Corazón de Tierra y Oro

20

El aire dentro del reservado era irrespirable. Cada risa de mi padre y cada comentario de Antonio Castillo sobre "sinergias de mercado" se sentía como un clavo ardiendo en mis oídos. Pero lo peor era ella. Isabella. Mi ISA. Estaba sentada frente a mí, diseccionando su langosta con una precisión quirúrgica, hablando de inversiones internacionales con una elocuencia que me hacía dudar de mis propios recuerdos. ¿Dónde estaba la mujer que hablaba con las vacas? ¿Dónde estaba la chica que se emocionaba con el olor de la lluvia?

​No aguanté más. Me levanté de forma abrupta, haciendo que mi silla chirriara contra el mármol.

​—Necesito aire —mascullé, sin mirar a nadie.

​Salí al balcón del restaurante. El viento de la ciudad a cincuenta pisos de altura era violento y frío, pero era lo único que se sentía real. Me apoyé en la barandilla de cristal, sintiendo que el pecho me iba a estallar. Me limpié el sudor de la frente y, sin querer, toqué la herida de mi labio. Me dolía el cuerpo, pero más me dolía el alma.

​La puerta de cristal se deslizó detrás de mí. No tuve que girarme para saber quién era. Su perfume, ese jazmín que ahora me parecía el aroma de una traición, llegó antes que sus pasos.

​—Es una vista impresionante, ¿verdad, Alexander? —dijo ella. Su voz era gélida, despojada de cualquier rastro de la ternura que me había mostrado en San Lorenzo.

​Me giré lentamente. Allí estaba, bajo las luces de neón de Nueva York, con su vestido esmeralda y su máscara de heredera perfecta.

​—¿Por qué? —la pregunta salió de mi garganta como un rugido ahogado—. ¿Por qué me dejaste entrar en tu casa? ¿Por qué me dejaste entrar en tu cama sabiendo quién era yo? ¿Te divertiste viendo al "príncipe Vance" jugar a ser granjero?

​Isabella dio un paso hacia mí, y por un segundo, la máscara flaqueó. Sus ojos brillaron con una furia líquida.

​—¿Que si me divertí? —siseó, acercándose tanto que podía ver el temblor de sus labios—. Sabía quién eras desde el momento en que vi tu coche en mi camino. Sabía que eras el hijo del hombre que quería devorar mi legado. Pero por un momento... por un estúpido momento, quise creer que eras diferente. Quise ver si el hombre detrás del apellido tenía algo de humanidad.

​—¡Lo tenía! —grité, golpeando la barandilla—. ¡Todo lo que sentí allí fue real! ¡Me fui de esa granja para salvarte, maldita sea!

​Isabella soltó una carcajada amarga, una que me dolió más que el golpe de mi padre.

—¿Salvarmé? Te fuiste sin mirar atrás, Alexander. Te fuiste para volver a tu torre, a tus trajes y a este compromiso que te garantiza el control de mis tierras. Me usaste para tener una aventura exótica antes de casarte conmigo por contrato. ¡Fui tu "distracción de barro"! ¡Tú mismo lo dijiste por teléfono!

​—¡No! —la tomé de los hombros, olvidando el protocolo, olvidando a nuestros padres al otro lado del cristal—. Le pedí a mi padre que detuviera a Julián. Le pedí que cancelara el embargo. Le juré que me casaría con Isabella Castillo —con quien fuera que fuera esa mujer— a cambio de que nunca volvieran a tocar tu granja. ¡Me sacrifiqué por ti sin saber que eras tú!

​Isabella se quedó inmóvil. Su respiración se agitó contra mi pecho. El silencio entre nosotros fue absoluto, roto solo por el rugido del tráfico allá abajo.

​—¿Qué dijiste? —susurró ella, su voz perdiendo la dureza.

​—Acepté este matrimonio sin amor, acepté perderte para siempre con tal de que conservaras tu paraíso —dije, sintiendo que las lágrimas me quemaban los ojos—. Mi padre me golpeó cuando intenté enviarte una carta explicándotelo. Rompió mis palabras, Isa. Me convertí en el monstruo que odias para que pudieras seguir siendo libre.

​Ella bajó la mirada a mi labio partido. Por primera vez en toda la noche, vi a la mujer que conocí en San Lorenzo. Su mano, ahora con las uñas perfectamente pintadas, subió temblorosa hacia mi rostro, rozando la herida con la misma delicadeza con la que curó mis ampollas.

​—Alex... —su voz se quebró—. Yo también acepté. Mi padre me dio un ultimátum. O me casaba contigo para salvar la empresa familiar, o vendían "Tierras del Sol" al mejor postor. Viniste a mi casa como un enviado del diablo y terminaste siendo el hombre que me hacía dudar de todo.

​Nos miramos, ambos atrapados en la misma red de mentiras y sacrificios cruzados. Éramos dos piezas de un tablero que habían intentado salvarse mutuamente, solo para terminar encadenados el uno al otro por un contrato que ahora, irónicamente, era lo único que nos permitía estar juntos.

​—Me odias —dije, buscando la verdad en sus ojos.

​—Te odio por ser un Vance —respondió ella, aunque sus dedos no se apartaron de mi mejilla—. Y me odio a mí misma por seguir viendo a Alex debajo de ese traje de mil dólares.

​Estábamos a punto de besarnos, un beso que habría tenido sabor a desesperación y a victoria amarga, cuando la sombra de mi padre apareció tras el cristal del balcón, observándonos con esa sonrisa de cazador que acababa de cobrar su pieza. El contrato nos esperaba adentro. El compromiso era oficial. Pero ahora, el juego había cambiado. Ya no éramos dos extraños; éramos dos aliados secretos en un nido de víboras.




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