Corazón de Tierra y Oro

18

No podía dejar que terminara así. El whisky no había borrado el recuerdo de la mirada de ISA, y el silencio del ático solo amplificaba mi conciencia. Si iba a condenarme a una vida con Isabella Castillo, al menos Isa tenía que saber que no fue una burla. Tenía que saber que su tierra estaba a salvo y que mi partida fue el precio de su libertad.

​Me senté al escritorio y, con la mano temblorosa, empecé a escribir. No fue un correo electrónico ni un mensaje de texto; fue una carta a mano, en papel físico.

"Isa, para cuando leas esto, la orden de embargo habrá sido retirada. Tu tierra es tuya para siempre. Nunca quise dejarte, pero mi padre... él iba a destruirlo todo. Perdóname por ser el hombre que soy, y por no poder ser el hombre que tú mereces. Todo lo que hice, incluso este matrimonio que voy a aceptar, es por ti..."

​Doblé el papel y lo guardé en un sobre, escribiendo su dirección con una determinación desesperada. Salí de mi despacho decidido a enviarla por un mensajero privado antes de que amaneciera, pero al abrir la puerta, me encontré de frente con el muro de piedra que era mi padre.

​Richard Vance no estaba solo. Dos de sus hombres de seguridad estaban en el pasillo. Su rostro era una máscara de furia contenida.

​—¿A dónde vas, Alexander? —preguntó con una voz gélida.

​—A terminar un asunto pendiente —dije, intentando pasar por su lado.

​Mi padre vio el sobre en mi mano. Sus ojos se entrecerraron. Antes de que pudiera reaccionar, me arrebató la carta con una rapidez sorprendente.

​—"Para Isa" —leyó con desprecio—. Sigues intentando salvarla. Sigues intentando aferrarte a ese error. Te di una oportunidad para volver con dignidad, pero veo que tu cabeza sigue en ese fango.

​—¡Devuélveme eso! —grité, lanzándome hacia él.

​Pero antes de que pudiera tocar el sobre, sentí un impacto brutal que me hizo perder el equilibrio. Mi padre, con una fuerza que no recordaba que poseyera, me cruzó la cara con el dorso de la mano. El golpe me arrojó contra la pared del pasillo. El sabor metálico de la sangre llenó mi boca de inmediato.

​Me quedé aturdido, con la mejilla ardiendo y la vista nublada. Levanté la mirada y vi a mi padre rompiendo la carta en mil pedazos, dejando que los trozos cayeran sobre la alfombra como nieve sucia.

​—Esa mujer no recibirá nada de ti —sentenció, inclinándose sobre mí mientras me sujetaba por la solapa de la camisa—. No habrá explicaciones, ni despedidas, ni esperanzas. Mañana te casarás con Isabella Castillo y serás el hombre que este apellido exige. Si intentas contactar con esa granja una vez más, no solo ejecutaré la deuda, sino que haré que borren San Lorenzo del mapa. ¿Me has oído?

​Me soltó con desdén. Yo me limpié la sangre del labio con el dorso de la mano, sintiendo una mezcla de odio puro y una impotencia que me asfixiaba. Estaba atrapado. Mi padre acababa de romper el último puente que me unía a la verdad.

​—Levántate —ordenó—. Límpiate esa cara. Los Castillo llegan en unas horas para la firma oficial del compromiso. No quiero que tu futura esposa vea que su prometido es un debilucho que sangra por una campesina.

​Se dio la vuelta y se fue, dejándome allí, en el suelo del pasillo, rodeado de los restos de mi confesión. Recogí uno de los trozos del papel roto. Solo se leía la palabra "perdoname".

​Me levanté como pude, apoyándome en la pared. El dolor físico no era nada comparado con el peso del compromiso que se avecinaba. En unas horas estaría frente a Isabella Castillo. Firmaría los papeles. Entregaría mi vida a una extraña para que Isa pudiera seguir viendo el amanecer desde su montaña, aunque ella me odiara por el resto de sus días.

​El tiburón de la Torre Vance había sido domado, no por el mercado, sino por el mismo hombre que le dio su nombre. Pero mientras me miraba en el espejo del baño, limpiando la sangre de mi labio, juré que aunque mi cuerpo estuviera en esa boda, mi alma se quedaría para siempre en el barro de San Lorenzo.




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