo que quieras, pero quédate con tu cielo.

​Me quedé mirando el contrato de los Castillo. Mañana vería a esa mujer. Mañana firmaría mi sentencia de muerte emocional. Me pregunté si Isabella Castillo sería tan fría como los documentos que la describían, o si tendría el alma tan vacía como la mía en este momento.

​Me quedé dormido en el suelo, con el sabor amargo del whisky y el recuerdo del olor a lavanda de la cama de ISA. En mis sueños, todavía estábamos en la montaña, lejos de contratos y de padres ambiciosos. Pero al despertar, solo quedaba el silencio de la ciudad y el bolígrafo de oro esperando sobre la mesa para sellar mi destino.




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