Corazón de Tierra y Oro

19

El restaurante estaba en el último piso de un rascacielos que parecía flotar sobre las nubes de Manhattan. Todo era cristal, mármol blanco y una iluminación tan aséptica que me hacía sentir como un espécimen bajo un microscopio. Me ajusté el cuello de la camisa, sintiendo cómo el labio partido me punzaba bajo la capa de maquillaje que Marcus me había obligado a usar para ocultar el golpe de mi padre.

​—Enderézate, Alexander —susurró mi padre a mi lado, sin mover los labios mientras observaba la ciudad—. Hoy sellamos el futuro de los Vance. Pon tu cara de ganador.

​—Mi cara de ganador murió en San Lorenzo, padre —respondí en el mismo tono, con la vista fija en la copa de cristal frente a mí.

​Él no respondió. La puerta del reservado privado se abrió y el maître anunció con una reverencia:

—La familia Castillo ha llegado.

​Me negué a levantar la vista. Mantuve los ojos clavados en el mantel blanco, estudiando las texturas del lino como si fueran lo más interesante del mundo. Escuché el sonido de unos tacones elegantes golpeando el suelo de mármol. El sonido era rítmico, firme, y por un segundo, mi cerebro traicionero recordó el sonido de unas botas de cuero sobre la madera del porche de la granja.

​—Richard, qué placer volver a verte —dijo una voz masculina, seguramente el padre de Isabella.

​—El placer es mío, Antonio. Permíteme presentarte a mi hijo, Alexander.

​Sentí la presión de la mano de mi padre en mi hombro, un recordatorio de que si no actuaba ahora, San Lorenzo pagaría el precio. Me puse de pie mecánicamente, como un soldado que va hacia el pelotón de fusilamiento.

​—Es un honor —dije, forzando una voz que sonaba a ceniza.

​—Y esta es mi hija —continuó Antonio Castillo—. Isabella.

​Me obligué a levantar la cabeza. Estaba listo para ver a una mujer fría, cubierta de diamantes y con la mirada vacía de la alta sociedad. Estaba listo para odiarla por el resto de mi vida.

​Pero el aire se escapó de mis pulmones con un impacto físico que me dejó mudo.

​Frente a mí no había una extraña. No era la mujer de los informes. Llevaba un vestido de seda color esmeralda que resaltaba cada una de sus curvas, su cabello estaba peinado en ondas perfectas y sus labios estaban pintados de un rojo intenso. Pero sus ojos... esos ojos eran los mismos que me habían mirado bajo la luz de la luna en la montaña.

​Era ISA.

​El mundo empezó a girar. El ruido del restaurante se convirtió en un zumbido lejano. Mi mente colapsó intentando reconciliar a la mujer que ordeñaba vacas y curaba mis manos con la heredera que ahora me observaba con una frialdad que me heló la sangre.

​Ella no parecía sorprendida. Sus ojos, que antes desprendían calidez, ahora eran dos témpanos de hielo que me atravesaban. No había amor en su mirada, solo un resentimiento tan puro que me hizo retroceder un paso. Ella sabía quién era yo desde el principio. Ella sabía que el "Alex" perdido en su camino era el mismo hombre que su padre quería imponerle.

​—Mucho gusto, Alexander —dijo ella. Su voz era la de ISA, pero el tono era el de una reina que acaba de sentenciar a muerte a un traidor.

​Extendió su mano, la misma mano que yo había besado hacía apenas cuarenta y ocho horas. Al rozar sus dedos, no sentí la suavidad de la cama de la granja, sino la frialdad del anillo de compromiso que ya brillaba en su dedo anular.

​Mi padre sonrió, ajeno al terremoto que acababa de ocurrir bajo sus pies.

—Veo que se han quedado sin palabras. Sabía que harían una pareja perfecta.

​Yo no podía hablar. Sentía que el labio se me abría de nuevo bajo el maquillaje. Ella me había visto caer en su trampa, me había visto fingir ser un hombre nuevo mientras ella guardaba la verdad más grande de todas. Para mí, ella era mi salvación; para ella, yo solo era el enemigo que se había metido en su cama para robarle su tierra.

​La cena comenzó, pero yo solo podía ver los fragmentos de mi corazón rompiéndose uno a uno sobre el plato de porcelana. Había sacrificado todo por salvar a ISA, sin saber que ISA era la mujer que ahora, con una sonrisa gélida, se disponía a devorarme en mi propio mundo.




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