El frío de la noche neoyorquina golpeaba nuestras caras, pero el calor que emanaba de nuestra cercanía era más fuerte. Mis manos seguían sobre sus hombros, y sus dedos rozaban mi labio herido. La revelación de que ambos habíamos aceptado este infierno para salvar el paraíso del otro cambió las reglas del juego.
—Entonces, todo este tiempo... —susurré, procesando la ironía—. Mi padre me enviaba al matadero con la mujer que él creía que me "domaría", sin saber que esa mujer ya me había robado el alma en un establo.
Isabella —no, para mí siempre sería Isa— dejó caer su mano de mi rostro y miró hacia el salón, donde nuestros padres brindaban con champán de mil dólares. Su mirada volvió a endurecerse, pero esta vez la furia no era contra mí.
—Creen que han ganado, Alex —dijo ella en voz baja, con una determinación que me puso la piel de gallina—. Creen que al unir nuestros apellidos han asegurado el control absoluto del valle. Mi padre quiere el capital de los Vance, y el tuyo quiere mi tierra para convertirla en un complejo industrial logístico. No les importamos nosotros, solo les importa el tablero.
—No saben con quién se han metido —respondí, sintiendo cómo el instinto de tiburón que mi padre tanto se esforzó en cultivar se enfocaba ahora contra él—. Mi padre cree que me ha quebrado con ese golpe. Cree que el contrato me mantendrá a raya. Pero no sabe que ahora tengo una razón para luchar que va más allá de los números.
Isa se acercó más, bajando la voz hasta que fue apenas un murmullo contra el viento.
—Escucha bien. Si firmamos ese contrato de compromiso ahora, tendremos acceso legal a los movimientos de ambas empresas. "Tierras del Sol" tiene una cláusula de protección ambiental que mi abuelo dejó escondida en los estatutos. Tu padre no la conoce porque solo leyó los informes de rentabilidad. Si unimos esa cláusula con tu poder en la Torre Vance, podemos bloquear cualquier construcción en el valle de forma permanente.
—Un bloqueo legal desde adentro —asentí, entendiendo el plan—. Mientras ellos celebran la fusión, nosotros estaremos inyectando veneno en el contrato. Pero para que funcione, Isa, tenemos que ser perfectos. Tenemos que fingir que este matrimonio es real. Tenemos que ser la pareja de oro que ellos esperan.
—Podré fingir ante el mundo, Alex —dijo ella, clavando sus ojos en los míos con una intensidad feroz—. Pero no vuelvas a ocultarme nada. Ni cartas, ni sacrificios, ni amenazas de tu padre. Si vamos a hundirlos, lo haremos juntos.
—Lo haremos —prometí—. Salvaremos la tierra de oro. Y cuando todo termine, cuando sus imperios estén atados de pies y manos por nuestras firmas, les devolveremos el golpe.
Isa asintió, y por primera vez en toda la noche, vi una chispa de la mujer de la granja en su sonrisa. Una sonrisa de guerra.
—Es hora de volver —dijo, ajustándose el vestido de seda y recuperando su máscara de frialdad—. Pon tu mejor cara de heredero arrogante, Alexander. Tenemos un contrato que firmar para empezar nuestra propia revolución.
La tomé del brazo, ofreciéndole mi apoyo mientras caminábamos de regreso hacia la puerta de cristal. Antes de entrar, me detuve y la miré una última vez.
—Isa... —ella se detuvo—. En la granja te dije que el tiempo era lo único que nos pertenecía. Ahora vamos a robárselo a ellos.
Cruzamos el umbral y regresamos a la luz artificial del restaurante. Mi padre nos observó llegar con una suficiencia insoportable. Él creía que su hijo volvía derrotado y sumiso. Antonio Castillo creía que su hija finalmente aceptaba su destino. No tenían ni idea de que acababan de meter a los dos caballos de Troya más peligrosos de sus vidas directamente en el corazón de sus empresas.
Nos sentamos a la mesa. El camarero trajo los documentos. El papel olía a tinta fresca y a traición, pero cuando nuestras manos se rozaron bajo el mantel mientras tomábamos los bolígrafos de oro, supe que esta no era nuestra rendición. Era nuestra declaración de guerra.
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Editado: 09.02.2026